jueves, 31 de agosto de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “La memoria de la vocación reaviva la esperanza”




Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 30 de agosto de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera regresar sobre un tema importante: la relación entre la esperanza y la memoria, con particular referencia a la memoria de la vocación. Y tomo como ícono la llamada de los primeros discípulos de Jesús. En sus memorias se quedó tan marcada esta experiencia, que alguno registró incluso la hora: «Era alrededor de las cuatro de la tarde» (Jn 1,39). El evangelista Juan narra el episodio como un nítido recuerdo de juventud, que se quedó intacto en su memoria de anciano: porque Juan escribió estas cosas cuando era anciano.

El encuentro había sucedió cerca del río Jordán, donde Juan Bautista bautizaba; y aquellos jóvenes galileos habían escogido al Bautista como guía espiritual. Un día llega Jesús, y se hizo bautizar en el río. Al día siguiente pasó de nuevo, y entonces el que bautizaba – es decir, Juan Bautista – dijo a dos de sus discípulos: «Este es el Cordero de Dios» (v. 36).

Y para estos dos fue la “luz”. Dejaron a su primer maestro y se pusieron en el seguimiento de Jesús. Por el camino, Él se gira hacia ellos y les plantea la pregunta decisiva: «¿Qué quieren?» (v. 38). Jesús aparece en los Evangelio como un experto del corazón humano. En ese momento había encontrado a dos jóvenes en búsqueda, sanamente inquietos. De hecho, ¿qué juventud es una juventud satisfecha, sin una pregunta de sentido? Los jóvenes que no buscan nada, no son jóvenes, son jubilados, han envejecido antes de tiempo. Es triste ver jóvenes jubilados. Y Jesús, a través de todo el Evangelio, en todos los encuentros que le suceden a lo largo del camino, se presenta como un “incendiario” de corazones. De ahí ésta pregunta que busca hacer emerger el deseo de vida y de felicidad que cada joven se lleva dentro: “¿Qué cosa buscas?”. Hoy quisiera preguntarles a los jóvenes que están aquí en la Plaza y a aquellos que nos escuchan a través de los medios de comunicación: “¿Tú, que eres joven, qué cosa buscas? ¿Qué cosa buscas en tu corazón?”.

La vocación de Juan y de Andrés comienza así: es el inicio de una amistad con Jesús tan fuerte que impone una comunión de vida y de pasiones con Él. Los dos discípulos comienzan a estar con Jesús y enseguida se transforman en misioneros, porque cuando termina el encuentro no regresan a casa tranquilos: tanto es así que sus respectivos hermanos – Simón y Santiago – son enseguida incluidos en el seguimiento. Fueron donde estaban ellos y les han dicho: “¡Hemos encontrado al Mesías, hemos encontrado a un gran profeta!”, dan la noticia. Son misioneros de ese encuentro. Fue un encuentro tan conmovedor, tan feliz que los discípulos recordaran por siempre ese día que iluminó y orientó su juventud.

¿Cómo se descubre la propia vocación en este mundo? Se puede descubrir de varios modos, pero esta página del Evangelio nos dice que el primer indicador es la alegría del encuentro con Jesús. Matrimonio, vida consagrada, sacerdocio: cada vocación verdadera inicia con un encuentro con Jesús que nos dona una alegría y una esperanza nueva; y nos conduce, incluso a través de pruebas y dificultades, a un encuentro siempre más pleno, crece, ese encuentro, más grande, ese encuentro con Él y a la plenitud de la alegría.

El Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Ustedes, que están aquí en la Plaza, les pregunto – cada uno responda a sí mismo – ustedes, ¿tienen en el corazón el viento de la felicidad? Cada uno se pregunte: ¿Yo tengo dentro de mí, en el corazón, el viento de la felicidad? Jesús quiere personas que han experimentado que estar con Él nos da una felicidad inmensa, que se puede renovar cada día de la vida. Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. Se convierte en predicador de Jesús no afinando las armas de la retórica: tú puedes hablar, hablar, hablar pero si no hay otra cosa. ¿Cómo se convierte en predicador de Jesús? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegría de la fe: con los ojos.

Por este motivo el cristiano –como la Virgen María– custodia la llama de su enamoramiento: enamorados de Jesús. Cierto, hay pruebas en la vida, existen momentos en los cuales se necesita ir adelante no obstante el frío y el viento contrario, no obstante tantas amarguras. Pero los cristianos conocen el camino que conduce a aquel sagrado fuego que los ha encendido una vez por siempre.

Y por favor, le pido: no escuchemos a personas desilusionadas e infelices; no escuchemos a quien recomienda cínicamente no cultivar la esperanza en la vida; no confiemos en quien apaga desde el inicio todo entusiasmo diciendo que ningún proyecto vale el sacrificio de toda una vida; no escuchemos a los “viejos” de corazón que sofocan la euforia juvenil. Vayamos donde los viejos que tienen los ojos brillantes de esperanza. Cultivemos en cambio, sanas utopías: Dios nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad. Soñar en un mundo diferente. Y si un sueño se apaga, volver a soñarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orígenes, a esas brazas que, tal vez después de una vida no tan buena, están escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con Jesús.

Es esta pues, una dinámica fundamental de la vida cristiana: recordarse de Jesús. Pablo decía a su discípulo: “Recuérdate de Jesucristo” (2 Tim 2,8); este es el consejo del gran San Pablo: “Recuérdate de Jesucristo”. Recordarse de Jesús, del fuego de amor con el cual un día hemos concebido nuestra vida como un proyecto de bien, y a vivificar con esta llama nuestra esperanza. Gracias.

Francisco

domingo, 27 de agosto de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”


21º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 16,13-20
 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Ellos dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas». Díceles Él: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que Él era el Cristo.

Palabra del Señor.




«Eres, Señor, sublime, pero te fijas en el humilde, mientras al soberbio lo conoces de lejos» (SI 137, 6).

El episodio de la aparición nocturna de Jesús en el lago, cuando Pedro fue hacia él caminando sobre el agua, se había cerrado con la confesión espontánea de los discípulos: «Realmente eres Hijo de Dios» (Mt 14, 33). Pero en Cesárea de Filipo (Mt 16, 13-20) Jesús provoca otra confesión más completa y oficial. Pregunta a sus discípulos qué dice la gente sobre él, para inducirlos a reflexionar y a superar la opinión pública mediante el conocimiento más directo e íntimo que tienen de su persona.

Algunos del pueblo piensan que es «Juan Bautista, otros que Elías, otras que Jeremías» (ib 14); no se podía pensar en personajes más ilustres. Sin embargo entre los tales y el Mesías hay una distancia inmensa que nadie ha osado salvar. Lo hace Pedro sin titubear respondiendo en nombre de los compañeros: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (ib 16). Los discípulos han comprendido. Son ellos la gente sencilla a la que el Padre se ha complacido en revelar el misterio. Y como un día había exclamado Jesús: «Te doy gracias, Padre..., porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla» (Mt 11, 25), así dice ahora a Pedro: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne o hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17).

Sin una iluminación interior dada por Dios no sería posible un acto de fe tan explícito en la divinidad de Cristo. La fe es siempre un don. Y a Pedro que se ha abierto con presteza singular a este don, le predice Jesús la gran misión que le será confiada: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará» (ib 18). El humilde pescador vendrá a ser la roca firme sobre la que Cristo construirá su Iglesia, como un edificio tan sólido que ningún poder, ni aun diabólico, podrá abatirlo. Y añade: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo» (ib 19). En lenguaje bíblico las llaves indican poder: «Colgaré de su hombro la llaves del palacio de David» se lee hoy en la primera lectura (Is 22, 19-23) a propósito de Eliacín, mayordomo del palacio real. El poder conferido a Pedro es inmensamente superior; a él se le dan las llaves no de un reino terreno, sino del Reino de los Cielos, o sea del reino que ha venido Jesús a instaurar con su Iglesia, en la cual Pedro tiene el poder «de atar y de desatar», esto es, de condenar y de absolver, de excluir y de acoger, no sólo las personas, sino las doctrinas y las costumbres. Potestad tan grande que sus decisiones son ratificadas «en el cielo» por el mismo Dios.

Es desconcertante un tal poder otorgado a un hombre y sería inadmisible si Cristo al confiarlo a Pedro, no le hubiese asegurado una asistencia particular. Así Jesús ha querido edificar su Iglesia; y así la Iglesia debe ser aceptada aceptándose juntamente el primado de Pedro que, al igual que ella, es de institución divina. Si esto puede ser objetado por una sociedad excesivamente racionalista e insumisa a toda autoridad, el cristiano auténtico reconoce —y con gratitud— lo que Cristo ha establecido para hacer más seguro a los hombres el camino de la salvación. Por lo demás el hombre no puede pretender en ningún campo juzgar los planes y las acciones de Dios, sino que debe repetir con S. Pablo: «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (Rm 11, 33; 2.8 lectura).


En tu luz y con tu gracia, Padre que estás en los cielos, proclamó Pedro la inefable naturaleza de tu único Hijo bienaventurado, y mereció llegar a ser la piedra contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno.

Señor, has elegido al bienaventurado Pedro, sobre los otros apóstoles, como cabeza de la fe y fundamento de tu Iglesia. Por sus oraciones, Cristo, ten piedad de nosotros. (Cf. Plegarias eucarísticas, 120).

Yo clamo hoy a ti, amor mío, Dios eterno, que tengas misericordia de este mundo y que le des la luz para conocer a tu Vicario con pureza de la fe, de la cual te ruego los revistas, Dios mío; y dale la luz, para que todo el mundo lo siga. Dale la luz sobrenatural; desde el momento que has dotado a tu Vicarios de un corazón varonil, que sea adornado de tu santa humildad; por eso no cesaré nunca de llamar a la puerta de tu benignidad, amor mío, para que tú lo exaltes. Manifiestas, pues, en él tu virtud, para que su corazón varonil arda siempre con tu santo deseo y esté revestido de tu humildad; y con tu benignidad, caridad, pureza y sabiduría proceda en sus acciones y de ese modo atraiga a sí a todo el mundo. (Santa Catalina de Siena, Oraciones y elevaciones, 23).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 21º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


Profesión de Fe y Primado de Pedro (Mt. 16, 13-20)





viernes, 25 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): ¡Jóvenes acercaos y seguid a Jesucristo!





TRIGÉSIMO PRIMER PROGRAMA DEL CICLO


















“¡Jóvenes: Cristo, la Iglesia, el mundo esperan el testimonio de vuestras vidas, fundadas en la verdad que Cristo nos ha revelado! ¡Jóvenes: El Papa os agradece vuestro testimonio, y os anima a que seáis siempre testigos del amor de Dios, sembradores de esperanza y constructores de paz!

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Jesús, solo Él, tiene palabras de vida eterna. Acoged sus palabras. Aprendedlas. Edificad vuestras vidas teniendo siempre presentes las palabras y la vida de Cristo. Más aún: aprended a ser Cristo mismo, identificados con El en todo.

¡Venid, jóvenes! ¡Acercaos a Cristo, Redentor del hombre! Es Cristo quien os atrae, es El quien os llama. Y junto a Jesucristo, siempre nuestra Madre Santa María, a Ella os encomiendo.”

(San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 12 de abril de 1987, Jornada Mundial de la Juventud, Avenida 9 de Julio, Buenos Aires).

jueves, 24 de agosto de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Vivir en la certeza de que Dios es nuestro Padre y nunca nos abandona”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 23 de agosto de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Yo hago nuevas todas las cosas» (21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en la historia y crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas. Novedad y sorpresas.

No es cristiano caminar con la mirada dirigida hacia abajo – como hacen los cerdos: siempre van así – sin levantar los ojos al horizonte. Como si todo nuestro camino se terminara aquí, en la palma de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no existiera ninguna meta y ningún fin, y nosotros estuviéramos obligados a un eterno errar, sin ninguna razón para nuestras tantas fatigas. Esto no es cristiano.

Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Esta es imaginada sobre todo como una inmensa carpa, donde Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21,3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿Qué cosa hará Dios, cuando finalmente estaremos con Él? Usará una ternura infinita en relación a nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que han largamente fatigado y sufrido. Profetiza Juan en el Apocalipsis: «Esta es la morada de Dios entre los hombres […] - ¿qué cosa hará Dios? – Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó […] Yo hago nuevas todas las cosas» (21, 3-5). El Dios de la novedad.

Intenten meditar este pasaje de la Sagrada Escritura no en modo abstracto, sino después de haber leído una crónica de nuestros días, después de haber visto la televisión o la portada de un diario, donde existen tragedias, donde se reportan noticias tristes a las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Y he saludado a algunos de Barcelona: cuantas noticias tristes de ahí. He saludado a algunos del Congo, y cuantas noticias tristes de allá. Y tantas otras. Sólo para nombrar dos de ustedes, que están aquí. Intenten pensar en los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a las penurias de tantos prófugos que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces… La vida lamentablemente es también esto. Algunas veces se podría decir que es sobre todo esto.

Puede ser. Pero existe un Padre que llora con nosotros; existe un Padre que llora lágrimas de infinita piedad en relación de sus hijos. Nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia, y nos quiere consolar.

Dios no ha querido nuestras vidas por equivocación, obligando a Sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. En cambio, nos ha creado porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es aquella que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está obrando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.

Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido. Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “La vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto. En cambio, creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar. Somos gente más de primavera que de otoño. Me gustaría preguntarles, ahora – cada uno responda en su corazón, en silencio, pero responda –: ¿yo soy un hombre, una mujer, un joven, una joven, de primavera o de otoño? ¿Mi alma es de primavera o de otoño? Cada uno responda. Entrevemos los gérmenes de un mundo nuevo en vez de las hojas amarillentas en sus ramas. No nos quedamos en nostalgias, añoranzas y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños. No se olvide de esta pregunta: ¿Yo soy una persona de primavera o de otoño? De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la mirada hacia abajo, amargado, y como a veces he dicho, con la cara de ajíes al vinagre.

El cristiano sabe que el Reino de Dios, su señorío de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio está la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran “morada” de Dios entre los hombres (Cfr. Ap. 21,3), con tantos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bello descubrir en ese instante que nada ha sido perdido, nada, ni siquiera una lágrima: nada ha sido perdido; ninguna sonrisa, ni ninguna lágrima. Por más larga que haya sido nuestra vida, nos parecerá haber vivido un instante. Y que la creación no se ha quedado en el sexto día del Génesis, la creación no ha terminado el sexto día, sino que ha proseguido incansablemente, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumplirá, la mañana en la cual se terminarán las lágrimas, el instante mismo en el cual Dios pronunciará su última palabra de bendición: «Yo hago nuevas todas las cosas» (v. 5). Sí, nuestro Padre es el Dios de la novedad y el Dios de las sorpresas. Y aquel día nosotros seremos verdaderamente felices, y ¿lloraremos?, sí, pero lloraremos de alegría.

Francisco

domingo, 20 de agosto de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”

   
20º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas: «Señor, socórreme». Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.


“¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Sal 66, 4).

Desde antiguo, eligiendo Dios a Israel para pueblo suyo, le asignó un puesto privilegiado en la historia de la salvación; a él serían reservadas las primicias de los dones salvíficos. Pero madurando los tiempos la salvación se extendería a todos los pueblos sin discriminación alguna por medio de Israel, pueblo sacerdotal. Este plan, anunciado por los profetas, es recordado hoy en la primera lectura (Is 56, 1, 6-7). Por boca de Isaías Dios asegura su benevolencia a cualquier extranjero que crea en él y lo sirva cumpliendo su ley: “los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración… Mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos” (ib 7). La elección de Israel no significa, pues, rechazo de los otros pueblos, pues está ordenada a la salvación de ellos.

San Pablo en la lectura segunda (Rom 11, 13-15. 29-32) profundiza este argumento. Contristado por la resistencia de sus connacionales al Evangelio de Cristo, el Apóstol no renuncia a buscar todos los caminos para conducirlos a la fe; y dedicándose con celo a la conversión de los gentiles, lo hace con la esperanza secreta de despertar “emulación en los de mi raza” y salvar “a alguno de ellos” (ib 14). Dios no se arrepiente de sus dones: las promesas hechas a Israel y su vocación “son irrevocables” (ib 29). Si él se arrepiente, Dios está pronto a perdonarlo. Pues como los paganos, desobedientes un tiempo a Dios, son ahora acogidos por su misericordia, así los judíos que rehúsan a Cristo desobedeciendo a Dios, cuando tornen a él, serán nuevamente objeto de las divinas misericordias.

Más aún -explica san Pablo-, como el que Israel rehusase ha sido causa de que el Evangelio se haya predicado a los gentiles, encontrando éstos misericordia, así la conversión de éstos será un día ocasión para el pueblo elegido de entrar en sí. Pues Dios, “para tener misericordia de todos” (ib 32), ordena todo para el bien, o sea su llamado universal a la salvación. Si el pecado es siempre causa de ruina para quien se obstina en él, no puede con todo destruir el plan de salvación universal querido por Dios.

En el Evangelio (Mt 15, 21-28) corrobora con su conducta para con la cananea el orden misterioso de este plan divino. “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, grita la mujer implorando gracia para su hija atormentada por el demonio (ib 22). El hecho de que esta pagana se dirija a Jesús llamándolo “hijo de David”, título mesiánico que ni los judíos le reconocían, no carece de significado; demuestra que Dios no niega su luz a ningún pueblo ni a ninguna clase. Los discípulos aparecen molestos por la insistencia de la extranjera y ni el mismo Jesús parece darles ánimos: “Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel” (ib 24). En efecto, por voluntad del Padre debe desarrollar su actividad dentro de los confines de Palestina; sólo cuando haya reunido a las ovejas errantes de Israel y haya formado una grey compacta, éste a su vez será enviado a llevar el Evangelio a todas las gentes; pero eso sucederá después de su ascensión.

Entretanto, la mujer continúa suplicando, y Jesús responde adrede duramente: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos” (ib 26). Pero ella no se desanima, antes le toma la palabra y replica: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. El Señor se rinde y deja desbordar su misericordia contenida hasta entonces: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas” (ib 27-28). Para obtener la misericordia de Dios no vale la pertenencia a un pueblo o a una clase privilegiada; lo que vale es la fe.


“El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia, riges los pueblos con rectitud y gobiernas las naciones de la tierra. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor, nuestro Dios. Que Dios nos bendiga; que le teman hasta los confines del orbe” (Salmo 66).


“Señor, abriste los ojos de nuestro corazón, para conocerte a ti, el solo Altísimo en las alturas, el Santo que reposa entre los santos. A ti, que abates la altivez de los soberbios, deshaces los pensamientos de las naciones, levantas a los humildes y derribas a los que se exaltan. Tú enriqueces y tú empobreces. Tú matas y tú das vida. Tú sólo eres bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne. Tú miras a los abismos y observas las obras de los hombres; ayudador de los que peligran, salvador de los que desesperan, criador y vigilante de todo espíritu. Tú multiplicas las naciones sobre la tierra y de entre todas escogiste a los que te aman, por Jesucristo, tu siervo amado, por el que no enseñaste, santificaste y honraste.

Te rogamos, Señor seas nuestra ayuda y protección. Salva a los atribulados, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, muéstrate a los necesitados, cura a los enfermos, vuelve a los extraviados de tu pueblo, alimenta a los hambrientos, redime a los cautivos, da salud a los débiles, consuela a los pusilánimes; conozca todas las naciones que tú eres el solo Dios, y Jesucristo tu siervo, y nosotros tu pueblo y ovejas de tu rebaño” (San Clemente Romano, Papa, Comentario a 1 Corintios, 59, 3, 4).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 20º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“Curación de la hija de una cananea” (Mt. 15, 21-28)





sábado, 19 de agosto de 2017

DIÁLOGOS DE FE CON SAN JUAN PABLO II (audios): Iglesia e inmigrantes





TRIGÉSIMO PROGRAMA DEL CICLO




“El fenómeno de la migración es tan antiguo como el hombre; quizá deba verse en él un signo donde se vislumbra que nuestra vida en este mundo es un camino hacia la morada eterna. Nuestros padres en la fe reconocieron “que eran extranjeros y peregrinos en la tierra” (Hb 11, 3).

El Señor Jesús quiso también asumir, con su Madre y San José, esa condición de emigrante, ya al principio de su camino en este mundo. Poco después de su nacimiento en Belén, se vieron obligados a emprender la vía del exilio.

En lo improvisado de la huida, la travesía del desierto con precarios medios, y el encuentro con una cultura distinta, ponen de relieve suficientemente hasta qué punto Jesús ha querido compartir esta realidad de la emigración.”

 (San Juan Pablo II, Discursos en Argentina, 9 de abril de 1987, en el Aeropuerto de Paraná, Entre Ríos).


viernes, 18 de agosto de 2017

ACTUALIDAD: Francisco condenó la violencia ciega e inhumana en Barcelona

Ciudad del Vaticano (AICA): El papa Francisco condenó la acción ¨inhumana¨ del atentado del 17 de agosto en Barcelona, en el que murieron al menos 13 personas y otras más de 80 resultaron heridas, en un telegrama enviado al arzobispo local, cardenal Juan José Omella y Omella. ¨El Santo Padre condena una vez más la violencia ciega, que es una ofensa al Creador, y eleva su oración al Altísimo para que nos ayude a seguir trabajando con determinación por la paz y la concordia en el mundo¨.

"Ante la noticia del cruel atentado terrorista que ha sembrado de muerte y dolor la rambla de Barcelona, el papa Francisco desea expresar su más profundo pesar por las víctimas que han perdido la vida en una acción tan inhumana", transmitió el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, en un telegrama enviado al arzobispo local, cardenal Juan José Omella y Omella.

El purpurado sostuvo que "en estos momentos de tristeza y dolor”, el pontífice quiere hacer llegar también su apoyo y cercanía a los numerosos heridos, a sus familias y a toda la sociedad catalana y española".

"El Santo Padre condena una vez más la violencia ciega, que es una ofensa al Creador, y eleva su oración al Altísimo para que nos ayude a seguir trabajando con determinación por la paz y la concordia en el mundo", agregó.

Palabras del vocero

Ayer el director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, manifestó que el Papa observa con "gran preocupación lo que está sucediendo en Barcelona".

Francisco "reza por las víctimas de este atentado y desea expresar su cercanía a todo el pueblo español, en particular a los heridos y a las familias de las víctimas", subrayó el vocero vaticano.


jueves, 17 de agosto de 2017

PAPA FRANCISCO: “María nos trae la gracia que es Jesús”



Palabras del Papa Francisco antes del ángelus del Martes 15 de agosto de 2017, Solemnidad de la
Asunción de la Virgen María




Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy la página del Evangelio (Mt 14, 22-33) describe el episodio de Jesús que, después de haber orado toda la noche a la orilla del lago de Galilea, se dirige hacia la barca de sus discípulos, caminando sobre las aguas.

La barca se encuentra en medio del lago, bloqueada por un fuerte viento contrario. Cuando ven a Jesús venir caminando sobre las aguas, los discípulos lo confundieron con un fantasma y se asustaron. Pero él les tranquiliza “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!” (v. 27). Pedro, con su típico ímpetu, le dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”; y Jesús lo llama: “Ven!”(vv.28-29). Pedro desciende de la barca y se pone a caminar sobre las aguas hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo y comenzó a hundirse y gritó “Señor, sálvame!”, y enseguida Jesús le tendió la mano y lo agarró. (vv. 30-31).

Este relato del Evangelio contiene un rico simbolismo y nos hace reflexionar sobre nuestra fe, ya sea como individuos ya sea como comunidad eclesial, nuestra fe, la de todos nosotros que estamos aquí en la plaza. La comunidad eclesial, esta comunidad eclesial, ¿tiene fe?, ¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros y la fe de nuestra comunidad?.

La barca, es la vida de cada uno de nosotros pero también es la vida de la Iglesia; el viento contrario representa las dificultades y las pruebas. La invocación de Pedro: “Señor, mándame ir hacia ti!” y su grito: “Señor sálvame!” se asemejan tanto a nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan a los momentos más duros de nuestra vida y la de nuestras comunidades, marcadas por la fragilidad interna y las dificultades externas.

A Pedro, en aquel momento no le bastan las palabras seguras de Jesús, que era como la cuerda tendida a la cuál aferrarse para afrontar las aguas hostiles y turbulentas. Es lo que nos puede pasar también a nosotros. Cuando no nos agarramos a la Palabra del Señor, sino que para tener más seguridad consultamos horóscopos, cartomancia, se comienza a hundir. Esto quiere decir que la fe no es fuerte. El Evangelio de hoy nos recuerda que la fe en el Señor y en su palabra no nos abre un camino donde todo es fácil y tranquilo, no nos libra de las tempestades de la vida.

La fe nos da la seguridad de una Presencia, no olvidemos esto. La fe nos da la seguridad de una Presencia, la presencia de Jesús que nos empuja a superar las tempestades existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades indicándonos el camino aun cuando está oscuro, la fe, no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino que nos sostiene en el camino y le da un sentido.

Este episodio es una imagen magnífica de la realidad de la Iglesia de todos los tiempos: una barca que, a lo largo de la travesía debe afrontar los vientos contrarios y tempestades que amenazan con volcarla. Lo que la salva, no es el coraje y las cualidades de los hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Jesús y en su palabra. Esta es la garantía, la fe en Jesús y en su palabra.

Sobre esta barca estamos seguros, a pesar de nuestras miserias y de nuestras debilidades, sobre todo cuando nos ponemos de rodillas y adoramos al Señor, como los discípulos que, al final, “se postraron delante de él, diciendo: ”Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!” (v.33). Qué hermoso es decirle a Jesús estas palabras! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!], lo decimos todos juntos fuerte!, “Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios” Una vez más! [Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios]

La Virgen María nos ayuda a perdurar firmes en la fe para resistir a las tempestades de la vida, a permanecer en la barca de la Iglesia, huyendo de la tentación de subir sobre barcas fascinantes pero inseguras, de las ideologías, de las modas y de los slogans.

Francisco

lunes, 14 de agosto de 2017

COLUMNISTA INVITADO: In memoriam del P. Ramón Terrones Casado, de la Virgen del Carmen, ocd.



Escribe: Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd.*


P. Ramón Terrones Casado, 
de la Virgen del Carmen, ocd.

(Porcuna, 1935 - Burgos, 2017)




Imaginarse al Padre Ramón sin los niños no era fácil. Clases, estudios, ensayos, piano, armonio, coro, excursiones, deportes, juegos, piscina…siempre estaba allí; y así durante muchos años. Desde 1964 se le veía en ese ambiente. De este modo lo conocí cuando llegué como teresiano al Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba, en el año indicado. Era un día especial en mi vida: el 2 de octubre. Tres cursos después nos acompañó en Baeza. Incluso, en su servicio pastoral en Argentina, desplegó una amplia  labor con los postulantes, novicios y estudiantes en Tandil, Córdoba, Alta Gracia y La Plata. Su carácter se amoldaba a los jóvenes y estaba dispuesto para servir con los superiores. Era trabajador y amante del fútbol, del que se jugaba y del que se veía por televisión, sin hostigar a los que preferían otras cosas. Su gusto lo sabíamos todos.

Había nacido en Porcuna (Jaén) el 6 de marzo de 1935. Era carmelita descalzo profeso desde el 25 de septiembre de 1955 en Úbeda. Málaga lo vio de sacerdote desde el 22 de diciembre de 1962. En el hospital de Burgos le salió al encuentro la muerte en el mes de agosto que gustaba celebrar con su familia. Desde el día 7 ya nos lleva delantera en la vida eterna.

Sus compañeros, que también formaban parte de mis formadores, decían que cuando ingresó en el Seminario Carmelitano Teresiano de Córdoba era el mayor de su curso;  con el tiempo se ordenó el primero de ellos, en diciembre de 1962. Y tras el tiempo de pastoral en Málaga fue destinado con el equipo de formación a Córdoba. De aquí, siguió por Baeza, Málaga, Argentina (Buenos Aires, Tandil, Córdoba, Alta Gracia, La Plata y Buenos Aires), Cádiz, Sevilla y Burgos.

Dar clase en nuestros colegios como al servicio de la formación de los candidatos a la vida religiosa fue una de las facetas principales del P. Ramón. Casi era un clásico en este campo. Como profesor de griego lo recordaremos, siempre, por su vocabulario como por las etimologías de las palabras castellanas derivadas de aquella lengua.

Gozaba de buena salud como buen deportista, aunque comenzó a complicarse siendo superior y formador en La Plata (199). Aquí se le cambió ritmo. Ya no estaba tranquilo  y esa continua preocupación le acompañó hasta el final.

La dimensión pastoral de párroco y vicario parroquial (además de decano o arcipreste) le ocupó buena parte de su sacerdocio, con lo que lleva consigo en la tarea de reuniones, grupos, encuentros, organizaciones, confesiones, predicaciones... Su carácter le hacía cercano a los feligreses si bien su prudencia y timidez le hacían poner distancia.

Siempre acogedor y dialogante cuando te encontrabas con él en la comunidad. Sabías que tenías un hermano delante. Conectabas con facilidad si hablabas de deportes,  música, de los frailes o comunidades, con su preguntita familiar: “¿Cómo andáis por allí?”.

Me parece que en el asunto de la disciplina nos pasábamos un poco los chiquillos; pero es cierto que lo queríamos mucho. Tanto sus celebraciones como predicaciones, sencillas y cercanas, se mezclaban con los ensayos del coro en que lo sacábamos de quicio, con los desafinamientos; entre sostenidos y bemoles, no entendíamos fuesen tan importantes para las celebraciones. Pero, se superaba con facilidad, y comenzaba de nuevo.

Siempre lo veíamos padre, sencillo, respetuoso, piadoso y bondadoso. Nosotros lo considerábamos el padre bueno. Y en sus oficios como superior, formador, rector o de dimensión pastoral se le veía sin ánimo de cargos ni de superioridad. Así, pues, buen recuerdo nos deja este hermano de hábito que amaba la Iglesia y la Orden  con el silencio y la soledad.

Quiero recordar una anécdota que me contó más de una vez en la que se refleja su docilidad: recién ordenado sacerdote, en la comunidad de Úbeda le pusieron la celebración de la misa en Baeza, para ayudar a los padres de aquella casa. Se despistó un poco con los horarios; el tiempo se le echó encima, y con su hábito y sandalias fue corriendo hasta llegar a la iglesia de la Concepción. La vuelta, tras la misa, la hizo en autobús. Más tarde, cuando se sacó el carnet de conducir, se prestó a hacer muchos favores llevando a los hermanos a la estación, a tal ciudad, efectuando encargos y con agilidad; uno de esos favorecidos lo hizo conmigo llevándome desde Córdoba a Tucumán (560 km). Y con el mundo del volante, los aparatos mecánicos y eléctricos le encantaban al igual que las herramientas de trabajo. Quería que todo estuviese funcionando y para el servicio de la comunidad. Era creativo. Ahora le llegó el momento de de parar, y de desearte con todo corazón que descanse en paz.





* Fr. Francisco Víctor López Fernández, ocd. (Fr. Francisco de la Virgen, Carmelita Descalzo), es licenciado en Ciencias Eclesiásticas por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Teología Espiritual (Teresianum – Roma) Actualmente es conventual del Convento de Carmelitas de Ubeda-Baeza, España.