domingo, 28 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: "El que se enaltece será humillado y el que se humille será enaltecido"

22º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 14, 1. 7-14

Un sábado, habiendo ido a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos le estaban observando. Notando cómo los invitados elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: «Cuando seas convidado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido convidado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os convidó a ti y a él, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y entonces vayas a ocupar avergonzado el último puesto. Al contrario, cuando seas convidado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos».

Palabra del Señor.


“Señor, tú revelas tus secretos  a los humildes” (Eclo 3, 20).

Las lecturas de este Domingo proponen una meditación sobre la humildad, tanto más oportuna cuanto menos se comprende y practica esta virtud. Ya en el Antiguo Testamento (1ª lectura: Eclo 3, 17-18. 20. 28-29) habla de su necesidad sea en las relaciones con Dios sea en las relaciones con el prójimo. “Hazte pequeño en las grandezas humanas y así alcanzarás el favor de Dios” (ib 18).

La humildad no consiste en negar las propias cualidades sino en reconocer que son puro don de Dios; síguese de ahí que cuanto uno tiene más “grandezas humanas”, o sea, es más rico en dotes, tanto más debe humillarse reconociendo que todo le ha sido dado por Dios. Hay luego “grandezas” puramente accidentales provenientes del grado social o del cargo que se ocupa; aunque nada añadan éstas al valor intrínseco de la persona, el hombre tiende a hacer de ellas un timbre de honor, un escabel sobre el que levantarse sobre los otros.

“Hijo mío –amonesta la Escritura-, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán” (ib 17). Como la humildad atrae a sí el amor, la soberbia lo espanta; los orgullosos son aborrecibles a todos. Si luego el hombre deja arraigar en sí la soberbia, ésta se hace en él como una segunda naturaleza, de modo que no se da ya cuenta de su malicia y se hace incapaz de enmienda.

Por eso Jesús anatematiza todas las formas de orgullo, sacando a luz su profunda vanidad. Así sucedió cuando, invitado a comer por un fariseo, veía a los invitados precipitarse a ocupar los primeros puestos (Lc 14, 1. 7-14). Escena ridícula y desagradable, pero verdadera. ¿Puede acaso un puesto hacer al hombre mayor o mejor de lo que es? Es precisamente su mezquindad lo que le lleva a enmascarar su pequeñez con la dignidad del puesto. Por lo demás, esto le expone a más fáciles humillaciones, porque antes o después no faltará quien haga notar que ha pretendido demasiado.

Es lo que enseña Jesús diciendo: “Cuando te conviden, ve a sentarte en el último puesto… Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (ib 10-11). Puede parecer todo esto muy elemental; sin embargo, la vida de muchos, aun cristianos, se reduce a una carrera hacia los primeros puestos. Y no les faltan motivos para justificarlo, a título de bien, de apostolado y hasta de gloria de Dios. Pero si tuviesen el valor de examinarse a fondo, descubrirían que se trata sólo de vanidad.

Jesús dirige otra lección a su huésped: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado” (ib 12). Jesús invierte por completo la mentalidad corriente. El mundo reserva sus invitaciones a las personas que lo honran por su dignidad o de las que puede esperar algún provecho; conducta inspirada en la vanidad y el egoísmo. Pero el discípulo de Cristo debe conducirse al revés: invitar a los “pobres, lisiados, cojos y ciegos, o sea, a gente necesitada de ayuda e incapaz de “pagar” lo recibido.

De este modo podrá decirse  no sólo honrado, sino “dichoso” (ib 13-14). Es imposible cambiar la mentalidad hasta este punto si no se está convencido profundamente de que los valores son verdaderos sólo en la medida en que pueden ordenarse a los eternos, y que la vida terrena no es más que una peregrinación hacia la “ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celeste” donde los justos –los humildes y caritativos- están “inscritos en el cielo” (2ª lectura, Heb 12, 18-19. 22-24a).


“Inclina, Señor tu oído y escúchame… Tú inclinas el oído, si yo no me engrío. Te acercas al humillado y te apartas lejos del exaltado, a menos que no hayas exaltado tú al antes que se humilló. Oh Dios, inclina hacia nosotros tu oído. Tú estás arriba, nosotros abajo. Tú te hallas en la altura, nosotros en la bajeza, pero no abandonados, pues has mostrado tu amor con nosotros, porque aún siendo pecadores, Cristo murió por nosotros… ‘Inclina, Señor, tu oído y escúchame, porque soy pobre y desvalido’. Luego no inclinas el oído al rico, sino al pobre y desvalido, al humilde y al que confiesa; al que necesita misericordia. No inclinas tu oído al hastiado y al engreído, al que se jacta como si nada le faltase” (San Agustín, In Ps 85, 2).

“Haz, Señor, que estemos unidos con todos nuestros hermanos, hasta con los más lejanos, hasta con aquellos que tú has tratado de modo muy diferente de nosotros. Enséñanos a amar, a hacer que se aprovechen de nuestras riquezas los hermanos menos favorecidos; haz que los amemos fraternamente, que partamos con ellos nuestros bienes, que corramos a ofrecérselos suplicándolos que los acepten. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el A. T.).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 22º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


Humillación y enaltecimiento  (Lc 14,1.7-14)

viernes, 26 de agosto de 2016

ACTUALIDAD: Francisco celebra una misa por las víctimas del terremoto y llamó al obispo de la zona más afectada

El papa Francisco abraza a las víctimas del terremoto que ha devastado el miércoles el centro de Italia y a sus familias. Después de haber rezado el pasado miércoles el Rosario en la plaza de San Pedro, ayer jueves por la mañana ha celebrado la santa misa junto a las clarisas de Santa Maria di Vallegloria. Lo indica el diario Vaticano L’Osservatore Romano en su cuenta Twitter @oss_romano.

Durante la celebración el Pontífice ha rezado por todos los muertos y heridos de la catástrofe y después ha entregado a las religiosas su reciente constitución apostólica Vultum Dei quaerere dedicada al tema de la vida religiosa contemplativa femenina.

En el contexto del Año de la Misericordia, el papa Francisco invitó al Vaticano a la comunidad de religiosas de clausura de clarisas de la diócesis de Foligno, cuyo monasterio según la tradición fue fundado hacia el años 560 por discípulos de San Benedicto y reformado en el 1230 por dos discípulas de Clara de Asís, Balbina y Pacífica.

También el Santo padre Francisco envió un Tweet diciendo:  “Expreso mi dolor y mi cercanía a todas las personas presentes en los lugares golpeados por el terremoto”.

El Papa llamó al obispo de la zona más afectada por el terremoto: "Me invitó a no tener miedo"

Monseñor Domenico Pompili, obispo de Rieti, una de las zonas más afectadas por el terremoto que devastó la zona central de Italia, dijo que recibió un llamado telefónico del papa Francisco, quien lo alentó a “no tener miedo” y le transmitió palabras de “cercanía y ánimo” que llevó a las comunidades afectadas.

La agencia Sir informó que el prelado recibió a las 7 de ayer una comunicación telefónica del pontífice, en la que le aseguró que supo de la noticia a las 4.15 de la mañana y que celebró inmediatamente la misa por las víctimas en la Casa Santa Marta.

En tanto, monseñor Giovanni D’Ercole, obispo de Ascoli Piceno, dijo a Radio Vaticano que visitó las localidades afectadas de su diócesis.

“He visto mucha tristeza, desesperación y tanta solidaridad, todas juntas”, expresó.

“Hay colaboración de todos y junto a mí, excavaron también algunos sacerdotes, el director de Cáritas, algunos frailes”, aseguró

El prelado advirtió que “todas las iglesias de las fracciones involucradas en el terremoto no sólo están inhabitables, sino destruidas”.

Asimismo tres de las seis monjas de la orden de las Hermanas Esclavas, que se encontraban en la estructura de la Obra Don Minozzi, no pudieron ser localizadas debajo de los escombros, indicó ayer el Osservatore Romano, precisando que eran religiosas ancianas hospedadas durante el período de vacaciones.

El Vaticano envía bomberos a la zona afectada

Como signo concreto de cercanía hacia las poblaciones golpeadas por el terremoto, el papa Francisco autorizó, este miércoles 24 de agosto, a un equipo de los Bomberos de la Ciudad del Vaticano para que se sume a los equipos de socorristas que están trabajando en Amatrice, el pueblo más afectado por el movimiento telúrico, según informó la Oficina de Prensa del Vaticano.

Como signo concreto de cercanía hacia las poblaciones golpeadas por el terremoto, el papa Francisco autorizó, este miércoles 24 de agosto, a un equipo de los Bomberos de la Ciudad del Vaticano para que se sume a los equipos de socorristas que están trabajando en Amatrice, el pueblo más afectado por el movimiento telúrico, según informó la Oficina de Prensa del Vaticano.

El equipo de los bomberos vaticanos trabajará coordinado con la Protección Civil italiana en la búsqueda y asistencia de las víctimas.

El trabajo de la Protección Civil, se está realizando de manera ejemplar y los socorristas trabajan día y noche para rescatar posibles sobrevivientes y cuerpos sin vida. Son 215 las personas extraídas vivas de los escombros, hay 2.000 socorristas operando y 400 máquinas y vehículos.

Ayer se vivieron momentos de emoción cuando una niña de diez años, Giorgia, que estaba debajo de los escombros fue salvada junto a su mamá y papá. Su hermanita menor no tuvo la misma suerte. De otro lado se teme que en el Hotel Roma de Amatrice, puedan haber muchos más muertos.

La Conferencia Episcopal Italiana donó un millón de euros de los fondos del 8 por Mil, para hacer frente a las primeras urgencias y necesidades esenciales.

Las donaciones son posibles a través de diversos canales, entre ellos Caritas Italia: www.caritas.it   

jueves, 25 de agosto de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: Francisco, con el Rosario en la mano, reza a María por las víctimas del terremoto en Italia

Reflexión y oración del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 24 de agosto de 2016

El papa Francisco canceló la catequesis que tenía prevista pronunciar en la Audiencia General de ayer miércoles y en su lugar rezó una parte del Rosario, junto a miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, por las numerosas víctimas del terremoto en el centro de Italia, causando muchos muertos y daños materiales. Las zonas más afectadas son las de Umbría, Le Marche y el Lazio. El terremoto también se sintió en Roma.

El santo padre antes de iniciar la audiencia general, manifestó su dolor por la noticia del terremoto que golpeó el centro de Italia e invitó a todos los presentes a rezar el santo rosario. Expresó además su solidaridad y oraciones por las víctimas mortales, heridos y sus familiares.

“Había preparado la catequesis de hoy, como todos los miércoles de este Año de la Misericordia, sobre el tema de la cercanía de Jesús” dijo Francisco. “Pero ante la noticia del terremoto que ha golpeado el centro de Italia, devastando zonas enteras y dejando muertos y heridos, no puedo dejar de expresar mi gran dolor y mi cercanía a todas las personas presentes en los lugares golpeados por los movimientos sísmicos, y a todas las personas que han perdido a sus seres queridos y a las que aún se sienten afectadas por el miedo y el terror”, dijo.

Y añadió: “Saber que el alcalde de Amatrice exclamó: ‘El pueblo no existe más’, y que entre los muertos hay tantas mujeres y niños me conmueve realmente mucho”.

“Y por esto –prosiguió el Santo Padre– quiero asegurarle la oración a estas personas que se encuentran en la zona de Accumoli, Amatrice y en otros lugares, en la diócesis de Rieti, Ascoli Piceno y a las otras en toda la región del Lazio, Umbria y Le Marche y decirles que estén seguros de la caricia y del abrazo de toda la Iglesia que en este momento desea darles su amor materno y también de nuestro abrazo aquí en la plaza”.

Rosario en mano, el Santo Padre presidió la oración mariana de los misterios dolorosos, junto a los miles de fieles y peregrinos que se encontraban en la plaza de San Pedro.

El Papa agradeció también a “todos los voluntarios y los operadores de la Defensa Civil, que están auxiliando a estas poblaciones”, y pidió que se unan a él en la oración “para que el Señor Jesús que siempre se ha conmovido ante el dolor humano, consuele a estos corazones adoloridos y les dé la paz por la intercesión de la bienaventurada Virgen María. Dejémonos por lo tanto conmover junto a Jesús”.

El balance del terremoto de 6 grados Richter que se registró en la madrugada, es provisorio y se teme que las víctimas mortales sean varias veces centenarias, debido a que estas ciudades y pueblos en el período del verano italiano se llenan de turistas y visitantes, y porque como la mayoría de los pueblos medievales de Italia son estructuras en piedra y por lo tanto no antisísmicas.

domingo, 21 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús, mi Buen Pastor, hoy... ¿a quién le interesa salvarse?

21º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 13, 22-30

En aquel tiempo, Jesús atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’. Y os responderá: ‘No sé de dónde sois’. Entonces empezaréis a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas’; y os volverá a decir: ‘No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!’. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos».

Palabra del Señor.


“Señor, firme es tu misericordia con nosotros y tu fidelidad dura por siempre” (Sal 116, 2).

El tema de la salvación es proyectado por la liturgia de hoy con una amplitud universal. La primera lectura (Is 66, 18-21) reproduce una de las profecías más grandiosas sobre la llamada de todos los pueblos a la fe. “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua –dice el Señor-; vendrán para ver mi gloria” (ib 18). Como la división de los hombres es señal de pecado, así su reunificación es señal de la obra salvadora de Dios y de su amor a todos. El enviará a los supervivientes de Israel, que le permanecieron fieles, a los países más lejanos para dar a conocer su nombre.

Los paganos no sólo se convertirán, sino se reintegrarán los judíos dispersos, “como ofrenda al Señor” (ib 20), a Jerusalén. Y entre los mismos paganos convertidos, Dios se escogerá a sus sacerdotes (ib 21). Es la superación máxima de la división entre Israel y los otros pueblos; superación que anunciaron muchas veces los profetas, sin ser comprendida, y que sólo Jesús opera preparándole el camino con su predicación y unificando los pueblos con la sangre de su Cruz.

El Evangelio de hoy (Lc 13, 22-30) refiere justamente la enseñanza de Jesús sobre este argumento. Lo motiva una pregunta: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?” (ib 23). Jesús va más allá de la pregunta y se fija en lo esencial: todos pueden salvarse porque a todos se ofrece la salvación, pero para conseguirla tiene cada cual que apresurarse a convertirse antes de que sea demasiado tarde. Jesús quiere abatir la mentalidad estrecha de los suyos y afirma que en el día de la cuenta no valdrá la pertenencia al pueblo judío ni la familiaridad gozada con él, por eso será inútil decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas” (ib 26).

Si a estos privilegios no corresponden la fe y las obras, los mismos hijos de Israel serán excluidos del reino de Dios. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán los últimos” (ib 29-30). Aunque llamados los primeros a la salvación, si no se convierten y aceptan a Cristo, los judíos se verán suplantados por otros pueblos llamados los últimos. Dígase lo mismo del nuevo pueblo de Dios: el privilegio de pertenecer a la Iglesia no conduce a la salvación, si no va acompañado de una adhesión plena a Cristo y a su Evangelio.

Los creyentes, pues, no pueden cerrarse en su posición privilegiada, sino que ésta precisamente los compromete a estar abiertos a todos los hermanos para atraerlos a la fe. Delante de Dios no valen privilegios, sino la humildad que elimina toda presunción, el amor que abre el corazón al bien ajeno, el espíritu de renuncia que da esfuerzo para “entrar por la puerta estrecha” (ib 24) superando toda suerte de egoísmo.

A este punto interviene la segunda lectura (Hb 12, 5-7. 11-13) con la cálida exhortación de san Pablo a combatir animosamente las batallas de la vida. Es Dios quien mediante las dificultades y sufrimientos pone a prueba a sus hijos, porque quiere corregirlos, purificarlos y hacerlos “partícipes de su santidad” (ib 10). Es verdad que “ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele; pero da como fruto una vida honrada y en paz” (ib 11), o sea, una vida de virtud y de mayor cercanía a Dios. Dios es un padre que corrige y prueba sólo con la mira de un bien mayor: “el Señor reprende a los que ama y prueba a sus hijos preferidos” (ib 6). Aceptar las pruebas es entrar “por la puerta estrecha” señalada por Jesús.


“Por el único sacrificio de Cristo, tu Unigénito, te has adquirido, Señor, un pueblo de hijos; concédenos propicio los dones de la unidad y de la paz en tu Iglesia (Misal Romano, Oración sobre las ofrendas).

“Te pedimos, Señor, que lleves en nosotros a su plenitud la obra salvadora de tu misericordia; condúcenos a perfección tan alta y mantennos en ella de tal forma que en todo sepamos agradarte. (Misal Romano, Oración después de la Comunión).

“Dios mío, cada alma es para ti todo un mundo y el universo entero palpita delante de ti como una alma sola. Tú no nos has creado en masa ni nos gobiernas por junto; sino atento a cada uno le amas como si fuese la única criatura viviente en el mundo…

Pastor eterno, antes de ir adelante, a la cabeza de tus queridas ovejas, antes de que tomases carne humana para indicarles el camino, antes aún de hacerlas salir de ese aprisco feliz que es el santuario de tus pensamientos y de tu voluntad adorable, antes de bosquejarlas en el tiempo y lanzarlas por el mundo a su destino, las has llamado una a una por su nombre. Tú dices: “El buen Pastor llama a sus ovejas una a una, y cuando las ha sacado, va delante de ellas, y sus ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Mons. Carlos Gay, “Vida y virtudes cristianas”).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 21º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C


El don universal de la salvación   (Lc 13, 22-30)

sábado, 20 de agosto de 2016

ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS: Los curas que no «cierran por vacaciones»

Queridos amigos y hermanos del blog: el pasado 4 de agosto el semanario católico de información del Arzobispado de Madrid “Alfa y Omega”, que publica el ABC, ha incluido mi testimonio en el siguiente artículo que les comparto. Agradeciendo a su auto José Antonio Méndez que haya tenido a bien contarme entre sus fuentes les comparto ahora dicho artículo:


Muchos sacerdotes dedican sus días de descanso a la atención pastoral del lugar donde veranean

Los curas que no «cierran por vacaciones»

Sustituir a un párroco rural, reforzar la presencia de la Iglesia en zonas turísticas, visitar campamentos juveniles, ayudar en tierras de misión… Así pasan sus días de descanso miles de sacerdotes

Félix González es uno de los miles de madrileños que este año van a veranear en la localidad valenciana de Gandía. Sin embargo, él no es el típico turista de playa y chiringuito… O no solo. Porque desde hace varios años este sacerdote, párroco en la iglesia madrileña de Cristo Sacerdote, aprovecha sus días de descanso para reforzar la atención pastoral en esa localidad de Valencia, una de las que mayor afluencia de turismo registra entre los meses de julio y agosto.

Vacaciones: sí, pero…

Según el canon 533 del Código de Derecho Canónico, todos los sacerdotes tienen derecho «como máximo» a un mes de vacaciones al año, con la única «obligación» de asistir a la Misa dominical, como cualquier otro católico. Sin embargo, al igual que Félix, muchos de los 18.813 sacerdotes que hay en España (según la última Memoria de la CEE) dedican parte de esos días a desarrollar actividades evangelizadoras allí donde son más necesarios. «Yo soy sacerdote todo el año –explica Félix–, y aunque estos días no tengo obligación ni siquiera de celebrar la Misa, sigo haciéndolo porque en la Eucaristía está Jesucristo vivo de verdad, y para mí es muy importante mantener el contacto con Él. Si puedo acercarme a la parroquia del lugar donde estoy de vacaciones, celebrar la Misa y echar una mano con las confesiones, justo ahora que hay más gente, ¿cómo no lo voy a hacer».

Más gente, más anuncio

Este, el de la afluencia de turistas a ciertas zonas, es uno de los motivos que lleva a muchos sacerdotes a «no cerrar por vacaciones» para anunciar el amor de Dios a los que terminan el curso «cansados y agobiados»: «En verano –asegura el párroco de Cristo Sacerdote– hay mucha gente que viene a horas un poco infrecuentes, porque han estado todo el día en la playa y entran porque ven la iglesia abierta, aunque sea tarde. Hay personas que van a Misa después de tiempo sin ir, porque al estar más tranquilos vuelven a dejarle hueco a Dios. Pero lo que más se nota son las confesiones: cada año me encuentro gente que busca la confesión porque al alejarse del estrés y de las prisas, se dan cuenta de que necesitan una reforma más profunda». Y gracias a que un cura pasa sus vacaciones en un confesionario, «pueden reconciliarse con Cristo».

Con la ayuda extra de los tres sacerdotes de fuera que, como Félix, compaginan en las tres parroquias de Gandía «darte un baño en la playa por la mañana y por la tarde ir a la iglesia», hay personas que «viven casi por única vez en el año un encuentro con la misericordia de Jesús, y a los que les aconsejamos que retomen o inicien su vida de oración».

Galicia, Chile, Lourdes…

No muy lejos de Gandía estará este verano José Antonio Medina, sacerdote de la diócesis de Getafe y párroco de Nuestra Señora de la Saleta, en Alcorcón. Y decimos este verano porque en sus 25 años de sacerdote, José Antonio ha dedicado sus vacaciones a recorrer el mundo: «Lo nuestro –explica– no es una profesión, sino una vocación, y para mí “un día sin Misa celebrada es un día sin sabor de eternidad”. Así que mis vacaciones han sido siempre unos días para la familia, y luego, irme a predicar un retiro espiritual o una novena patronal en algún pueblo, para que esos párrocos puedan irse de vacaciones; realizar actividades solidarias, como cuando un terremoto asoló Chile en 2010; o irme de confesor, por ejemplo, a Lourdes, en Francia».

Medina sabe que los sacerdotes también necesitan descansar del ajetreo de la parroquia para no acabar quemados, y por eso «este verano, junto a un párroco vecino y buen amigo, iremos a suplir a un párroco que tiene su parroquia junto al mar, para que él pueda irse de vacaciones, pero de forma que, mientras asumimos las obligaciones sacramentales de esos días, podamos a la vez descansar y darnos un reparador chapuzón».

El obispo, un cura más

También muchos obispos cuelgan el cartel de «abierto por vacaciones», incluso sin salir de la diócesis. Es el caso del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, que habla con Alfa y Omega cuando el termómetro marca los 42 grados: «Como comprenderás, lo normal es que con este calor la gente huya a la playa. Pero yo me quedo en Córdoba porque es cuando más tranquilo estoy. Sin las prisas de la agenda, aprovecho para leer o escribir, y sobre todo para estar más tiempo confesando en la catedral, visitar con calma a familias o enfermos, acercarme a alguna colonia de jóvenes y quedarme al fuego de campamento, ir a cenar a casa de algún cura y que me cuente cómo está, ir sin prisas a ver a unas monjas, o sustituir a alguno de esos sacerdotes que tienen cinco o seis Misas cada día, porque si yo puedo celebrar por él dos o tres, y otro cura otras dos o tres, él se puede ir de vacaciones unos días».

Al final, como concluye monseñor Fernández, «de lo que se trata estos días es de poder hacer, con un ritmo más relajado, la tarea de todo el año: estar cerca del Señor para ayudar a los demás a acercarse a Jesucristo».

José Antonio Méndez

jueves, 18 de agosto de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Llevar la misericordia del Señor a nuestra familia, al trabajo y a los ambientes que frecuentamos”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 17 de agosto de 2016

Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios

“Queridos hermanos y hermanas, ‘buon giorno‘.

Hoy queremos reflexionar sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Al inicio de la narración que hace Mateo (cfr 14,13-21), Jesús ha apenas recibido la noticia de la muerte de Juan el Bautista, y en una barca atraviesa el lago buscando ‘un lugar desierto apartado’.

La gente entretanto entiende y se anticipa yendo a pie, así que ‘al bajar de la barca, Él ve a una gran multitud, siente compasión por ellos y cura a sus enfermos’. Así era Jesús, siempre con compasión, siempre pensando en los demás.

Impresiona la determinación de la gente que teme quedarse sola, como abandonada. Muerto Juan el Bautista, profeta carismático, se ponen bajo la protección de Jesús, de quien el mismo Juan había dicho: ‘Quien viene después de mi es más fuerte que yo”.

Así la multitud lo sigue por todas partes, para escucharlo y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto, Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío, es capaz de conmoverse. De un lado Él se siente atado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya, de otra parte tiene necesidad de momentos de soledad y de oración con el Padre. Muchas veces pasa la noche rezando con su Padre.

También ese día, por lo tanto, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un sentimiento vago; demuestra en cambio toda la fuerza de su voluntad para estar cerca de nosotros y salvarnos. Nos ama mucho y quiere estar cerca de nosotros.

Al atardecer, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y se preocupa de quienes lo siguen. Quiere involucrar en esto a sus discípulos. De hecho les dice: ‘denles de comer ustedes mismos’.

Asi les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración podían ser compartidos con toda la gente. Un milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús ‘partió los panes y los dio a sus discípulos y a la multitud’.

El Señor va al encuentro de las necesidades de los hombres, pero quiere volvernos a cada uno de nosotros participantes concretos de su compasión.

Ahora detengámonos sobre el gesto de la bendición de Jesús: Él ‘tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió el pan y se los dio’.

Como podemos ver, son las mismas acciones que Jesús hizo en la Última Cena, siendo las mismas que cada sacerdote cumple cuando celebra la santa Eucaristía.

La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Vivir la comunión con Cristo es por lo tanto muy diverso que estar pasivos y ser extraños a la vida cotidiana. Por el contrario siempre nos inserta más en la relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles a ellos un gesto concreto de la misericordia y de la cercanía de Cristo.

Mientras nos nutre de Cristo, la eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en el cuerpo de Cristo y alimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevarles el amor de Dios. Por esto transforma a cada creyente en un servidor de la misericordia.

Jesús ha visto a la multitud, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes. Así hace también con la eucaristía. Y nosotros los creyentes que recibimos este pan eucarístico somos empujados por Jesús para llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el recorrido.

La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos han sido saciados y con la recolección de los trozos que han sobrado.

Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como sucedió aquí, todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida con su amor, con su perdón y compasión. Jesús por lo tanto ha permitido a sus discípulos obedecer sus ordenes.

De esta manera ellos conocen el camino que es necesario recorrer: dar de come al pueblo y tenerlo unido; estar por lo tanto al servicio de la vida y de la comunión.

Invoquemos por lo tanto al Señor, para que vuelva su Iglesia cada vez más capaz de realizar este santo servicio y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos a los que pertenece; vale a decir, un signo visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en la soledad y en la necesidad, para que se difunda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión entre los hombres y Dios, porque esta comunión es la vida para todos”.

domingo, 14 de agosto de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra?

20º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «He venido a encender fuego en el mundo, ¡y cómo querría que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por una terrible prueba ¡y cómo he de sufrir hasta que haya terminado! ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? Pues os digo que no, sino división. Porque, de ahora en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre estará contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra».

Palabra del Señor.


«Señor, que sepa llegar hasta la sangre en la pelea contra el pecado» (Hb 12, 4).

El servicio de Dios tomado en serio no ofrece una vida cómoda y tranquila, sino que con frecuencia expone al riesgo, a la pelea y a las persecuciones. Tal es el tema de la Liturgia de este domingo esbozado desde la primera lectura (Jr 38, 4-6. 8-10). Jeremías con motivo de su predicación sin miramientos para nadie, ha venido a ser «varón discutido y debatido por todo el país» (Jr 15, 10). Para librarse de él los jefes militares lo acusan ante el rey de derrotismo y, obtenida la autorización para ello, lo arrojan en una cisterna cenagosa donde el profeta se hunde en el fango. Habría ciertamente perecido allí, si Dios no le hubiese socorrido por medio de un desconocido que consiguió arrancar al rey el permiso de sacarlo de aquel lugar mortífero.

El salmo responsorial del día expresa bien esta situación de Jeremías: «Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito. Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa» (SI 39, 2-3).

En la segunda lectura (Hb 12, 1-2) san Pablo, después de haber hablado de la fe intrépida de los antiguos patriarcas y profetas, anima a los cristianos a emularlos: «corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe» (ib 1-2). Del Antiguo Testamento lleva el Apóstol al cristiano hacia Jesús del que los mayores personajes de la antigüedad —Jeremías incluido— no son más que figuras descoloridas.

Él es el ejemplar divino que debe mirar el creyente, el máximo luchador por la causa de Dios que por cumplir su voluntad, «soportó la cruz sin miedo a la ignominia» (ib). Basando la fe en él, que es su causa, autor y sostén, el cristiano no ha de temer resistir hasta la sangre en su «pelea contra el pecado» (ib 4) y contra todo lo que pueda apartarlo de la fidelidad plena a su Dios.

Jesús que ha proclamado dichosos a los pacíficos y ha dejado su paz en herencia a sus discípulos, declara sin reticencias en el Evangelio de hoy (Lc 12, 49-53) que no ha venido a traer al mundo la paz sino la división» (ib 51). La afirmación, desconcertante a primera vista, no contradice ni anula lo que dice en otra parte, sino precisa que la paz interior, contraseña de la armonía entre el hombre y Dios y, por lo tanto, de la adhesión a su querer, no le exonera de la lucha y de la guerra contra todo lo que dentro de él —pasiones, tentaciones, pecados— o en el propio ambiente se oprime a la voluntad de Dios, atenta a la fe e impide el servicio del Señor.  Entonces el cristiano más pacífico debe tornarse luchador animoso e impávido que no teme riesgos ni persecuciones, a ejemplo de Jeremías y mucho más del, de Cristo que ha peleado contra el pecado hasta la sangre y la ignominia de la cruz.

Mas para que esa lucha sea legítima y santa no se le ha de mezclar ningún móvil o fin humano y personalista; debe brotar sólo del fuego de amor que Jesús vino a prender en la tierra (ib 49), con el fin único de que llamee doquier para gloria del Padre y la salvación de los hombres. Por este fuego de amor, Jesús deseó ardientemente el bautismo de sangre de su pasión (ib 50); por este fuego de amor debe el cristiano estar pronto a resistir aun a la persona más querida y a separarse de ella si le impidiese profesar su fe, realizar su vocación y cumplir la voluntad de Dios. Divisiones amargas que son cruz muy penosa, pero ordenada -como la de Jesús- a la salvación de aquellos mismos que se abandonan por amor a él.


“Yo esperaba con ansia al Señor; él se inclinó y escuchó mi grito; me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; afianzó mis pies sobre la roca y aseguró mis pasos. Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios... Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.” (Salmo 40, 2-5).

“¡Oh Jesús, mi dulce Capitán! Alzando el estandarte de tu Cruz me dices amorosamente: «Toma la cruz que te presento y, aunque te parezca grave su peso, sígueme y no dudes». Para responder a tu invitación, te prometo, celestial Esposo mío, no resistir más a tu amor. Pero ya veo que te encaminas al Calvario, y tu esposa te sigue prontamente... Dispón siempre de mí como más te agrade, que con todo estaré contenta, con tal que te siga por el camino del Calvario, y cuanto más espinosa la encuentre y más pesada la cruz, tanto más consolada me sentiré, pues deseo amarte con amor paciente..., con amor sólido y sin división.

De grado entrego mi corazón a las aflicciones, a las tristezas y a los trabajos. Gozo de no gozar, porque a aquella mesa de la eternidad que me espera, debe preceder en esta vida el ayuno. Señor mío, tú en la cruz por mí y yo por ti. ¡Ah! ¡Si se entendiese de una vez qué dulce es y cuánto vale el padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh amado sufrimiento, oh buen Jesús!” (Santa Teresa Margarita Redi, La spiritualitá).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 20º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

Paz interior y división exterior  (Lc 12,49-53)

sábado, 13 de agosto de 2016

REFLEXIONES EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA (audios): La misericordia en el sacramento del Bautismo

DECIMO OCTAVO PROGRAMA DEL CICLO






Con el Bautismo recibimos una manifestación grande de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. La experiencia bautismal es nuestra “puerta de la fe y fuente de la vida cristiana”, de nuestra relación con Dios, y constituye una verdadera inmersión en la muerte de Cristo para resurgir con Él a una nueva vida. 

La espiritualidad contenida en el Sacramento del Bautismo es “un baño de regeneración por el agua y el Espíritu y que nos ilumina con la gracia de Cristo, para que seamos también luz para los demás”, según nos enseña el Papa Francisco.