domingo, 21 de mayo de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama"

6º Domingo de Pascua
Ciclo A
Evangelio: Juan 14, 15- 21

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él».

Palabra del Señor.


“Venid y ved las maravillas de Dios” (Sal 65, 5).

Acercándose ya la fiesta de Pentecostés, la liturgia de la Palabra se centra en la promesa del Espíritu Santo y en su acción en la Iglesia.

La noche de la última Cena Jesús decía a los suyos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre” (Jn 14, 15-16). La observancia de los mandamientos como prueba de amor auténtico -recomendada repetidas veces en el discurso de la Cena- es puesta por Jesús como condición para recibir al Espíritu Santo. Solamente quien vive en el amor y por lo tanto en el cumplimiento del querer divino, es apto para acoger al Espíritu Santo que es el Amor infinito hecho persona.

Puesta esta premisa, Jesús mismo, vuelto al Padre, enviará a los suyos “otro Paráclito” (abogado, defensor) que le sustituirá ante sus discípulos y se quedará para siempre con ellos y con toda su Iglesia. Siendo “Espíritu”, su presencia y su acción serán invisibles, absolutamente espirituales. El mundo sumergido en la materia y entenebrecido por el error no podrá conocerlo ni recibirlo, pues está en entera oposición con el “Espíritu de verdad”. Por el contrario, los discípulos, afinados y purificados en el contacto de Jesús, lo conocerán, mejor dicho lo conocen ya porque está en medio de ellos (ib. 17) presente y operante en Cristo.

Pero en el día de Pentecostés el Espíritu bajará directamente sobre los discípulos; serán íntimamente transformados por él, y así en él encontrarán a Cristo. “No os dejaré huérfanos -dijo el Señor-, vendré a vosotros” (ib 18), aludiendo a su vuelta invisible, pero real, mediante su Espíritu, con el cual continuará asistiendo a su Iglesia. Entonces se cumplirán sus palabras: “En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (ib 20). Al Espíritu Santo, en efecto, es confiada la misión de iluminar a los creyentes acerca de los grandes misterios ya anunciados por Jesús.

Bajo su influjo conocerán el misterio por el cual Cristo, Verbo eterno, Dios como el Padre y el Espíritu Santo, está en el Padre y en el Espíritu Santo, comprenderán que por la Unidad y la Trinidad de Dios, las tres Personas divinas son inseparables: donde está una, están también las otras dos. Y comprenderán que, viviendo en Cristo, como los sarmientos en la cepa, entrarán en comunión con la Trinidad. Verdades sublimes no reservadas a grupos privilegiados, sino patrimonio de todos los creyentes; a todos ha prometido y enviado Jesús su Espíritu para que puedan comprenderlas y vivirlas.

Los Hechos de los Apóstoles (primera lectura) demuestras cómo desde el principio de la Iglesia se preocupaban los apóstoles de que los bautizados recibieran el Espíritu Santo. Típico es el episodio de Pedro y Juan que a tal fin se trasladan a Samaría donde el diácono Felipe había anunciado ya el Evangelio y conferido el bautismo a los convertidos. Los dos apóstoles “bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo” (Hech 8, 15-17). Aunque por el bautismo el cristiano ha sido ya regenerado en el Espíritu, debe recibirlo aún con mayor plenitud en el sacramento de la confirmación que renueva para cada uno de los fieles la gracia de Pentecostés. A una tal gracia, como dijo Jesús, hay que corresponder con el amor y con el amor debe ser vivida; y ésta es la disposición que espera Dios del hombre para revelarle sus misterios divinos: “El que me ama a mí será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21).


“¡Oh Jesús!, tú concedes a tus siervos una consolación inmediata y segura cuando nuestros espíritus están sumergidos en la tristeza. No te alejes de nuestras almas que se hallan en medio de la prueba. No te alejes de nuestros corazones rodeados de dificultades. Ven solícito hacia nosotros; estate cerca de nosotros, sí, cerca, tú que moras en todas las partes. Del mismo modo que asistes a tus apóstoles en todo lugar, reúne en la unidad a los que te aman. Haz que unidos en ti podamos cantar y glorificar al Espíritu que es la plenitud de la santidad…

Te suplicamos, Señor, con lágrimas: mándanos a tu Espíritu que es suma bondad. Que él dirija a todos los hombres hacia la tierra tuya, donde has preparado una llanura de reposo a los que honran y glorifican al Espíritu que encierra toda santidad…

A ti que eres el Señor y el Rey de los ángeles, a ti que tienes poder sobre los hombres y eres su Criador, a ti que con sola una señal imperas a todo lo que existe en la tierra y en el amar, a ti claman tus amigos y tus siervos: date prisa a mandarnos tu espíritu que es la plenitud de la santidad” (Román el Melode, Himno de Pentecostés).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 6º Domingo de Pascua - Ciclo A


“Rogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito” 
(Jn 14, 15-21)



jueves, 18 de mayo de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “María Magdalena, apóstol de la esperanza”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 17 de mayo de 2017



Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.

El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús. Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.

Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.

Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada. El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)

¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado según los evangelios, fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre. Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.

Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús n es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios –me permito la palabra– es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.

María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza. Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»

Francisco

domingo, 14 de mayo de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"

5º Domingo de Pascua
Ciclo A
Evangelio: Juan 14, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino».

Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto».

Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».

Palabra del Señor.


“¡Oh Jesús, camino, verdad y vida!, guíame al Padre” (Jn 14, 6).

La liturgia de los últimos domingos de Pascua concentra nuestra atención sobre las enseñanzas de Jesús contenidas en el sermón de la Cena, testamento precioso dejado a sus discípulos antes de dirigirse a la Pasión.

Hoy aparece en primer plano la gran declaración: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), que había sido provocada por la pregunta de Tomás, quien, no habiendo comprendido cuanto Jesús había dicho sobre su vuelta al Padre, le había preguntado: “Señor, no sabemos adónde vas: ¿cómo, pues, podemos saber el camino? (ib. 5). El apóstol pensaba en un camino material, pero Jesús le indica uno espiritual, tan excelente que se identifica con su persona: “Yo soy el camino”; y no sólo le muestra el camino, sino también el término -“la verdad y la vida”- a que conduce, que es también él mismo.

Jesús es el camino que lleva al Padre: “Nadie viene al Padre sino por mí” (ib. 6); es la verdad que lo revela: “El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (ib. 9); es la vida que comunica a los hombres la vida divina: “Como el Padre tiene la vida en sí mismo”, así la tiene el Hijo y la da “a los que quiere” (Jn 5, 26. 21). El hombre puede ser salvado con una sola condición: seguir a Jesús, escuchar su palabra, dejarse invadir por su vida que le es dada por la gracia y el amor. De esta manera no sólo vive en comunión con Cristo, sino también con el Padre que no está lejos ni separado de Cristo, sino en él mismo, pues Cristo es una sola cosa con el Padre y el Espíritu Santo. “Creedme, que yo estoy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14, 11).

Sobre esta fe en Cristo verdadero hombre y verdadero Dios, camino que conduce al Padre e igual en todo al Padre, se funda la vida del cristiano y de toda la Iglesia.

La primera y la segunda lectura nos presentan el desarrollo y la vida de la Iglesia primitiva bajo el influjo de Jesús, “camino, verdad y vida”. La lectura de los Hechos (6, 1-8) nos hace asistir al rápido crecimiento de los creyentes como fruto de la predicación de los Apóstoles y de la elección de sus primeros colaboradores que, haciéndose cargo de las obras caritativas, dejaban a los primeros la libertad de dedicarse por entero “a la oración y al ministerio de la palabra” (ib 4). Se trataba del culto litúrgico -celebración de la Eucaristía y oración comunitaria- pero también ciertamente de la oración privada en la cual habían sido instruidos los apóstoles con las enseñanzas y los ejemplos de Jesús.

Del mismo modo que el Maestro pasaba largas horas en oración solitaria, también el apóstol reconoce la necesidad de adquirir nuevo vigor en la oración personal hecha en íntima unión con Cristo, pues sólo de esta manera será eficaz su ministerio y podrá llevar al mundo la palabra y el amor del Señor.

Mientras la lectura de los Hechos nos habla de los apóstoles y sus colaboradores, la segunda lectura se ocupa del sacerdocio de los fieles: “Vosotros sois linaje escogido -escribe San Pedro a los primeros cristianos-, sacerdocio regio, gente santa” (1 Ped 2, 9). Nadie está excluido de este sacerdocio espiritual que se extiende a todos los bautizados asociándolos al sacerdocio de Cristo. Jesús, único camino que conduce al Padre, es también el único Sacerdote que por propia virtud reconcilia a los hombres con Dios y le ofrece un culto digno de su majestad infinita; pero, “allegados a él”, también los fieles son levantados a un “sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo” (ib., 4-5).

Jesús es la única fuente de vida en la Iglesia, la única fuente del sacerdocio ministerial y del de los fieles; no hay culto ni sacrificio digno de Dios si no va unido al de Cristo, lo mismo que no hay santidad ni fecundidad apostólica si no derivan de él.


“Señor, tú te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna” (Misal Romano, Oración Colecta).

“¡Oh Jesús! Haz que camine por la senda de la humildad para que llegue a la eternidad. Tú, en cuanto Dios, eres la patria hacia la que estamos encaminados; en cuanto hombre eres el camino por el cual andamos. Vamos a Ti, a través de Ti. ¿Por qué temer desviarnos? Tú no te has alejado del Padre y has venido a nosotros… Dios y hombre… Dios porque eres el Verbo, hombre porque siendo Verbo te has hecho hombre.

Todo hombre es pobre e indigente de ti, ¡oh Dios! ¿Qué soy yo? ¡Oh si conociese mi pobreza!... Y con todo, Jesús me dice: dame lo que te he dado… pidiéndome a mí, dame y yo te lo retribuiré. Tú me das poco, yo te devolveré mucho más. Tú me das cosas de la tierra, yo te daré cosas celestiales. Me das cosas temporales, yo te las daré eternas. Te daré a ti mismo cuando te llame a mí”. (San Agustín, Sermón 123, 3-5).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 5º Domingo de Pascua - Ciclo A


“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 1-12)



sábado, 13 de mayo de 2017

PARROQUIA SALETA ALCORCÓN: Rezo de las 1.000 Ave Marías y Consagración al Inmaculado Corazón






















Altar especial dedicado al Inmaculado Corazón de María para el rezo diario del Rosario de la Aurora en este Mes de María. 
El Rosario de velas acompaña hoy, 13 de mayo, el rezo de las 1000 Ave Marías.

jueves, 11 de mayo de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “No somos huérfanos, tenemos una madre en el cielo la santa Madre de Dios”





Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 10 de mayo de 2017





Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama.

No era simplemente responder con un “si” a la invitación del ángel: sin embargo, ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante, no sabía nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Aquel “si” es el primer paso de una larga lista de obediencias –¡larga lista de obediencias!– que acompañaran su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.

En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil.

Es en cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia, así como esa se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo.

Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25).

Ella estaba. No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.

María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”.

No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.

Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr. Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.

Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo.

En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias."

Francisco

domingo, 7 de mayo de 2017

sábado, 6 de mayo de 2017

SANTORAL (audios): Santo Domingo Savio (6 de mayo)




ORACIÓN
Amado Santo Domingo, tu entregaste tu corta vida totalmente por el amor a Jesús y su Madre. Ayuda hoy a la juventud para que se dé cuenta de la importancia de Dios en su vida.
Tú que llegaste a ser santo a través de la participación fervorosa de los sacramentos, ilumina a padres y niños en la importancia de la frecuencia en la confesión y santa comunión.
Tú que a una temprana edad meditaste en los sufrimientos de la Pasión de Nuestro Señor, obtén para nosotros la gracia de un ferviente deseo de sufrir por amor a Él.
Necesitamos tu intercesión para proteger a los niños de hoy de los engaños de este mundo. Vigila sobre ellos y condúceles por el camino estrecho hacia el Cielo.
Pide a Dios que nos de la gracia para santificar nuestras obligaciones diarias llevándolas a cabo de manera perfecta por amor a Él. Y recuérdanos la necesidad de practicar la virtud sobre todo en los tiempos de prueba y tribulación.
Santo Domingo Savio, tu que supistes preservar el corazón en la inocencia bautismal, ruega por nosotros. Amén.