jueves, 5 de mayo de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “El Buen Pastor no se resigna a perder ninguna oveja”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 4 de mayo de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Todos conocemos la imagen del Buen Pastor que carga sobre los hombros la oveja perdida. Desde siempre este símbolo representa la preocupación de Jesús hacia los pecadores y la misericordia de Dios que no se resigna a perder a nadie. La parábola es contada por Jesús para hacer comprender que su cercanía a los pecadores no debe escandalizar, sino al contrario, provocar en todos una serie reflexión sobre cómo vivimos nuestra fe. El pasaje ve por una parte a los pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo y por otra a los doctores de la ley y los escribas que sospechaban y se alejan de Él por ese comportamiento suyo. Se alejan de Él porque Jesús se acercaba a los pecadores. Estos eran orgullosos, eran soberbios, se creían justos.

Nuestra parábola se desarrolla entorno a tres personajes: el pastor, la oveja perdida y el resto del rebaño. Pero quién actúa es solo el pastor, no las ovejas. Por tanto el pastor es el único verdadero protagonista y todo depende de él. Una pregunta introduce la parábola: “Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?”. (v. 4).

Se trata de una paradoja que lleva a dudar de la actuación del pastor: ¿es sabio abandonar a las noventa y nueve por una sola oveja? ¿Y además dejándolas no seguras en un redil sino en el desierto? Según la tradición bíblica el desierto es lugar de muerte donde es difícil encontrar comida y agua, sin refugio y a merced de las fieras y los ladrones. ¿Qué pueden hacer las noventa y nueve ovejas indefensas?

La paradoja por tanto continúa diciendo que el pastor, al encontrar la oveja, “la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: Alégrense conmigo”(v. 6). ¡Parece que el pastor no vuelva al desierto a recuperar a todo el rebaño! Ocupado con esa única oveja parece olvidarse de las otras noventa y nueve. Pero en realidad no es así. La enseñanza que Jesús quiere darnos es más bien que ninguna oveja puede quedarse perdida. El Señor no puede resignarse al hecho de que una sola persona pueda perderse.

El actuar de Dios es de quien va a buscar a los hijos perdidos para después hacer fiesta y alegrarse con todos por haberlos encontrado. Se trata de un deseo irrefrenable: ni siquiera las noventa y nueve ovejas pueden parar al pastor y tenerlo encerrado en el redil. Él podría razonar: ‘Pero, hago un balance: tengo noventa y nueve, he perdido una, pero no es una gran pérdida’. No, él va a buscar a esa, porque cada una de ellas es muy importante para él y esa es la más necesitada, la más abandonada, la más descartada; es Él quien va a buscarla.

Todos estamos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el que Dios actúa y a tal misericordia Él es absolutamente fiel: nada ni nadie podrá distraerlo de su voluntad de salvación.

Dios no conoce nuestra cultura actual del descarte, Dios no tiene nada que ver con esto. Dios no descarta a ninguna persona; Dios ama a todos, busca a todos… ¡Todos! Uno por uno. Él no conoce esta palabra ‘descartar a la gente’, porque es todo amor y misericordia.

El rebaño del Señor está siempre en camino: no posee al Señor, no puede pretender encarcelarlo en nuestros esquemas y en nuestras estrategias. El pastor será encontrado allá donde está la oveja perdida. El Señor por tanto es buscado allí donde quiere encontrarnos, ¡no donde nosotros queremos encontrarlo! De ninguna otra manera se podrá recomponer el rebaño si no es siguiendo el camino marcado por la misericordia del pastor. Mientras busca a la oveja perdida, él provoca a las noventa y nueve para que participen en la reunificación del rebaño. Entonces no solo la oveja llevada a hombros, sino todo el rebaño seguirá al pastor hasta su casa para hacer fiesta con “amigos y conocidos”.

Debemos reflexionar a menudo sobre esta parábola, porque en la comunidad cristiana siempre hay alguien que falta y se ha ido dejando el puesto vacío. A veces esto es desalentador y nos lleva a creer que sea una pérdida inevitable, una enfermedad sin remedio. Es entonces cuando corremos el peligro de encerrarnos dentro de un redil, donde no habrá olor de ovejas, ¡sino olor a cerrado!

Y nosotros cristianos no tenemos que estar cerrados porque oleremos a cosas cerradas. ¡Nunca! Debemos salir y este cerrarse en sí mismo, en las pequeñas comunidades, en la parroquia, allí, …’Pero nosotros, los justos’… Esto sucede cuando falta el impulso misionero que nos lleva a encontrar a los otros.

En la visión de Jesús no hay ovejas definitivamente perdidas, este debemos entenderlo bien: para Dios nadie está definitivamente perdido. ¡Nunca! Hasta el último momento, Dios nos busca. Pensemos en el buen ladrón. Pero solo en la visión de Jesús nadie está definitivamente perdido sino solo ovejas que son encontradas, ovejas que son encontradas.

La perspectiva por tanto es dinámica, abierta, estimulante y creativa. Nos empuja a salir en búsqueda para emprender un camino de fraternidad. Ninguna distancia puede tener lejos al pastor; y ningún rebaño puede renunciar a un hermano. Encontrar a quien se ha perdido es la alegría del pastor y de Dios, ¡pero es también la alegría de todo el rebaño! Somos todos ovejas encontradas y recogidas por la misericordia del Señor, llamados a recoger juntos a Él y a todo el rebaño!

martes, 3 de mayo de 2016

SANTORAL (audios): Santos Felipe y Santiago (3 de mayo)




ORACIÓN

Señor, tú que nos alegras todos los años con esta fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, concédenos, por su intercesión, que, viviendo ahora íntimamente unidos a la muerte y resurrección de tu Hijo, podamos, en la eternidad, contemplar la gloria de tu rostro. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

lunes, 2 de mayo de 2016

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de MAYO de 2016

Queridos amigos y hermanos del blog: el Santo Padre Francisco indica para cada año y para cada mes, cuales son las intenciones generales y misioneras de la Iglesia en todo el mundo, por las que quiere que se ore. Éstas intenciones las confía al Apostolado de la Oración, quienes propagan en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que éste las difunda con la mayor amplitud posible. Les comparto ahora las intenciones para este mes de mayo de 2016 con una síntesis del comentario que ofrece el P. Frederic Fornos, S.J., Director General Delegado del Apostolado de la Oración.


La INTENCIÓN UNIVERSAL para MAYO 2016 es: “Para que en todos los países del mundo las mujeres sean honradas y respetadas y sea valorizado su imprescindible aporte social”.

COMENTARIO PASTORAL: Las mujeres y su imprescindible aporte social

Comparto con vosotros, si bien brevemente, el importante tema que habéis afrontado en estos días: la vocación y misión de la mujer en nuestro tiempo. Os agradezco vuestra aportación. La ocasión ha sido el 25° aniversario de la carta apostólica Mulieris dignitatem del Papa Juan Pablo II: un documento histórico, el primero del Magisterio pontificio dedicado totalmente al tema de la mujer. Habéis profundizado en especial ese punto donde se dice que Dios confía de modo especial el hombre, el ser humano, a la mujer (cf. n. 30).

¿Qué significa este «confiar especialmente», especial custodia del ser humano a la mujer? Me parece evidente que mi Predecesor se refiere a la maternidad. Muchas cosas pueden cambiar y han cambiado en la evolución cultural y social, pero permanece el hecho de que es la mujer quien concibe, lleva en el seno y da a luz a los hijos de los hombres. Esto no es sencillamente un dato biológico, sino que comporta una riqueza de implicaciones tanto para la mujer misma, por su modo de ser, como para sus relaciones, por el modo de situarse ante la vida humana y la vida en general. Llamando a la mujer a la maternidad, Dios le ha confiado de manera muy especial el ser humano.

Aquí, sin embargo, hay dos peligros siempre presentes, dos extremos opuestos que afligen a la mujer y a su vocación. El primero es reducir la maternidad a un papel social, a una tarea, incluso noble, pero que de hecho desplaza a la mujer con sus potencialidades, no la valora plenamente en la construcción de la comunidad. Esto tanto en ámbito civil como en ámbito eclesial. Y, como reacción a esto, existe otro peligro, en sentido opuesto, el de promover una especie de emancipación que, para ocupar los espacios sustraídos al ámbito masculino, abandona lo femenino con los rasgos preciosos que lo caracterizan. Aquí desearía subrayar cómo la mujer tiene una sensibilidad especial para las «cosas de Dios», sobre todo en ayudarnos a comprender la misericordia, la ternura y el amor que Dios tiene por nosotros. A mí me gusta incluso pensar que la Iglesia no es «el» Iglesia, es «la» Iglesia. La Iglesia es mujer, es madre, y esto es hermoso. Debéis pensar y profundizar en esto.

[…] También en la Iglesia es importante preguntarse: ¿qué presencia tiene la mujer? Sufro —digo la verdad— cuando veo en la Iglesia o en algunas organizaciones eclesiales que el papel de servicio —que todos nosotros tenemos y debemos tener— que el papel de servicio de la mujer se desliza hacia un papel de servidumbre. No sé si se dice así en italiano. ¿Me comprendéis? Servicio. Cuando veo mujeres que hacen cosas de servidumbre, es que no se entiende bien lo que debe hacer una mujer. ¿Qué presencia tiene la mujer en la Iglesia? ¿Puede ser mayormente valorada? Es una realidad que me interesa especialmente y por esto he querido encontraros —contra el reglamento, porque no está previsto un encuentro de este tipo— y bendecir vuestro compromiso. […]

Discurso a los participantes en el Seminario organizado por el Consejo Pontificio para los laicos con ocasión del XXV Aniversario de la “Mulieris Dignitatem”
Papa Francisco
12 de octubre de 2013


La INTENCIÓN POR LA EVANGELIZACIÓN para MAYO 2016 es: “Para que se difunda en las familias, comunidades y grupos, la práctica de rezar el santo Rosario por la evangelización y por la paz”.

COMENTARIO PASTORAL: Las oración del santo rosario

[…] El Señor nos habla en la intimidad de nuestra conciencia, nos habla a través de la Sagrada Escritura, nos habla en la oración. Aprended a permanecer en silencio ante Él, a leer y meditar la Biblia, especialmente los Evangelios, a dialogar con Él cada día para sentir su presencia de amistad y de amor. Y aquí quisiera subrayar la belleza de una oración contemplativa sencilla, accesible a todos, grandes y pequeños, cultos o poco instruidos; es la oración del santo rosario. En el rosario nosotros nos dirigimos a la Virgen María para que nos guíe hacia una unión cada vez más estrecha con su Hijo Jesús para identificarnos con Él, tener sus sentimientos, actuar como Él. En el rosario, de hecho, repitiendo el Ave, María, nosotros meditamos los misterios, los hechos de la vida de Cristo para conocerle y amarle cada vez más. El rosario es un instrumento eficaz para abrirnos a Dios, para que nos ayude a vencer el egoísmo y llevar paz a los corazones, a las familias, a la sociedad y al mundo.

Queridos jóvenes, el amor de Cristo y su amistad no son un espejismo —Jesús en la Cruz muestra cuán concretos son— ni están reservados a pocos. Vosotros encontraréis esta amistad y experimentaréis toda la fecundidad y la belleza si le buscáis con sinceridad, os abrís con confianza a Él y cultiváis con empeño vuestra vida espiritual acercándoos a los sacramentos, meditando la Sagrada Escritura, orando con constancia y viviendo intensamente en la comunidad cristiana. Sentíos parte viva de la Iglesia, comprometidos en la evangelización, en unión con los hermanos en la fe y en comunión con vuestros pastores. ¡No tengáis miedo de vivir la fe! Sed testigos de Cristo en vuestros ambientes cotidianos, con sencillez y valentía. A quienes encontréis, a vuestros coetáneos, sabed mostrar sobre todo el Rostro de la misericordia y del amor de Dios, que siempre perdona, alienta, dona esperanza. Estad siempre atentos a los demás, especialmente a las personas más pobres y más débiles, viviendo y testimoniando el amor fraterno, contra todo egoísmo y cerrazón. […]

Mensaje con motivo de la Sexta Jornada de los Jóvenes de Lituania celebrada en Kaunas
Papa Francisco
21 de Junio de 2013


domingo, 1 de mayo de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús, Buen Pastor, nos da su paz a nosotros, que somos sus ovejas

6º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 14, 23-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.

Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis».

Palabra del Señor.


“¡Oh Jesús!, que el Espíritu Santo nos traiga a la memoria todo lo que tú nos has dicho” (Jn 14, 26)

La Liturgia de la Palabra nos presenta hoy la situación de la Iglesia desde el día de la Ascensión de Jesús a los cielos hasta cuando ella misma sea elevada a la gloria con él.

La presencia corporal de Jesús es sustituida por una presencia espiritual interior prometida a cuantos le aman: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14, 23). Jesús no habita ya físicamente entre los hombres, sino que, Hijo de Dios, pone su morada en lo íntimo de sus fieles, mas no él solo, sino con el Padre y el Espíritu Santo, a los cuales está inseparablemente unido.

San Agustín comenta: “Dios, Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo vienen a nosotros cuando nosotros vamos a ellos: vienen a nosotros socorriéndonos, vamos a ellos obedeciendo; vienen a nosotros iluminándonos, vamos a ellos contemplándolos; vienen llenándonos de su presencia, vamos a ellos acogiéndolos” (In Jo., 76, 4). La inhabitación de la Trinidad es el don supremo que Cristo nos mereció con su muerte y resurrección y que él ofrece a quien corresponde a su amor escuchando y cumpliendo fielmente su palabra. Misterio inefable que para ser comprendido y vivido exige una especial iluminación divina.

También ésta la ha prometido Jesús a sus discípulos: “el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). El es el maestro interior que nos lleva a la comprensión viva, íntima y experimental de las verdades anunciadas por Jesús, especialmente las del misterio de la Trinidad y de su inhabitación en los creyentes, y la llamada de éstos a la comunión personal con Cristo y con la Trinidad. El sugiere el sentido genuino de las Escrituras y la inteligencia del plan divino para la salvación universal; él guía a la Iglesia en el cumplimiento de su misión.

Esto se verificó con especial plenitud en la vida de la Iglesia primitiva cuando los apóstoles hablaban y obraban con total dependencia de él: “Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros…” (Hc 15, 28; primera lectura), declaraban al resolver la controversia acerca de las obligaciones que debían imponerse a los convertidos provenientes del paganismo. Es cosa humana e inevitable que en la vida de los individuos y de la Iglesia surjan problemas y divergencias, pero cuando la solución se busca y se toma con plena docilidad al Espíritu Santo, a sus inspiraciones interiores y a sus indicaciones a través de quien tiene el oficio de interpretar la voluntad divina, todo se resuelve bien y en paz.

La paz es precisamente el don que Jesús ha dejado a sus discípulos tras haberles asegurado la presencia de la Trinidad en sus corazones y la asistencia del Espíritu Santo. “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la os la doy yo” (Jn 14, 27). Es la paz fundada en las buenas relaciones con Dios, en la observancia de su palabra, en la comunión íntima con él; la paz de quien se deja guiar por el Espíritu Santo y obra a la luz de su inspiración. Paz que no dispensa del sufrimiento en este mundo, pero que infunde ánimo para afrontar también la lucha cuando es necesaria para mantenerse fieles a Dios. Paz que será completa y sin sombra alguna de turbación en la Jerusalén celestial donde Cristo, “el Cordero”, será “la lámpara” que iluminará (Ap 21, 23; segunda lectura) y la alegría que regocijará para siempre a los elegidos.


“En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, que vosotros estáis en mí y que yo estoy en vosotros’… Entonces podremos ver lo que ahora creemos. También ahora está El entre nosotros, y nosotros en El; más ahora le conozcamos por la fe, entonces le conoceremos por la contemplación. Mientras vivimos en este cuerpo corruptible y pesado al alma, como es ahora, vivimos como peregrinos fuera del Señor, porque caminamos por la fe, no por la contemplación… Y que nosotros, aun ahora estamos en El, lo expresa con bastante claridad cuando dice: ‘Yo soy la vid y vosotros los sarmientos’. Pero en aquel día en que vivamos con la vida, que absorbe a la muerte veremos que El está en el Padre, nosotros en El y El en nosotros; porque entonces llegará a la perfección lo que  ahora El tiene ya comenzado, es decir, su morada en nosotros y la nuestra en El.

Nos deja la paz cuando va a partir, y nos dará su paz cuando venga al fin del mundo. Nos deja la paz en este mundo, nos dará su paz en el otro. Nos deja su paz para que, permaneciendo en ella, podamos vencer al enemigo; nos dará su paz cuando reinemos libres de enemigos. Nos deja su paz para que aquí nos amemos unos a otros, nos dará su paz allí donde no podamos tener diferencias” (San Agustín, In Jn, 75, 4; 77, 3).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 6º Domingo de Pascua – Ciclo C

“El que me ama, guarda mi palabra” (Jn 14, 23-29)

jueves, 28 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Ignorar el sufrimiento del hombre es ignorar a Dios”





Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 27 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


REFLEXIÓN SOBRE LA PARÁBOLA DEL BUEN SAMARITANO 

(Lc 10, 25-37)




“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cfr Lc 10,25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (v. 25). Jesús le pide que responda él mismo, y lo hace perfectamente: “Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo” (v. 27). Por tanto Jesús concluye: “Haz esto y vivirás” (v. 28).

Entonces ese hombre plantea otra pregunta, que se hace preciosa para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?” (v. 29), y pone como ejemplo: “¿mis parientes?, ¿mis compatriotas?, ¿los de mi religión?…”. En resumen, quiere una regla clara que le permita clasificar a los otros en “prójimo” y “no prójimo”. En esos que pueden convertirse en prójimo y los que no pueden convertirse en prójimo.

Y Jesús responde con una parábola, que muestra a un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro. Es decir, el samaritano. En el camino de Jerusalén a Jericó el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los bandidos le han asaltado, robado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones similares prevé la obligación de socorrerlo, pero ambos pasaron de largo sin detenerse. Tenían prisa, no sé, el sacerdote quizá ha mirado el reloj y ha dicho ‘pero llego tarde a misa, tengo que decir misa’. El otro ha dicho ‘pero no sé si la ley me permite porque hay sangre ahí y seré impuro’. Van por otro camino y no se acercan.

Y aquí la parábola nos ofrece una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce la misericordia sepa amar al prójimo. No es automático. Tú puedes conocer toda la Biblia, tú puedes conocer todos los libros litúrgicos, tú puedes conocer toda la teología, pero del conocer no es automático el amar. El amar tiene otro camino, el amor tiene otro camino, con inteligencia pero algo más. El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran pero no proveen. Sin embargo, no existe verdadero culto si eso no se traduce en servicio al prójimo. No lo olvidemos nunca: frente al sufrimiento de tanta gente agotada por el hambre, la violencia y la injusticia, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, esa mujer, ese niño, ese anciano, esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero vayamos al centro de la parábola: el samaritano, es decir el despreciado, ese sobre el que nadie hubiera apostado nada, y que aún así tenía también él sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban vinculados al templo, sino que “tuvo compasión”, así dice el Evangelio, tuvo compasión (v. 33). Es decir, el corazón y las entrañas se conmovieron. Esta es la diferencia. Los otros dos “vieron”, pero sus corazones se quedaron cerrados, fríos. Sin embargo el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón mismo de Dios.

De hecho, la “compasión” es una característica esencial de la misericordia de Dios. Él tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros, Él siente nuestros sufrimientos. Compasión, sufre con. El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones de buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuándo necesitamos ayuda y consuelo. Está cerca de nosotros y no nos abandona nunca. Cada uno de nosotros, podemos hacernos la pregunta en el corazón, ¿yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con tantos problemas y tantas cosas? Pensar en eso y la respuesta es sí. Cada uno debe mirar en el corazón si tiene la fe en esta compasión de Dios. De Dios bueno que se acerca, nos sana, nos acaricia y si nosotros lo rechazamos él espera, es paciente, siempre junto a nosotros.

El samaritano se comporta con verdadera misericordia: cura las heridas de ese hombre, lo lleva a una pensión, lo cuida personalmente, paga su asistencia. Todo eso nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, pero significa cuidar del otro al punto de pagar personalmente. Significa comprometerse cumpliendo todos los pasos necesarios para “acercarse” al otro hasta identificarse con él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús gira la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que haya sido el prójimo de aquel que había caído en las manos de los bandidos?” (v. 36). Finalmente la respuesta es clara: “El que ha tenido compasión de él” (v. 27). Al inicio de la parábola para el sacerdote y el levita el prójimo era el moribundo; al finalizar el prójimo es el samaritano que ha estado cerca. Jesús cambia la perspectiva: no hay que clasificar a los otros para ver quién es el prójimo y quién no. Tú puedes convertirte en prójimo de quien esté en necesidad, y lo serás si tu corazón tiene compasión. Es decir, tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un buen regalo para todos nosotros, ¡y también un compromiso! Jesús nos repite a cada uno de nosotros lo que dijo al doctor de la Ley: “Ve y haz tú lo mismo” (v. 37).

Estamos todos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es figura de Cristo: Jesús se ha inclinado ante nosotros, se ha hecho nuestro siervo, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos también amarnos como Él nos ha amado. De la misma forma.

martes, 26 de abril de 2016

SANTORAL (audios): San Isidoro (26 de abril)





ORACIÓN "ADSUMUS" de San Isidoro de Sevilla

Aquí estamos, Señor Espíritu Santo.
Aquí estamos, frenados por la inercia del pecado,
pero reunidos especialmente en tu Nombre.
Ven a nosotros y permanece con nosotros.
Dígnate penetrar en nuestro interior.
Enséñanos lo que hemos de hacer,
por dónde debemos caminar,
y muéstranos lo que debemos practicar
para que, con Tu ayuda,
sepamos agradarte en todo.
Sé Tú el único inspirador
y realizador de nuestras decisiones,
Tú, el único que, con Dios Padre y su Hijo,
posees un nombre glorioso,
no permitas que quebrantemos la justicia,
Tú, que amas la suprema equidad:
que la ignorancia no nos arrastre al desacierto;
que el favoritismo no nos doblegue;
que no nos corrompa la acepción
de personas o de cargos.
Por el contrario, únenos eficazmente a Ti,
sólo con el don de tu Gracia,
para que seamos UNO en Ti,
y en nada nos desviemos de la verdad.
Y, lo mismo que estamos reunidos
en Tu Nombre, así también,
mantengamos en todo la justicia,
moderados por la piedad,
para que, hoy, nuestras opiniones
en nada se aparten de Ti,
y, en el futuro, obrando rectamente,
consigamos los premios eternos.
Amén.

domingo, 24 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”

5º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 13, 31-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

»Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Palabra del Señor.


Hoy se propone de nuevo a nuestra meditación el misterio pascual en todo su conjunto; desde la pasión de Cristo hasta su glorificación, desde la presencia y el influjo del Resucitado en la Iglesia hasta la participación de ésta en su gloria.

El Evangelio de la Santa Misa (cfr. Jn 13, 31-35) se refiere al momento en que, después de haber anunciado la traición de Judas, Jesús habla de su glorificación como de una realidad ya presente, vinculada a su pasión: “ahora ha sido glorificado, el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él” (ib. 31). El contraste es fuerte, pero sólo aparente; en efecto, aceptando ser traicionado y entregado a la muerte por la salvación de los hombres, Jesús cumple la misión que había recibido del Padre, y esto es precisamente el motivo de su glorificación. Por eso la considera ya comenzada, como ya lo está la gloria que dará a Dios con su muerte redentora.

La pasión primero y luego la glorificación separarán Jesús de sus discípulos, pero antes de dejarlos les asegura su presencia invisible en el amor. El seguirá estando en medio de ellos mediante el amor con que los ha amado y que les deja en herencia para que lo vivan y lo encuentren en sus relaciones mutuas. “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros: como yo os he amado, así también amaos mutuamente” (ib. 34). El amor mutuo, modelado sobre el amor del Maestro, aún más, nacido de él, asegura a la comunidad cristiana la presencia de Jesús, de la cual es señal. Al mismo tiempo es el distintivo de los verdaderos cristianos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” (ib. 35).

De esta manera la vida de la Iglesia comenzó sostenida por una fuerza de cohesión y de expansión absolutamente nueva y de extraordinario poder, en cuanto basada no sobre el amor humano que es siempre frágil y defectible, sino sobre el amor divino: el amor de Cristo revivido en las relaciones mutuas de los creyentes.

Un tal amor es el secreto del celo incansable de Pablo y de Bernabé de que habla hoy la primera lectura (cfr. Hc 14, 21b-27). Los viajes se suceden: después de haber fundado nuevas iglesias, los dos vuelven a visitarlas para exhortar a los discípulos a “permanecer firmes en la fe” (ib. 22); en cada iglesia eligen y ordenan presbíteros, parten para evangelizar a otros pueblos y luego vuelven a Antioquía donde dan cuenta a la comunidad de “cuanto había hecho Dios con ellos” (ib. 27). El amor de Cristo que los sostiene y la certeza de que él obra en ellos y con ellos, no los dispensa de las tribulaciones, como tampoco estaban exentas de ellas las nuevas cristiandades ni tampoco lo está la Iglesia de hoy, pues “por muchas tribulaciones nos es preciso entrar en el reino de Dios” (ib. 22).

Para animar a la Iglesia en su camino, vemos que Juan (cfr. segunda lectura: Ap 21, 1-5a) le hace entrever la gloria de la Jerusalén celestial -la Iglesia triunfante o gloriosa- que se presenta “ataviada como una esposa que se engalana para su esposo”, Cristo. Ella será “el tabernáculo de Dios entre los hombres” (ib. 2-3), donde el Hijo de Dios pondrá su morada permanente, ya no rechazado como sucedió en el tiempo, sino acogido por todos los elegidos como su Señor y Consolador. Entonces él “enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más” (ib. 4). Con su muerte y resurrección Jesús ha santificado el dolor y la muerte, pero no los ha eliminado; pero en la vida eterna, donde los hombres serán asociados plenamente a la gloria de su resurrección, “ya no habrá duelo, ni gritos, ni dolor” (ib.) Todo será renovado en la gloria y en el amor de Jesús resucitado.


“¡Oh Cristo, nuestra Pascua!, por ti los hijos de la luz amanecen a la vida eterna, los creyentes atraviesan los umbrales del Reino de los cielos; porque en tu muerte y resurrección hemos resucitado todos. Por este misterio, inundado de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría”. (Cfr. Misal Romano, Prefacio pascual, II).

“Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros… ¿Por qué pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándose del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual para distinguirla del amor carnal añade: “como yo os he amado” (ib.34). Este amor, nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor… renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa de los Cantares”. (S. Agustín, I Jn, 65. 1).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 5º Domingo de Pascua – Ciclo C

“Amaos unos a otros como yo os he amado” 
(Jn 13,31-35)

miércoles, 20 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dios perdona siempre al pecador arrepentido”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 20 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios


“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos sobre un aspecto de la misericordia bien representado en el Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús cuando era huésped de un fariseo de nombre Simón. Este había invitado a Jesús a su casa porque había oído hablar bien de él, como de un gran profeta.

Mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como pecadora. Esta sin decir una palabra se pone a los pies de Jesús e inicia a llorar; sus lágrimas mojan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, después los besa y los unge con aceite perfumado que había llevado consigo.

Resalta el contraste existente entre las dos figuras: la de Simón, celoso servidor de la Ley y aquella de la anónima mujer pecadora. Mientras el primero juzga a los otros en base a las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón. Simón a pesar de haber invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer al contrario, se confía plenamente a Él, con amor y veneración.

El fariseo no concibe que Jesús se deje ‘contaminar’ por los pecadores, así pensaban ellos. Y piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser manchado, como si fueran leprosos. Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión y está motivado por el hecho de que Dios y el pecado se oponen radicalmente.

Pero la palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, en cambio los pecadores –o sea todos nosotros– somos como los enfermos que necesitan ser curados, y para curarlos es necesario que el médico se les acerque, los visite, los toque. Y naturalmente el enfermo, para ser curado tiene que reconocer que necesita un médico.

Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se alinea con ésta última. Libre de los prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer, Él, el Santo Dios, se deja tocar por ella sin temor de ser contaminado. Jesús está libre porque cerca de Dios que es Padre Misericordioso.

Más aún, entrando en relación con la pecadora, Jesús termina con aquella condición de aislamiento, a la cual el juicio impío del farseo y de sus conciudadanos la insultaba y condenaba: “Tus pecados te son perdonados”. La mujer ahora puede ‘ir en paz’. El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión: por lo tanto delante a todos proclama: “Tu fe te ha salvado”.

De un lado aquella hipocresía de estos doctores de la Ley, de otra la humildad y sinceridad de esta mujer. Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores que los otros y decimos: “Mira tu pecado…”. Todos nosotros en cambio debemos mirar nuestro pecado, nuestras caídas, nuestros errores y mirar al Señor. Esta es la línea de la salvación: la relación entre el ‘yo’ pecador y el Señor. Si yo me siento justo, esta relación de salvación no se da.

A este punto, un estupor aún mayor se apodera de todos los comensales: “¿Quién es este que perdona también los pecados?”. Jesús no da una respuesta explícita, pero la conversión de la pecadora está delante de los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.

La mujer pecadora nos enseña la relación entre la fe, el amor y el reconocimiento. Le fueron perdonados “muchos pecados” y por ésto ama mucho. “En cambio a quien se le perdona poco ama poco”. También el mismo Simón tiene que admitir que ama más quién ha sido perdonado más. Dios ha encerrado a todos en el mismo misterio de misericordia y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar. Como recuerda san Pablo: “En Cristo, mediante su sangre tenemos la redención, el perdón de las culpas, de acuerdo a la riqueza de su gracia. É la ha derramado abundantemente sobre nosotros”.

En este texto el término “gracia” es prácticamente sinónimo de misericordia, y viene indicada como “abundante”, o sea más allá de nuestras expectativas, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, indiquemos nuestro reconocimiento por el don de la fe, agradezcamos al Señor por su amor tan grande e inmerecido.

Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: a este amor el discípulo llega y sobre éste se funda; de este amor cada uno se puede nutrir y alimentar. Así como en el amor grato que damos a su vez a nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor.

domingo, 17 de abril de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Jesús es el Buen Pastor que ha dado la vida por nosotros, sus ovejas

4º Domingo de Pascua
Ciclo C
Evangelio: Jn 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:

«Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.


“Tuyos somos, Señor, tu pueblo y las ovejas de tu rebaño” (Salmo 100, 3).

El cuarto domingo de Pascua dedicado al Buen Pastor, ve en esta figura, tan querida de la Iglesia primitiva, la expresión del amor universal de Cristo hacia los hombres. Ellos le pertenecen como las ovejas al pastor, los guarda celosamente y es para ellos fuente de vida y de salvación: “Yo les doy (a las ovejas) la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mis manos” (Jn 10, 28). Privilegio inmenso, pero que exige una condición de parte del hombre: “Mis ovejas oyen mi voz… y me siguen” (ib 27). Oye la voz de Jesús quien acepta el Evangelio y descubre su verdadero significado, quien escucha la voz de la Iglesia -del Papa, de los obispos, de los superiores- y obedece, quien atiende a la voz de la conciencia y de las aspiraciones interiores; cuando el hombre escucha todas estas voces y las traduce en su vida, sigue verdaderamente y fielmente al Señor.

Pero el pertenecer a la grey de Cristo no es un privilegio reservado a unos pocos, sino un don ofrecido sin distinción a todos los hombres que quieran aceptarlo. Aunque en los designios de Dios las primicias del Evangelio fueron reservadas al pueblo hebreo, en medio del cual Jesús ejercitó su ministerio, después de la resurrección mandó a los apóstoles que lo predicasen “a todas las naciones” (Lc 24, 47). La oposición de Israel fue la ocasión para que los apóstoles dirigiesen su cuidado a los paganos. “Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios -decían Pablo y Bernabé a los judíos-; pero como la rechazáis y nos os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles” (Hc 13, 46, primera lectura).

El Buen Pastor que ha dado la vida por todos los hombres, no excluye a ninguno de su rebaño; es el hombre quien se excluye a sí mismo cuando rechaza conscientemente el mensaje de Cristo; entonces se juzga por sí mismo “indigno de la vida eterna”. Sin embargo, los creyentes deben tender siempre la mano a los hombres incrédulos, reacios o fugitivos, y facilitarles de todos modos su entrada o su vuelta al único redil. Este no debe ser considerado como un lugar cerrado destinado únicamente a recoger y a guardar a los creyentes, sino como un espacio abierto a todos los que desean entrar en él. Su puerta es ancha e invitadora, como lo es Cristo que ha querido llamarse “la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7). Quien acepta pasar por esta puerta será siempre bien recibido y encontrará la salvación: “El que por mí entrare se salvará” (ib. 9). Esta actitud de apertura mantiene en la Iglesia el carácter de universalidad que le imprimió su Fundador y un dinamismo que la hace siempre viva y fecunda.

En la segunda lectura, que nos presenta la gloria eterna del Cordero rodeado de “una muchedumbre grande, que nadie podría contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua” (Ap 7, 9), se nos ofrece la prueba más bella y consoladora de la universalidad de la salvación. En el centro de la visión profética de Juan aparece Jesús bajo la figura del Cordero-Pastor que con su sangre ha lavado y emblanquecido las vestiduras de sus elegidos. Entonces “los que vinieron de la gran tribulación” (ib 14), es decir, de los trabajos por conservar y defender la fe en medio de los sufrimientos de la vida terrena, ya no sufrirán más, “porque el Cordero… los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida” (ib. 17) Es ésta la vida eterna que el Buen Pastor promete a sus ovejas.


“Aclamad al Señor la tierra toda. Servid al Señor con júbilo, venid gozosos a su presencia. Sabed que Yahvé es Dios, que él nos hizo y somos suyos: su pueblo y ovejas de su rebaño. Sí, el Señor es bueno, es eterna su misericordia y perpetua por todas las generaciones su fidelidad” (Salmo 100, 1-3. 5).

¡Oh Jesús!, tú que has dicho: “Yo soy la puerta. El que por mí entrare se salvará”… No quiero contentarme con sólo leer tus palabras, meditarlas, aprobarlas, admirarlas y predicarlas; ayúdame, Señor, a ponerlas en práctica, a vivirlas, a convertirlas en vida mía... Ayúdame a vivir de la fe, dejando a un lado la razón humana que es locura delante de ti, y regulando mi vida en conformidad con las palabras de tu sabiduría divina que es locura delante de los hombres. Que yo pueda “entrar por ti”, amándote con todo mi corazón... Que “pasemos por ti” obedeciéndote... Las ovejas van unidas a su pastor porque lo miran, lo siguen, le obedecen; que yo también te siga y te ame, divino Pastor, que yo te mire con la contemplación, te siga con la imitación, y te odedezca. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


JESÚS (audios): Jesús, Buen Pastor – Ciclo C

“Entremos por Jesús y pasemos por Él” (Jn 10,27-30)

jueves, 14 de abril de 2016

CATEQUESIS DEL PAPA: “No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro”


Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 13 de abril de 2016


Ciclo de catequesis sobre la misericordia de Dios



Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hemos escuchado el Evangelio de la llamada de Mateo. Mateo era un “publicano”, es decir un recaudador de los impuestos para el imperio romano y por eso considerado pecador público. Pero Jesús lo llama a seguirlo y a convertirse en su discípulo. Mateo acepta, y lo invita a cenar a su casa con sus discípulos. Entonces surge una discusión entre los fariseos y los discípulos de Jesús por el hecho de que estos comparten la mesa con los publicanos y los pecadores.  Pero tú no puedes ir a casa de esta gente, decían.

Jesús, de hecho, no les aleja, es más, frecuenta sus casas y se sienta con ellos; esto significa que también ellos pueden convertirse en sus discípulos. Y también es verdad que ser cristianos no nos hace impecables. Como el publicano Mateo, cada uno de nosotros se encomienda a la gracia del Señor a pesar de nuestros pecados. Todos somos pecadores, todos hemos pecado. Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no mira a su pasado, a las condiciones sociales, a las convenciones exteriores, sino más bien les abre un futuro nuevo.

Una vez escuché un dicho bonito: ‘No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro’. Es bonito esto y es lo que hace Jesús. No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro. Basta con responder a la invitación con corazón humilde y sincero. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana por tanto es escuela de humildad que se abre a la gracia.

Este comportamiento no es comprendido por quien tiene la presunción de creerse “justo” y mejor que los otros. Soberbia y orgullo no permiten reconocerse necesitados de salvación, es más, impiden ver el rostro misericordioso de Dios y actuar con misericordia. Además, la misión de Jesús es precisamente esta: venir a buscarnos a cada uno, pasar para sanar nuestras heridas y llamarnos a seguirlo con amor.

Lo dice claramente: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos” (v. 12). ¡Jesús se presenta como un buen médico! Él anuncia el Reino de Dios y los signos de su venida son evidentes: Él sana las enfermedades, libera de los miedos, de la muerte y del demonio. Delante de Jesús ningún pecado es excluido, ningún pecador es excluido porque el poder sanador de Dios no conoce enfermedad que no pueda ser curada.  Y esto nos debe dar confianza, para que venga y nos resane.

Llamando a los pecadores a su mesa, Él los resana restableciéndoles en esa vocación que ellos creían perdida y que los fariseos han olvidado: la de invitados al banquete de Dios. Según la profecía de Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados. Y se dirá en aquel día: «Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: él es Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”. Así dice Isaías.

Si los fariseos ven en los invitados solo pecadores y rechazan sentarse con ellos, Jesús por el contrario les recuerda que también ellos son comensales de Dios. De este modo, sentarse en la mesa con Jesús significa ser transformados por Él y salvados. En la comunidad cristiana la mesa de Jesús es doble: está la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía (cfr Dei Verbum, 21).

Son estas las medicinas con las cuales el Médico Divino nos sana y nos nutre. Con la primera –la Palabra– Él se revela y nos invita a un diálogo entre amigos. Jesús no tenía miedo de dialogar con los  publicanos, los pecadores, las prostitutas, Él no tenía miedo, amaba a todos. Su Palabra penetra en nosotros y, como un bisturí, actúa profundamente para liberarnos del mal que se anida en nuestra vida.

A veces esta Palabra es dolorosa porque incide sobre hipocresías, desenmascara las falsas excusas, descubre las verdades escondidas; pero al mismo tiempo ilumina y purifica, da fuerza y esperanza, es un reconstituyente valioso en nuestro camino de fe. La Eucaristía, por su parte, nos nutre de la vida misma de Jesús y, como un poderoso remedio, renueva continuamente en un modo misterioso la gracia de nuestro bautismo. Acercándose a la Eucaristía nosotros nos nutrimos del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y sin embargo, viniendo a nosotros, ¡es Jesús que nos une a su Cuerpo!

Concluyendo ese diálogo con los fariseos, Jesús les recuerda una palabra del profeta Oseas (6,6): «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios» (Mt 9,13).

Dirigiéndose al pueblo de Israel les regaña porque las oraciones que alzaban eran palabras vacías e incoherentes. A pesar de la alianza de Dios y la misericordia, el pueblo vivía a menudo con una religiosidad “de fachada”, sin vivir en profundidad el mandamiento del Señor.

Es por eso que el profeta insiste: “Yo quiero misericordia”, es decir la lealtad de un corazón que reconoce los propios pecados, que se arrepiente y vuelve a ser fiel a la alianza con Dios, “y no sacrificios”: ¡sin un corazón arrepentido toda acción religiosa es ineficaz! Jesús aplica esta frase profética también a las relaciones humanas: aquellos fariseos eran muy religiosos en la forma, pero no estaban dispuestos a compartir la mesa con los publicanos y los pecadores; no reconocían la posibilidad de un arrepentimiento y por eso, de una curación; no colocaban en primer lugar la misericordia: siendo fieles custodios de la Ley, ¡demostraban no conocer el corazón de Dios! Es como si a ti, te regalaran un paquete, donde dentro hay un regalo y tú, en lugar de ir a buscar el regalo, miras solo el papel que lo envuelve, solo las apariencias, la forma, y no el centro, el regalo que viene dado.

Queridos hermanos y hermanas, todos nosotros estamos invitados a la mesa del Señor. Hagamos nuestra la invitación de sentarnos al lado de Él junto a sus discípulos. Aprendamos a mirar con misericordia y a reconocer en cada uno de ellos un comensal. Somos todos discípulos que tienen necesidad de experimentar y vivir la palabra consoladora de Jesús. Tenemos todos necesidad de nutrirnos de la misericordia de Dios, porque es de esta fuente que brota nuestra salvación.