jueves, 11 de febrero de 2016

CUARESMA: El Papa invita a “podar la mundanidad, la indiferencia y la falsedad”

El Santo Padre presidió ayer, en la basílica de San Pedro, la misa de Miércoles de Ceniza, con el Rito de bendición e imposición de las Cenizas, dio inicio a la Cuaresma. En esta Eucaristía el Papa también envía a los Misioneros de la Misericordia en ocasión del Jubileo. Francisco propuso en su homilía tres “medicinas o remedios” que los cristianos pueden abrazar para “curarse del pecado” en esta Cuaresma: la oración, la caridad y el ayuno.

El Papa pidió también que “la Cuaresma sea un tiempo de buena ‘podadura’ de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia”, entre otras cosas “para volver a encontrar la identidad cristiana, es decir, el amor que sirve, no el egoísmo que se sirve”.

Asimismo el Santo Padre habló sobre la necesidad de reconciliarse con Dios, explicó que “no es simplemente un buen consejo paterno ni una sugerencia, es una verdadera y propia súplica a nombre de Cristo”. “Cristo sabe cómo de frágiles y pecadores somos, conoce la debilidad de nuestro corazón”, recordó.

Cristo “vence el pecado y nos levanta de las miserias, si confiamos en Él” y este “es el primer paso del camino cristiano, se trata de entrar a través de la puerta abierta que es Cristo, donde nos espera Él mismo, el Salvador, y nos ofrece una vida nueva y alegre”.

El Santo Padre afirmó que “existe la tentación de blindar las puertas, de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándolo siempre, pensando en no ser peores que los otros” pero así “se cierran las cerraduras del alma y se permanece cerrado por dentro, prisioneros del mal”.

Otro obstáculo que señaló el Pontífice es “la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón” y también el de “alejarnos de la puerta: sucede cuando nos encerramos en nuestras miserias”. Entonces, “nos desanimamos y somos más débiles frente a las tentaciones”.

“Esto sucede porque permanecemos solos con nosotros mismos, cerrándonos y huyendo de la luz, mientras solamente la gracia del Señor nos libera. Dejémonos por tanto reconciliar, escuchemos a Jesús que dice a quien está cansado y oprimido ‘vengan a mi’”.

Durante la homilía, el Santo Padre recordó la presencia en la celebración de los Misioneros de la Misericordia. “Ustedes pueden ayudar a abrir las puertas de los corazones, a superar la vergüenza, a no huir de la luz”, les dijo y les pidió que sus manos “bendigan y alivien a los hermanos y hermanas con fraternidad” y que a través de ellos “la mirada y las manos del Padre se posen sobre los hijos y curen las heridas”.

miércoles, 10 de febrero de 2016

CUARESMA: Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2016



«'Misericordia quiero y no sacrificio' (Mt 9,13).


Las obras de misericordia en el camino jubilar»



1. María, icono de una Iglesia que evangeliza porque es evangelizada

En la Bula de convocación del Jubileo invité a que «la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios» (Misericordiae vultus, 17). Con la invitación a escuchar la Palabra de Dios y a participar en la iniciativa «24 horas para el Señor» quise hacer hincapié en la primacía de la escucha orante de la Palabra, especialmente de la palabra profética. La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, en el tiempo de la Cuaresma enviaré a los Misioneros de la Misericordia, a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios.

María, después de haber acogido la Buena Noticia que le dirige el arcángel Gabriel, María canta proféticamente en el Magnificat la misericordia con la que Dios la ha elegido. La Virgen de Nazaret, prometida con José, se convierte así en el icono perfecto de la Iglesia que evangeliza, porque fue y sigue siendo evangelizada por obra del Espíritu Santo, que hizo fecundo su vientre virginal. En la tradición profética, en su etimología, la misericordia está estrechamente vinculada, precisamente con las entrañas maternas (rahamim) y con una bondad generosa, fiel y compasiva (hesed) que se tiene en el seno de las relaciones conyugales y parentales.

2. La alianza de Dios con los hombres: una historia de misericordia

El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas (cf. Os 1-2)— las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo.

Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de él la «Misericordia encarnada» (Misericordiae vultus, 8). En efecto, como hombre, Jesús de Nazaret es hijo de Israel a todos los efectos. Y lo es hasta tal punto que encarna la escucha perfecta de Dios que el Shemà requiere a todo judío, y que todavía hoy es el corazón de la alianza de Dios con Israel: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,4-5). El Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella.

Es éste el corazón del kerygma apostólico, en el cual la misericordia divina ocupa un lugar central y fundamental. Es «la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado» (Exh. ap. Evangelii gaudium, 36), el primer anuncio que «siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y siempre hay que volver a anunciar de una forma o de otra a lo largo de la catequesis» (ibíd., 164). La Misericordia entonces «expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad para examinarse, convertirse y creer» (Misericordiae vultus, 21), restableciendo de ese modo la relación con él. Y, en Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido de su Esposa.

3. Las obras de misericordia

La misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia. Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo. Por eso, expresé mi deseo de que «el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (ibíd., 15). En el pobre, en efecto, la carne de Cristo «se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado» (ibíd.). Misterio inaudito y escandaloso la continuación en la historia del sufrimiento del Cordero Inocente, zarza ardiente de amor gratuito ante el cual, como Moisés, sólo podemos quitarnos las sandalias (cf. Ex 3,5); más aún cuando el pobre es el hermano o la hermana en Cristo que sufren a causa de su fe.

Ante este amor fuerte como la muerte (cf. Ct 8,6), el pobre más miserable es quien no acepta reconocerse como tal. Cree que es rico, pero en realidad es el más pobre de los pobres. Esto es así porque es esclavo del pecado, que lo empuja a utilizar la riqueza y el poder no para servir a Dios y a los demás, sino parar sofocar dentro de sí la íntima convicción de que tampoco él es más que un pobre mendigo. Y cuanto mayor es el poder y la riqueza a su disposición, tanto mayor puede llegar a ser este engañoso ofuscamiento. Llega hasta tal punto que ni siquiera ve al pobre Lázaro, que mendiga a la puerta de su casa (cf. Lc 16,20-21), y que es figura de Cristo que en los pobres mendiga nuestra conversión. Lázaro es la posibilidad de conversión que Dios nos ofrece y que quizá no vemos. Y este ofuscamiento va acompañado de un soberbio delirio de omnipotencia, en el cual resuena siniestramente el demoníaco «seréis como Dios» (Gn 3,5) que es la raíz de todo pecado. Ese delirio también puede asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar. Y actualmente también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.

La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos y hermanas que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo. A través de este camino también los «soberbios», los «poderosos» y los «ricos», de los que habla el Magnificat, tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos. Sólo en este amor está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer. Sin embargo, siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno. He aquí, pues, que resuenan de nuevo para ellos, al igual que para todos nosotros, las lacerantes palabras de Abrahán: «Tienen a Moisés y los Profetas; que los escuchen» (Lc 16,29). Esta escucha activa nos preparará del mejor modo posible para celebrar la victoria definitiva sobre el pecado y sobre la muerte del Esposo ya resucitado, que desea purificar a su Esposa prometida, a la espera de su venida.

No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión. Lo pedimos por la intercesión materna de la Virgen María, que fue la primera que, frente a la grandeza de la misericordia divina que recibió gratuitamente, confesó su propia pequeñez (cf. Lc 1,48), reconociéndose como la humilde esclava del Señor (cf. Lc 1,38).

Vaticano, 4 de octubre de 2015

Fiesta de San Francisco de Asís

FRANCISCUS

lunes, 8 de febrero de 2016

MEDIOS & REDES: “Reflexiones en el año de la Misericordia”


Queridos amigos y hermanos del blog: tengo el agrado de anunciarles el comienzo de “Reflexiones en el año de la Misericordia”, que es un programa de evangelización a mi cargo, y que se emite en adhesión al Jubileo Extraordinario de la Misericordia, durante el año 2016.

Su día y horario de emisión es el domingo a las 09:45 hs dentro del Programa “Iglesia Noticia” de la Diócesis de Getafe.

Es transmitido por:
Cope Comunidad 101.0 FM
Cope Madrid Sur 89.7 FM
Cope Jarama. 100.5 FM
Cope Pinares 92.2 FM 
(cada una de estas frecuencias se escuchan en la zona sur de Madrid).

“Reflexiones en el año de la Misericordia” nos presenta en cada una de sus 33 emisiones las distintas instancias y resonancias del Jubileo de la Misericordia convocado por el Santo Padre Francisco y que se celebra durante el Año Santo Extraordinario que comenzó el 8 de diciembre de 2015 y concluirá el 20 de noviembre de 2016, para celebrar el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, profundizar en su implantación y situar en un lugar central la Divina Misericordia, con el fortalecimiento de la confesión sacramental.

La locución está a cargo del Sr. Gonzalo Castillero y el diseño del cartel publicitario es de la Sra. María Josefina González.

Encomiendo este nuevo desafío comunicacional y evangelizador a vuestra oración queridos amigos, yo les encomiendo en mis oraciones.

Con mi bendición.
Padre José Medina.

domingo, 7 de febrero de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Humildad y disponibilidad, es la base de toda respuesta al Dios que llama

5º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 5, 1-11

En una ocasión, Jesús estaba a la orilla del lago Genesaret y la gente se agolpaba sobre Él para oír la Palabra de Dios, cuando vio dos barcas que estaban a la orilla del lago. Los pescadores habían bajado de ellas, y lavaban las redes. Subiendo a una de las barcas, que era de Simón, le rogó que se alejara un poco de tierra; y, sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar». Simón le respondió: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes». Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo que las redes amenazaban romperse. Hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que vinieran en su ayuda. Vinieron, pues, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador». Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres». Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron.

Palabra del Señor.


Queridos amigos y hermanos del blog: la liturgia de la Palabra de este 5º Domingo durante el año nos presenta la vocación de tres hombres: Isaías, Pedro y Pablo. Todo cristiano está llamado a reflejar en el mundo la bondad de Dios, los valores del evangelio. Pero algunos hermanos son invitados por el Señor a realizar una especial consagración de su vida al servicio de los hombres. Se presenta, en las tres lecturas, ese especial llamado de Dios. Veremos la vocación del profeta Isaías, la vocación de san Pablo y el llamado a Pedro y a los primeros discípulos. Para cada uno de ellos la llamada divina es precedida de una teofanía; Dios, antes de confiar al hombre una misión particular, se le revela y se le da a conocer. Grandiosa es la revelación concedida a Isaías: “vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado” (Is 6, 1); en torno a él los serafines se postraban en adoración cantando: “Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo” (ib 3).

Frente a tal grandeza y santidad, Isaías tiembla; se siente como nunca impuro e indigno de estar en la presencia de Dios. Pero cuando siente la voz del Señor dirigirse a él: “¿A quién enviaré? ¿y quién irá de nuestra parte?”, no titubea un instante y responde: “Heme aquí; envíame” (ib 8). El hombre no puede por su cuenta y riesgo asumir la misión de colaborador de Dios; pero si Dios le llama, su indignidad no puede ser un pretexto para echarse atrás.

Del todo diferentes fueron las circunstancias de la llamada definitiva de Pedro para ser “pescador de hombres”. La escena no acaece en el templo como para Isaías, sino en el lago, en un contexto muy sencillo y humano, propio del Dios hecho hombre, venido a compartir la vida de los hombres. Después de haber predicado desde la barca de Pedro, Jesús le ordena echar las redes. “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). Su docilidad y confianza salen premiadas; capturan tal cantidad de peces que las redes se rompían y llenaron las dos barcas, “que casi se hundían” (ib 7).

Comentando este Evangelio san Ambrosio afirma: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra, echaré las redes. También yo, Señor, sé que para mí es de noche cuando tú no hablas… He lanzado como un dardo mi voz…, y no he ganado todavía a ninguno. La he lanzado de día; ahora espero tu orden: en tu palabra echaré la red. ¡Oh vana presunción! ¡Oh fructífera humildad! Los que antes no habían cogido nada, luego por tu palabra, Señor, pescan una enorme cantidad de peces. Esto no es fruto de elocuencia humana, sino efecto de la llamada celestial”.

El milagro imprevisible revela quién es Jesús, y Pedro, atónito como Isaías, cae de rodillas diciendo: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (ib 8). En presencia de Dios que se revela, el hombre por contraste advierte su nada y su miseria, y siente profunda la necesidad de humillarse. Al acto de humildad sigue la definitiva llamada: “No temas. Desde ahora serás pescador de hombres”. También aquí la respuesta es inmediata, y no sólo la de Pedro sino la de sus compañeros: “Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron” (ib 10-11).

En la segunda lectura Pablo habla de su vocación de heraldo del misterio de Cristo. También a él se le reveló Cristo en el camino de Damasco y quedó tan anonadado, que durante toda la vida se tiene no sólo por el menor de los apóstoles, sino por “un aborto” (1 Cor 15, 8). Sin embargo, su correspondencia es plena y puede atestiguar que la gracia de Dios no ha sido en él estéril.

 “¡Oh Dios! Me has creado para una misión precisa, confiándome un cometido que a ningún otro has confiado… En cierta manera también yo soy necesario a tus planes divinos… Si caigo, puedes elegir a otro, lo sé; como podrías suscitar de las piedras nuevos hijos de Abrahán. Pero esto no quita que tanga yo parte en tu obra, Dios mio, que sea un eslabón de la cadena, un vínculo de unión entre los hombres. Tú no me has creado en vano… Haz que obedezca a tus mandamientos y te sirva en mi vocación, para realizar el bien y llegar a ser ángel de paz y testigo de la verdad, permaneciendo en el puesto que tú, oh Señor, me has asignado” (J. H. Newman, Madurez Cristiana).

Tres vocaciones diferentes, pero la misma actitud de humildad y de disponibilidad, como base de toda respuesta al Dios que llama. La humanidad naufraga en un mar de desorientación. Todo cristiano tiene el compromiso de echar las redes para auxiliar a los hermanos. El Señor sigue convocando a muchos de nosotros a una especial consagración al servicio de los hombres. Ojalá resuene en el corazón de muchos ese divino llamado.

Con mi bendición.
Padre José Medina

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 5º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

“La pesca milagrosa”  (Lc. 5, 1-11)

jueves, 4 de febrero de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dios no quiere nuestra condenación sino nuestra felicidad eterna”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 3 de febrero de 2016

Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

La Sagrada Escritura nos presenta a Dios como misericordia infinita, pero también como justicia perfecta. ¿Cómo conciliar las dos cosas? ¿Cómo se articula la realidad de la misericordia con las exigencias de la justicia? Podría parecer que son dos realidades que se contradicen; en realidad no es así, porque es precisamente la misericordia de Dios que lleva a cumplimiento la verdadera justicia. ¿Pero de qué justicia se trata?

Si pensamos en la administración legal de la justicia, vemos que quienes se consideran víctima de una injusticia se dirigen al juez en el tribunal y piden que se haga justicia. Se trata de una justicia retributiva, que impone una pena al culpable, según el principio que a cada uno debe darse lo que se le debe. Como recita el libro de los Proverbios: “Quien practica la justicia está destinado a la vida, pero quien persigue el mal está destinado a la muerte” (11,19). También Jesús lo dice en la parábola de la viuda que iba repetidamente al juez y le pedía “Hazme justicia contra mi adversario”  (Lc 18,3).

Pero este camino no lleva a la verdadera justicia porque en realidad no vence el mal, sino que simplemente lo pone de lado. En cambio solamente respondiendo a esto con el bien se puede vencer verdaderamente al mal.

Este es otro modo de hacer justicia que la Biblia nos presenta como el camino maestro para recorrer. Se trata de un procedimiento que evita el recurso al tribunal y prevé que la víctima se dirija directamente al culpable para invitarle a la conversión, ayudándole a entender que está haciendo el mal, apelando a su conciencia. De esta forma, finalmente arrepentido y reconociendo su propia culpa, él puede abrirse al perdón que la parte ofendida le está ofreciendo. Y esto es bonito, la persuasión. ‘Pero está mal esto…’ y así el corazón se abre al perdón que se le ofrece. Es esta la forma de resolver los conflictos dentro de las familias, en las relaciones entre esposos o entre padres e hijos, donde el ofendido ama al culpable y desea salvar la relación que lo une al otro. No cortar esa relación.

Cierto, este es un camino difícil. Requiere que quien ha sufrido el mal está preparado para perdonar y desea la salvación y el bien de quien lo ha ofendido. Pero solo así puede triunfar la justicia, porque, si el culpable reconoce el mal hecho y deja de hacerlo, de este modo el mal ya no está, y aquel que era injusto se convierte en justo, porque es perdonado y ayudado para volver a encontrar el camino del bien. Y aquí está justamente el perdón, la misericordia.

Es así cómo actúa Dios en lo relacionado con nosotros, pecadores. El Señor nos ofrece continuamente su perdón y nos ayuda a recibirlo y a tomar conciencia de nuestro mal para poder liberarnos. Porque Dios no quiere nuestra condena, sino nuestra salvación. Dios no quiere la condena de nadie, de nadie. Alguno de los presentes podrá hacerme la pregunta: ‘Pero padre, la condena de Pilatos se la merecía’. Dios la quería’. ¡No! ¡Dios quería salvar a Pilatos y también a Judas, a todos! Él, el Señor de la misericordia quiere salvar a todos. El problema es dejar que Él entre en el corazón.

Todas las palabras de los profetas son un llamamiento apasionado y lleno de amor que busca nuestra conversión. Esto es lo que el Señor dice a través del profeta Ezequiel. “¿Acaso deseo yo la muerte del pecador […]  y no que se convierta de su mala conducta y viva? (18,23; cfr 33,11). ¡Eso es lo que le gusta a Dios!

Y este es el corazón de Dios, un corazón de Padre que ama y quiere que sus hijos vivan en el bien y en la justicia, y por ello vivan en plenitud y sean felices. Un corazón de Padre que va más allá de nuestro pequeño concepto de justicia para abrirnos a los horizontes ilimitados de su misericordia. Un corazón de Padre que no nos trata según nuestros pecados y no nos paga según nuestras culpas, como dice el Salmo. Y precisamente es un corazón de Padre el que queremos encontrar cuando vamos al confesionario. Tal vez nos dirá alguna cosa para hacernos entender mejor el mal, pero en el confesionario todos vamos a encontrar a un padre; un padre que nos ayude a cambiar de vida; un padre que nos dé la fuerza para ir adelante; un padre que nos perdone en nombre de Dios. Y por esto ser confesores es una responsabilidad muy grande, muy grande, porque aquel hijo, aquella hija que se acerca a ti busca solamente encontrar un padre. Y tú, sacerdote, que estás ahí en el confesionario, tú estás ahí en el lugar del Padre que hace justicia con su misericordia. Gracias”.

lunes, 1 de febrero de 2016

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de FEBRERO de 2016

Queridos amigos y hermanos del blog: el Santo Padre Francisco indica para cada año y para cada mes, cuales son las intenciones generales y misioneras de la Iglesia en todo el mundo, por las que quiere que se ore. Éstas intenciones las confía al Apostolado de la Oración, quienes propagan en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que éste las difunda con la mayor amplitud posible. Les comparto ahora las intenciones para este mes de febrero de 2016 con una síntesis del comentario que ofrece el P. Frederic Fornos, S.J., Director General Delegado del Apostolado de la Oración.


La INTENCIÓN UNIVERSAL para FEBRERO 2016 es: 

“Que cuidemos de la creación, recibida como un don que hay que cultivar y proteger para las generaciones futuras”.


COMENTARIO PASTORAL: Hacer camino en la creación.

[…] Nuestra época no puede desoír la cuestión ecológica, que es vital para la supervivencia del hombre, ni reducirla a una cuestión meramente política: ella, en efecto, tiene una dimensión moral que toca a todos, de modo que nadie puede desinteresarse de ello. Como discípulos de Cristo, tenemos un motivo más para unirnos a todos los hombres de buena voluntad para la conservación y la defensa de la naturaleza y del medio ambiente. La creación, en efecto, es un don confiado a nosotros por las manos del Creador. Toda la naturaleza que nos rodea es creación como nosotros, creación juntamente con nosotros, y en el destino común tiende a encontrar en Dios mismo su realización y finalidad última —la Biblia dice «cielos nuevos y tierra nueva» (cf. Is 65, 17; 2 P 3, 13; Ap 21, 1). Esta doctrina de nuestra fe es para nosotros un estímulo aún más fuerte con vistas a una relación responsable y respetuosa con la creación: en la naturaleza inanimada, en las plantas y en los animales reconocemos la huella del Creador, y en nuestros semejantes su imagen.

Vivir en estrecho contacto con la naturaleza, como lo hacéis vosotros, implica no sólo el respeto de la misma, sino también el compromiso de contribuir concretamente para eliminar los derroches de una sociedad que tiende cada vez más a descartar bienes que aún se pueden utilizar y que se pueden donar a quienes pasan necesidad. […]

Discurso al Movimiento Adultos Scouts Católicos Italianos (MASCI)
PAPA FRANCISCO
8 de noviembre de 2014


La INTENCIÓN POR LA EVANGELIZACIÓN para FEBRERO 2016 es: 

“Para que aumente la oportunidad de diálogo y de encuentro entre la fe cristiana y los pueblos de Asia”.


COMENTARIO PASTORAL: La importancia del diálogo

Hoy me centraré en el viaje apostólico a Sri Lanka y Filipinas, que realicé la semana pasada. Tras la visita a Corea de hace algunos meses, fui nuevamente a Asia, continente de ricas tradiciones culturales y espirituales. El viaje fue sobre todo un gozoso encuentro con las comunidades eclesiales que, en esos países, dan testimonio de Cristo: los confirmé en la fe y en la misionariedad. Conservaré siempre en el corazón el recuerdo de la festiva acogida por parte de las multitudes —en algunos casos incluso inmensas—, que acompañó los momentos destacados del viaje. Además, alenté el diálogo interreligioso al servicio de la paz, así como el camino de esos pueblos hacia la unidad y el desarrollo social, especialmente con el protagonismo de las familias y los jóvenes.

El momento culminante de mi estancia en Sri Lanka fue la canonización del gran misionero José Vaz. Este santo sacerdote administraba los sacramentos, a menudo en secreto, a los fieles, pero ayudaba indistintamente a todos los necesitados, de toda religión y condición social. Su ejemplo de santidad y amor al prójimo sigue inspirando a la Iglesia en Sri Lanka en su apostolado de caridad y educación. Indiqué a san José Vaz como modelo para todos los cristianos, llamados hoy a proponer la verdad salvífica del Evangelio en un contexto multirreligioso, respetando a los demás, con perseverancia y humildad.

Sri Lanka es un país de gran belleza natural, cuyo pueblo está buscando reconstruir la unidad tras un largo y dramático conflicto civil. En mi encuentro con las autoridades gubernamentales destaqué la importancia del diálogo, del respeto de la dignidad humana, del esfuerzo por implicar a todos para encontrar soluciones adecuadas en orden a la reconciliación y al bien común.

Las diversas religiones tienen un papel significativo que desempeñar al respecto. Mi encuentro con los exponentes religiosos fue una confirmación de las buenas relaciones que ya existen entre las distintas comunidades. En tal contexto quise alentar la cooperación ya iniciada entre los seguidores de las diferentes tradiciones religiosas, también con el fin de volver a curar con el bálsamo del perdón a quienes aún están afligidos por los sufrimientos de los últimos años. El tema de la reconciliación caracterizó también mi visita al santuario de Nuestra Señora de Madhu, muy venerado por las poblaciones tamil y cingalesa y meta de peregrinaciones de miembros de otras religiones. En ese lugar santo pedimos a María, nuestra Madre, que alcanzara a todo el pueblo esrilanqués el don de la unidad y la paz.

De Sri Lanka me dirigí a Filipinas, donde la Iglesia se prepara para celebrar el quinto centenario de la llegada del Evangelio. Es el principal país católico de Asia, y el pueblo filipino se destaca por su fe profunda, su religiosidad y su entusiasmo, incluso en la diáspora. En mi encuentro con las autoridades nacionales, así como en los momentos de oración y durante la masiva misa conclusiva, destaqué la constante fecundidad del Evangelio y su capacidad de inspirar una sociedad digna del hombre, en la cual hay sitio para la dignidad de cada uno y las aspiraciones del pueblo filipino.

Audiencia General
PAPA FRANCISCO
21 de enero de 2015

domingo, 31 de enero de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Todo bautizado es un profeta enviado por Dios a predicar su Palabra

4º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 4, 21-30

En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy».

Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?».

Él les dijo: «Seguramente me vais a decir el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio».

Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero Él, pasando por medio de ellos, se marchó.

Palabra del Señor.


Queridos amigos y hermanos del blog: en este 4º domingo Durante el Año se nos retrata de cuerpo entero: por un lado, que todos los bautizados somos profetas que anunciamos a Dios; pero también que somos ese pueblo que se resiste a recibir y practicar la Palabra de Dios. Por eso Dios habla a los hombres por medio de sus enviados, que, en la Biblia, se llaman profetas. El profeta tiene la gloriosa misión de ser mensajero de Dios, pero, a la vez, sufre resistencias y el rechazo de quienes deben recibir la misma Palabra.

En la sinagoga de Nazaret el primer discurso de Jesús tuvo un resultado semejante al conseguido en la sinagoga de Cafarnaúm (cfr. Mc 1, 22-27). “Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca” (Lc 4, 22). Pero los nazaretanos se dejaron pronto envolver por consideraciones demasiado humanas: ¿No era acaso Cristo un hombre como ellos, hijo de José? Y si de veras era el Mesías, ¿por qué no hacía en su patria los milagros que realizaba en otras partes? ¿No tenían sus paisanos derechos especiales a ello?

Jesús intuye tales protestas y responde: “Ningún profeta es bien recibido en su tierra” (ib 24). Pero no cambia de actitud, antes para demostrarles que el hombre no puede dictar leyes a Dios y que Dios es libre de distribuir sus dones a quien quiere, recuerda los casos de la viuda de Sarepta a la que fue enviado el profeta Elías con preferencia a todas las viudas de Israel; y del extranjero Naamán, único leproso curado por Eliseo.

Jesús quiere hacer comprender a sus paisanos que ha venido para traer la salvación no a una ciudad o a un solo pueblo, sino a todos los hombres, y que la gracia divina no está ligada a la patria, raza o méritos personales, sino que es totalmente gratuita. Las palabras de Jesús, suaves en el modo y durísimas en su mensaje, desencadenan la ira de sus paisanos y la reacción de los nazaretanos es violenta: cegados por su estrechez de mente y despechados por no haber obtenido su pretensión, “le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad para despeñarle” (ib 29). Esta acción recuerda el destino final de Jesús, crucificado fuera de las murallas de Jerusalén y, paradójicamente, será la confirmación de su autenticidad profética: todos los auténticos profetas han corrido esa suerte.

Esta es la suerte que reserva el mundo a los que, como Cristo, tienen la misión de anunciar la verdad. Lo recuerda la narración bíblica de la vocación de Jeremías, que tan bien se relaciona con el trozo de Lucas meditado hasta aquí. Dios había elegido a Jeremías como profeta aun antes de nacer, mas cuando el joven se sabe por revelación elegido, tiembla y presagiando la vida azarosa que le espera quiere rehusar. Pero Dios le anima: “No temas…, porque yo estoy contigo para librarte” (Jer 1, 8).

El hombre elegido por Dios para portador de su palabra, puede contar con la gracia divina que le ha prevenido y que le acompañará en toda circunstancia. Las contradicciones, los peligros y riesgos no le faltarán, como no han faltado a los profetas y a Jesús mismo, pero a él le repite Dios, como a Jeremías: “Te harán la guerra, mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo… para salvarte” (ib 19).

El Evangelio concluye de modo extraño: "Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó" (ib 30). Si imaginamos la escena, es difícil insertar en ella este desenlace inesperado en el que no median palabras ni una reacción violenta, sino el valiente y majestuoso paso de Jesús en medio de ellos. Posiblemente este final pueda explicarse con el siguiente versículo de Jn 7,30: “Querían, pues, detenerle, pero nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora”.

Si los profetas y apóstoles tienen el deber de afrontar con ánimo el riesgo, los fieles tienen el de escucharles y seguirles con espíritu de fe sin dejarse desviar por miras humanas. Así el misionero o profeta será siempre objeto de críticas desde dentro y desde fuera; siempre estará en una postura incómoda ya que al denunciar la opresión, la injusticia y el egoísmo se enfrentará irremediablemente incluso con los de dentro de su propia familia y comunidad. Tenemos que estar siempre preparados como seguidores y apóstoles de Cristo no sólo para el gozo y la gloria del domingo de ramos sino también para el dolor, la agonía y la muerte del viernes santo de nuestras vidas apostólicas.

Esta es una buena oportunidad para cuestionarnos sobre el Evangelio que tenemos que llevar a los más cercanos: a nuestras familias, a nuestros amigos y compañeros de trabajo, a nuestros vecinos. Sería bueno preguntarnos cuántas personas de nuestro círculo más cercano han encontrado a Cristo gracias a nuestra palabra, a nuestro testimonio, a nuestra oración. Muchas veces los evangelizadores estamos tan inmersos en llevar el Mensaje a los demás que nos olvidamos de llevarlo a los que tenemos más cerca. Cuando Jesús lo hizo ya vemos el resultado... Puede que más difícil que llevar el Evangelio a los lejanos sea el entregarlo a los más cercanos...

Con mi bendición.
Padre José Medina

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 4º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

“Nadie es profeta en su tierra” (San Marcos 4,21-30)

jueves, 28 de enero de 2016

SANTORAL (audios): Santo Tomás de Aquino (28 de enero)




Oración de Santo Tomás de Aquino

Dame, Señor y Dios mío,
que no decaiga, ni en la prosperidad ni en la adversidad; 
que no me ensoberbezca en alguna cosa,
ni me deprima en otra;
de nada goce o me duela
sino en lo que me lleve a ti o me separe de ti.

A nadie desee agradar,
ni a nadie tema disgustar, sino a ti.
Sea para mí despreciable todo lo pasajero, 
y sea para mí querido todo lo tuyo.

Que me hastíe el gozo de lo que sea sin ti,
que no desee nada que esté fuera de ti.
Que me deleite el trabajo hecho por ti,
que me sea penoso todo descanso que sea sin ti.

Concédeme, Señor, dirigir constantemente el corazón hacia ti,
y que en mis fallos sepa dolerme con el propósito de la enmienda.

Hazme, Señor y Dios mío, 
obediente sin contradecir, 
pobre sin ser miserable, 
casto sin depravación, 
paciente sin murmuración.

Humilde sin ficción,
alegre sin disolución,
triste sin abatimiento,
maduro sin pesadez,
ágil sin ligereza,
temeroso sin desesperación.

Que sea sincero sin hipocresía,
que haga el bien sin ser presuntuoso, 
que corrija al prójimo sin arrogancia,
que lo edifique con la palabra y el ejemplo.

Concédeme, Señor, un corazón:
vigilante, que ninguna curiosidad lo aparte de ti, 
noble, que ninguna influencia indigna lo envilezca, 
recto, que ninguna intención siniestra lo desvíe, 
firme, que ninguna tribulación lo debilite,
libre, que ningún afecto violento lo reclame.

Concédeme, Señor Dios mío,
inteligencia que te conozca,
diligencia que te busque,
sabiduría que te encuentre,
conducta que te agrade,
perseverancia que te espere confiada
y confianza de que un día al final te abrazaré.

Concédeme soportar ya aquí tus castigos como penitencia, 
servirme de tus beneficios por tu gracia,
y gozar de tu gozo en la patria para tu gloria.

Tu que vives y reinas y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 27 de enero de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “La misericordia de Dios no es indiferente al dolor del oprimido”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 27 de enero de 2016

Catequesis sobre la misericordia de Dios

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la Sagrada Escritura, la misericordia de Dios está presente a lo largo de toda la historia del pueblo de Israel.

Con su misericordia, el Señor acompaña el camino de los patriarcas, les dona hijos a pesar de la condición de esterilidad, les conduce por caminos de gracia y de reconciliación, como muestra la historia de de José y sus hermanos (cfr Gen 37-50). Y pienso en tantos hermanos que están alejados en una familia y no se hablan. Pero este Año de la Misericordia es una buena ocasión para reencontrarse, abrazarse y perdonarse, ¡eh! Olvidar las cosas feas. Pero, como sabemos, en Egipto la vida para el pueblo se hizo dura. Y es precisamente cuando los israelitas van a sucumbir, que el Señor interviene y da la salvación.

Se lee en el Libro del Éxodo: “Pasó mucho tiempo y, mientras tanto, murió el rey de Egipto. Los israelitas, que gemían en la esclavitud, hicieron oír su clamor, y ese clamor llegó hasta Dios, desde el fondo de su esclavitud. Dios escuchó sus gemidos y se acordó de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Entonces dirigió su mirada hacia los israelitas y los tuvo en cuenta  (2,23-25). La misericordia no puede permanecer indiferente frente al sufrimiento de los oprimidos, al grito de quien está sometido a la violencia, reducido a la esclavitud, condenado a muerte. Es una dolorosa realidad que aflige a todas las épocas, incluida la nuestra, y que hace sentir a menudo impotentes, tentados a endurecer el corazón y pensar en otra cosa. Dios sin embargo, no es indiferente (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2016, 1), no quita nunca la mirada del dolor humano. El Dios de misericordia responde y cuida de los pobres, de los que gritan su desesperación. Dios escucha e interviene para salvar, suscitando hombres capaces de sentir el gemido del sufrimiento y de trabajar a favor de los oprimidos.

Es así como comienza la historia de Moisés como mediador de liberación para el pueblo. Él se enfrenta al Faraón para convencerlo de que deje salir a Israel; y después guiará al pueblo a través del Mar Rojo y el desierto, hacia la libertad. Moisés, que la misericordia divina lo ha salvado de la muerte apenas nacido en las aguas del Nilo, se hace mediador de esa misma misericordia, permitiendo al pueblo nacer a la libertad salvado de las aguas del Mar Rojo. Y también nosotros en este Año de la Misericordia podemos hacer este trabajo de ser mediadores de misericordia con las obras de misericordia para acercarnos, para dar alivio, para hacer unidad. Tantas cosas buenas se pueden hacer.

La misericordia de Dios actúa siempre para salvar. Es todo lo contrario de las obras de aquellos que actúan siempre para matar: por ejemplo aquellos que hacen las guerras. El Señor, mediante su siervo Moisés, guía a Israel en el desierto como si fuera un hijo, lo educa en la fe y realiza la alianza con él, creando una relación de amor fuerte, como el del padre con el hijo y el del esposo con la esposa.

A tanto llega la misericordia divina. Dios propone una relación de amor particular, exclusiva, privilegiada. Cuando da instrucciones a Moisés a cerca de la alianza, dice: «Ahora, si escuchan mi voz y observan mi alianza, serán mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación que me está consagrada» (Ex 19,5-6).

Cierto, Dios posee ya toda la tierra porque lo ha creado; pero el pueblo se convierte para Él en una posesión diversa, especial: es su personal “reserva de oro y plata” como aquella que el rey David afirmaba haber donado para la construcción del Templo.

Por lo tanto, en esto nos convertimos para Dios acogiendo su alianza y dejándonos salvar por Él. La misericordia del Señor hace al hombre precioso, como una riqueza personal que le pertenece, que Él custodia y en la cual se complace.

Son estas las maravillas de la misericordia divina, que llega a pleno cumplimiento en el Señor Jesús, en esa “nueva y eterna alianza” consumada con su sangre, que con el perdón destruye nuestro pecado y nos hace definitivamente hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3,1), joyas preciosas en las manos del Padre bueno y misericordioso. Y si nosotros somos hijos de Dios, tenemos la posibilidad de tener esta herencia – aquella de la bondad y de la misericordia – en relación con los demás. Pidamos al Señor que en este Año de la Misericordia también nosotros hagamos cosas de misericordia; abramos nuestro corazón para llegar a todos con las obras de misericordia, la herencia misericordiosa que Dios Padre ha tenido con nosotros. Gracias.

martes, 26 de enero de 2016

SANTORAL (audios): Santos Timoteo y Tito (26 de enero)




Oración

Oh Dios, que hiciste brillar con virtudes apostólicas a los santos Timoteo y Tito, concédenos, por su intercesión, que, después de vivir en este mundo en justicia y santidad, merezcamos llegar al reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.