domingo, 22 de octubre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Nada ni nadie puede exigir lo que sólo se debe a Dios, o sea la sumisión absoluta”


29º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 22,15-21

En aquel tiempo, los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Dícenle: «Del César». Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios».

Palabra del Señor.




«¡Tú eres el Señor! Fuera de ti no hay otro Dios» (Is 45, 6).

Ningún suceso de la historia escapa a la providencia de Dios. Los mismos gobernantes, aunque no lo sepan, son instrumentos de que Dios se sirve para realizar sus planes de salvación. La primera lectura del día (Is 45, 1. 4-6) presenta un ejemplo típico de ello en Ciro, el fundador del imperio persa, que fue en manos de Dios el liberador del pueblo elegido. «Yo lo llevo de la mano», dice de él el Señor (ib 1). Y de modo más explícito y directo, añade: «Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías» (ib 4). La historia de los individuos y de los pueblos está en las manos de Dios, el cual la va tejiendo hasta por medio de hombres que no lo conocen y obran con intenciones muy diferentes.

Por encima de todo gobierno humano está el gobierno de Dios con el que nadie puede competir: «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios» (ib 5). Ciro, pagano, al ordenar la repatriación de los Judíos de Babilonia y autorizar la reconstrucción del templo de Jerusalén, colaboró, aun sin saberlo, a dar a conocer la omnipotencia del Dios de Israel y a divulgar su culto. Interpretada a la luz de la fe, la historia de cada hombre y de la humanidad entera adquiere su verdadero significado, el que tiene delante de Dios, y que es un significado de salvación.

El Evangelio de hoy (Mt 22, 15-21) reproduce el pensamiento de Jesús acerca de la autoridad política. La ocasión fue ofrecida por la pregunta insidiosa de los fariseos sobre la licitud del tributo al César. El pagar las contribuciones al imperio romano era considerado por algunos como una limitación del dominio de Dios sobre su pueblo; al paso que rehusar pagarlas podía ser interpretado como rebelión a la autoridad constituida. En consecuencia, cualquiera fuese su respuesta, afirmativa o negativa, Jesús daría pie a una condena. Pero no cae en el garlito, y prescindiendo de cuestiones de licitud o ilicitud, se hace entregar la moneda del tributo. La moneda lleva la imagen e inscripción del César; la respuesta, pues, es obvia: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (ib 21).

Estas sencillas palabras acaban con la concepción antigua que consideraba al estado como expresión no sólo de la autoridad política, sino también de la religiosa. Jesús, en cambio, traza una línea divisoria: la autoridad política, aunque derivada de Dios y obligada a respetar sus leyes, tiene un campo propio, el que se refiere al orden y bien público temporal; en este campo ha de ser reconocida, respetada y obedecida. Pero el estado no puede exigir lo que sólo se debe a Dios, o sea la sumisión absoluta. El cristiano debe mantener y defender su libertad de honrar a Dios por encima de toda ley o autoridad política, porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (He 5, 29). Al mismo tiempo se ha de convencer de que Dios puede valerse también de las situaciones políticas más adversas y arreligiosas para realizar la historia de la salvación.

Hasta las leyes de la Roma pagana sirvieron para el cumplimiento de los designios divinos sobre el nacimiento y la pasión de Jesús, como las condiciones de paz del gran imperio y luego las mismas persecuciones a los cristianos fueron instrumentos valederos para la difusión del Evangelio. Lo importante es que el cristiano, tanto en las circunstancias propicias como en las adversas, se mantenga firme en la fe, sin ceder frente a las hostilidades, seguro de que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8, 28).


¡Señor, Señor, Rey omnipotente! Todo está sometido a tu poder, y no hay quien pueda resistir tu voluntad, si has decidido salvar a Israel. Tú hiciste el cielo y la tierra y cuantas maravillas existen bajo el cielo. Eres Señor de todo, y nadie puede oponerse a ti, Señor. (Ester, 4, 17 b-c).

Señor, haz que me abandone con toda la fuerza de la voluntad sostenida por la gracia y por el amor, no obstante todas las dudas sugeridas por contrarias apariencias, a tu omnipotencia, a tu sabiduría y a tu amor infinitos. Haz que crea que en este mundo nada escapa a tu providencia, ni en el orden universal ni en el particular; que nada sucede, ni ordinaria ni extraordinariamente, que no esté previsto, querido o permitido, siempre dirigido por ti a tus altos fines, que en este mundo son siempre fines de amor a los hombres. Que yo crea que a veces puedes permitir que, en esta tierra y durante algún tiempo, triunfen el ateísmo y la impiedad, lamentables oscurecimientos del sentido de la justicia, infracciones del derecho, torturas de los hombres inocentes, pacíficos, indefensos y sin apoyo...

Por áspera que pueda parecer tu mano, oh divino Cirujano, cuando con el hierro penetras en las carnes vivas, un activo amor es siempre tu guía e impulso, y sólo el verdadero bien de los individuos y de los pueblos te hace intervenir tan dolorosamente. Haz, que crea yo, finalmente, que así la dura agudeza de la prueba como el triunfo del mal no durarán, ni siquiera acá abajo, sino un breve tiempo, y no más; pues luego vendrá tu hora, la hora de la misericordia, la hora de la santa alegría, la hora del cántico nuevo de la liberación, de la alegría y del gozo. (PI0 XII, Discursos y radiomensajes, 3, p. 143-4. Edición: Madrid - Ediciones Acción Católica Española, 1947).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 29º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


“Al César lo que es del César” (Mt 22, 15-21)  



viernes, 20 de octubre de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Nuestra esperanza ante la muerte es confiar en Jesús”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 18 de octubre de 2017


Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende siempre más a cancelar. Tanto así que, cuando la muerte llega, para quien nos está cerca o para nosotros mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los muertos.

Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días como el corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de omnipotencia. ¿Qué cosa somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. Tantas veces yo he escuchado a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un soplo”.

Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que verdaderamente bueno hemos sembrado: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan la mano.

Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió «profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro.

Y entonces Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.

En otro pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). Y no existe una figura más conmovedora de aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. A cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas, sólo ten fe!”. “¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!”. Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres queridos.

Jesús nos pone sobre esta “cima” de la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. “Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?”. Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en esto?

Somos todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!”. Yo los invito, ahora, tal vez a cerrar los ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense en su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: “¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”.

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.

Francisco

jueves, 19 de octubre de 2017

SANTORAL (audios): San Pedro de Alcántara (19 de octubre)




ORACIÓN
¡Oh Santísima anima, en cuyo tránsito feliz los ciudadanos del cielo salen al encuentro! El coro de los ángeles se alegra y la Trinidad Santísima te convida, diciendo con amorosas palabras: "Permanece, Pedro, y está con nosotros para siempre"
V. Ruega por nosotros, Pedro dichoso.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
¡Oh Dios y Señor mío! que te dignaste ilustrar al bienaventurado San Pedro de Alcántara, tu confesor, con el don de una penitencia admirable y de una contemplación altísima, concédenos piadosísimo que ayudados de sus méritos, merezcamos, mortificados en la carne, ser participantes de los dones celestiales. Por Nuestro Señor Jesucristo, Hijo tuyo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 15 de octubre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Muchos son llamados, mas pocos escogidos”


28º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 22,1-14


En aquel tiempo, tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: ‘Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda’.

»Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad.

»Entonces dice a sus siervos: ‘La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda’. Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales.

»Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?’. Él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: ‘Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes’. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos».

Palabra del Señor.




“Señor, tú preparas una mesa ante mí” (Sal 22, 5).

La Liturgia de este domingo presenta la salvación bajo la imagen de un banquete preparado por Dios para todos los hombres: “Prepara el Señor de los Ejércitos para todos los pueblo, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vino de solera… Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos… Aniquilará la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros” (Is 25, 6-8 - primera lectura). Festín suntuoso que revela la magnificencia del que lo da y es símbolo de la salvación ofrecida por Dios, pero oculta durante muchos siglos a los pueblos, los cuales la conocerán con la venida del Mesías. La destrucción de la muerte, y del dolor lleva a pensar lógicamente en un futuro allende la vida terrena; se trata de la bienaventuranza eterna anunciada con expresiones idénticas en el Apocalipsis: “Dios enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte”.

En el Evangelio del día (Mt 22, 1, 14) el convite de la salvación adquiere una fisonomía nueva, la nupcial. Dios llama a todos los hombres a participar en las bodas de su Hijo con la naturaleza humana, comenzadas con su encarnación y consumadas con su muerte de cruz. «El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir» (ib 2-3). El rey es Dios, el banquete es la salvación traída por el Hijo de Dios hecho hombre, los siervos son los profetas y apóstoles, los invitados que rehúsan venir o maltratan y dan muerte a los criados son los judíos y todos los que como ellos rechazan a Jesús.

Se verifica una situación semejante a la de la parábola de los viñadores malvados (domingo precedente); sin embargo, hay una diferencia notable. A los viñadores se les exigía algo debido, o sea los frutos de la viña que se les había confiado; aquí, en cambio, nada se exige, sino todo se ofrece; allí se rehusaba lo que tenía que darse en justicia, aquí se rechaza lo que se ofrece con bondad y magnificencia sumas. Es la repulsa al amor de Dios. Es la actitud del hombre convencido de que no necesita de salvación o del que hundido en negocios terrenos considera tiempo perdido pensar en Dios o en la vida eterna. Estos tales van a la ruina, mientras otros son invitados en su lugar.

«La boda está preparada» (ib 8). El Hijo de Dios se ha encarnado y se ofrece en sacrificio por la salvación de la humanidad. Dios por eso continúa renovando su invitación: «Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda» (ib 9). La sala del festín, llena ya de comensales «malos y buenos» (ib 10), representa a la Iglesia abierta a todos los hombres y siempre semejante al campo en que la cizaña crece en medio del grano. Ser invitados y haber entrado en el festín no significa poseer ya la salvación definitiva.

En efecto, hay un hombre que no lleva traje de boda, y es arrojado «fuera, a las tinieblas» (ib 13), no precisamente por carecer de traje exterior, sino por no tener las disposiciones internas necesarias para la salvación. Es el hombre que pertenece materialmente a la Iglesia, pero no vive en caridad y gracia; su fe no está acompañada de obras; tiene la apariencia de discípulos de Cristo, pero en el fondo de su corazón no es de Cristo ni para Cristo. Su pertenencia a la Iglesia no le servirá de salvación sino de condena: «porque muchos son los llamados y pocos los escogidos» (ib 14). La parábola no quiere decir que los elegidos sean pocos de modo absoluto, sino que su número es inferior al de los llamados por culpa de la ligereza de éstos en responder a la invitación divina.


Dios soberano, te pedimos humildemente que, así como nos alimentas con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, nos hagas participar de su naturaleza divina. (Oración post Comunión, Misal Romano).

Ayúdame, Señor, a dejarme de malas y vanas excusas y a ir a esa cena que nos nutre interiormente. No sea la altanería del, orgullo impedimento para ir al festín, elevándome jactanciosamente, ni una curiosidad ilícita me apegue a la tierra, distanciándome de Dios, ni estorbe la sensualidad a las delicias del corazón.

Haz que yo acuda y me engrose. ¿Quiénes vinieron a la cena, sino los mendigos, los enfermos, los cojos, los ciegos? No vinieron a ella los ricos sanos, es decir, los bien hallados, los listos, los presuntuosos, tanto más sin remedio cuanto más soberbios.

Vendré como pobre; me invita quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecer con su pobreza a los pobres. Vendré como enfermo, porque no han menester médico los sanos sino los que andan mal de salud. Vendré como lisiado y te diré: «Acomoda mis pies a tus caminos». Vendré como ciego y diré: «Alumbra mis ojos para que nunca me duerma en la muerte». (San Agustín, Sermo 112, 8).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 28º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A


Los invitados a la boda (Mt 22, 1-14)



jueves, 12 de octubre de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “No hay que abandonarse al fluir de los eventos con pesimismo”

Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 11 de octubre de 2017

Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en aquella dimensión de la esperanza que es la espera vigilante. El tema de la vigilancia es uno de los hilos conductores del Nuevo Testamento. Jesús predica a sus discípulos: «Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta» (Lc 12,35-36). En este tiempo que sigue a la resurrección de Jesús, en el cual se alternan en continuación momentos serenos y otros angustiantes, los cristianos no descansan jamás. El Evangelio exige ser como los siervos que no van jamás a dormir, hasta que su señor no haya regresado. Este mundo exige nuestra responsabilidad, y nosotros la asumimos toda y con amor. Jesús quiere que nuestra existencia sea laboriosa, que no bajemos jamás la guardia, para recibir con gratitud y maravilla cada nuevo día donado por Dios. Cada mañana es una página blanca que el cristiano comienza a escribir con las obras de bien. Nosotros ya hemos sido salvados por la redención de Jesús, pero ahora esperamos la plena manifestación de su señoría: cuando finalmente Dios será todo en todos (Cfr. 1 Cor 15,28). Nada es más cierto, en la fe de los cristianos, de esta “cita”, este encuentro con el Señor, cuando Él regrese. Y cuando este día llegue, nosotros cristianos queremos ser como aquellos siervos que han pasado la noche ceñidos y con las lámparas encendidas: es necesario estar listos para la salvación que llega, listos para el encuentro. Ustedes, ¿han pensado cómo será este encuentro con Jesús, cuando Él regrese? ¡Será un abrazo, una alegría enorme, un gran gozo! Debemos vivir en espera de este encuentro.

El cristiano no está hecho para el aburrimiento; en todo caso para la paciencia. Sabe que incluso en la monotonía de ciertos días siempre iguales está escondido un misterio de gracia. Existen personas que con la perseverancia de su amor se convierten en pozos que irrigan el desierto. Nada sucede en vano, y ninguna situación en la que un cristiano se encuentra inmerso es completamente refractaria al amor. Ninguna noche es tan larga como para hacer olvidar la alegría de la aurora. Y cuando más oscura es, más cerca está la aurora. Si permanecemos unidos a Jesús, el frio de los momentos difíciles no nos paraliza; y si incluso el mundo entero predicara contra la esperanza, si dijera que el futuro traerá sólo nubes oscuras, el cristiano sabe que en ese mismo futuro existe el regreso de Cristo. ¿Cuándo sucederá esto? Nadie sabe el tiempo, no lo sabe, pero el pensamiento de que al final de nuestra historia está Jesús Misericordioso, basta para tener confianza y no maldecir la vida. Todo será salvado. Todo. Sufriremos, habrá momentos que suscitan rabia e indignación, pero la dulce y poderosa memoria de Cristo expulsará la tentación de pensar que esta vida es equivocada.

Después de haber conocido a Jesús, no podemos hacer otra cosa que observar la historia con confianza y esperanza. Jesús es como una casa, y nosotros estamos adentro, y por las ventanas de esta casa vemos el mundo. Por esto, no nos encerremos en nosotros mismos, no nos arrepintamos con melancolía de un pasado que se presume dorado, sino miremos siempre adelante, a un futuro que no es sólo obra de nuestras manos, sino que sobre todo es una preocupación constante de la providencia de Dios. Todo lo que es oscuro un día se convertirá en luz.

Y pensemos que Dios no se contradice a sí mismo. Jamás. Dios no defrauda jamás. Su voluntad en relación a nosotros no es nublada, sino que es un proyecto de salvación bien delineado: «porque Él quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Por lo cual no nos abandonemos al fluir de los eventos con pesimismo, como si la historia fuese un tren del cual se ha perdido el control. La resignación no es una virtud cristiana. Como no es de los cristianos levantar los hombros o agachar la cabeza ante un destino que nos parece ineludible.

Quien trae esperanza al mundo, Jesús, nos pide esperarlo sin estar de brazos cruzadas: «¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!» (Lc 12,37). No existe un constructor de paz que no haya comprometido su paz personal, asumiendo los problemas de los demás. Este no es un constructor de paz: es un ocioso, un acomodado. No es constructor de paz quien, al final de la cuenta, no haya comprometido su paz personal asumiendo los problemas de los demás. Porque el cristiano arriesga, tiene valentía para arriesgar para llevar el bien, el bien que Jesús nos ha donado, nos ha dado como un tesoro.

Cada día de nuestra vida, repitamos esta invocación que los primeros discípulos, en su lengua aramea, expresaban con las palabras Marana-tha, y que lo encontramos en el último versículo de la Biblia: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). Es el estribillo de toda existencia cristiana: en nuestro mundo no tenemos necesidad de otra cosa sino de una caricia de Cristo. Que gracia sí, en la oración, en los días difíciles de esta vida, sentimos su voz que responde y nos consuela: «¡Volveré pronto!» (Ap 22,7).

Francisco

domingo, 8 de octubre de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: ¿Qué más puedo hacer por tu bien, que no haya hecho?


27º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo A
Evangelio: Mateo 21, 33-43

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores agarraron a los siervos, y a uno le golpearon, a otro le mataron, a otro le apedrearon. De nuevo envió otros siervos en mayor número que los primeros; pero los trataron de la misma manera. Finalmente les envió a su hijo, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’.

»Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron entre sí: ‘Este es el heredero. Vamos, matémosle y quedémonos con su herencia’. Y agarrándole, le echaron fuera de la viña y le mataron. Cuando venga, pues, el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Dícenle: «A esos miserables les dará una muerte miserable arrendará la viña a otros labradores, que le paguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos? Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».

Palabra del Señor.




“Oh Dios, mira desde el cielo, fíjate; ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó” (Sal 79, 15-16).

La parábola de la viña es el tema que domina la liturgia de hoy. Parábola común al Antiguo y al Nuevo Testamento, de que primero el profeta y luego Jesús se sirvieron para hablar del amor de Dios a su pueblo y de la ingratitud de éste. Isaías (5, 1-7; primera lectura) describe la historia de Israel como la historia de la viña del Señor, que él tenía “en fértil collado; la entrecavó, la descantó y plantó de buenas cepas; construyó en medio una talaya y cavó un lagar” (ib 2).

Todo hacía suponer una vendimia óptima; en cambio, la viña “dio agrazones” (ib). La tierra que cultiva el campesino da buenos frutos, pero la viña del Señor no. Dios se vuelve entonces a su pueblo: “sed jueces entre mí y mi viña. ¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?” (ib 3-4). Al juzgar sobre la viña infructuosa, Israel se está juzgando a sí mismo. Dios lo eligió para pueblo suyo, lo libró de la esclavitud, lo trasplantó a una tierra fértil, lo defendió de los enemigos; y con todo Israel no correspondió a tanto amor.

El Evangelio (Mt 21, 33-43) reasume la metáfora de Isaías y la desarrolla hablando de otros inmensos beneficios hechos por Dios a su pueblo. Le envió repetidas veces “a sus criados”, o sea a los profetas; pero los viñadores, esto es los jefes de Israel a quienes había sido confiada la viña del Señor los maltrataron, apalearon, lapidaron, mataron. En fin, como prueba suprema de su amor, Dios envió a su Hijo divino; pero también, lo agarraron y empujándolo fuera de la viña, le dieron muerte, crucificado “fuera” de los muros de Jerusalén.

La responsabilidad y la ingratitud del pueblo elegido creció enormemente con ello. De ahí las conclusiones preñadas de consecuencias; Isaías había hablado de la destrucción de la viña del Señor, símbolo de las derrotas de Israel y de su deportación al destierro; Jesús, en cambio, anuncia: el propietario “arrendará la viña a otros labradores” (ib 41) y más claramente aún: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos” (ib 43). Por culpa de su ingratitud Israel fue sustituido por otros pueblos, la sinagoga por la Iglesia. Pero ¿es el nuevo pueblo de Dios más fiel que el antiguo? También para el nuevo valen las dos parábolas de Isaías y de Jesús. Si la viña de la Iglesia no diere los frutos que Dios espera de ella, sufrirá la misma suerte que Israel.

Y esto no se aplica sólo a la Iglesia como cuerpo social, sino a cada uno de sus miembros. Todo bautizado debe ser “viña del Señor” y llevar fruto, ante todo aceptando a Jesús, siguiéndole y viviendo injertados en él “vid verdadera”, fuera de la cual no hay más que muerte. En el Nuevo Testamento, en efecto la “viña del Señor”, no es sólo el pueblo elegido y amado en Cristo, injertado en el que dijo: “Yo soy la vida verdadera, y mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí como yo en él, ese da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 1-5).

En esta perspectiva, la segunda lectura (Flp 4, 6-9) puede ser considerada y meditada como una invitación a recurrir frecuentemente a Dios, a la confianza y a la gratitud, para el que nos eligió para pueblo suyo y como un compromiso a llevar abundantes frutos de todo bien: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta” (ib 8).


“Señor, tú trajiste de Egipto una vid; arrojaste de aquí a los paganos y la plantaste; ella extendió sus sarmientos hasta el mar y sus brotes llegaban hasta el río. Señor, ¿por qué has derribado su cerca, de modo que puedan saquear tu viña los que pasan, pisotearla los animales salvajes, y las bestias del campo destrozarla?. Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la planta sembrada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida; alabaremos tu poder. Restablécenos, Señor, Dios de los ejércitos; míranos con bondad y estaremos a salvo. (Sal 79, 9-10. 15-16. 19-20).

“Oh Dios eterno, si el tiempo que el hombre era árbol de muerte lo trocaste en árbol de vida, injertándote, tú, vida, en el hombre -aunque muchos por sus culpas no se injerten en ti, vida eterna-, puedes ahora de ese modo proveer a la salud de todo el mundo, al cual veo hoy que no se injerta en ti… Oh vida eterna, desconocida de nosotros, criaturas ignorantes. Oh miserable y ciega alma mía, ¿dónde está el clamor, donde están las lágrimas que deberías derramar en la presencia de tu Dios, que continuamente te invita?... Nunca produje yo otra cosa que frutos de muerte, porque no me he injertado en ti.

¿Cuánta luz, cuánta dignidad recibe el alma injertada en ti! ¡Oh desmesurada grandeza! Y ¿de dónde traes, oh árbol, estos frutos de vida, siendo por ti mismo estéril y muerto? Del árbol de la vida; pues si tú no estuvieses injertado en él, ningún fruto podrías producir por tu virtud, porque eres nada.

Oh verdad eterna, amor inestimable, tú nos produjiste frutos de fuego, de amor, de luz y de obediencia pronta, por la cual corriste como enamorado a la oprobiosa muerte de cruz y nos diste estos frutos en virtud del injerto que hiciste de tu cuerpo en el árbol de la cruz. Así, oh Dios eterno, el alma injertada en ti verdaderamente, a nada atiende sino al honor tuyo y a la salud de las almas. Y ella se hace fiel, prudente y paciente.” (Santa Catalina de Siena, Oraciones y Elevaciones, 14).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 27º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo A

Los viñadores infieles (Mt 21, 33-43)



viernes, 6 de octubre de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Los cristianos debemos ser misioneros de esperanza”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 4 de octubre de 2017

Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta catequesis quiero hablar sobre el tema “Misioneros de esperanza hoy”. Estoy contento de hacerlo al inicio del mes de octubre, que en la Iglesia está dedicado de modo particular a la misión, y también en la fiesta de San Francisco de Asís, que ha sido ¡un gran misionero de esperanza!

De hecho, el cristiano nos es un profeta de desgracias. ¿Han entendido esto? Nosotros no somos profetas de desgracias. La esencia de su anuncio es lo contrario, lo opuesto a las desgracias: es Jesús, muerto por amor y que Dios lo ha resucitado la mañana de Pascua. Y este es el núcleo de la fe cristiana. Si los Evangelios se detuvieran en la sepultura de Jesús, la historia de este profeta iría a agregarse a las tantas biografías de personajes heroicos que han dado la vida por un ideal. El Evangelio sería entonces un libro edificante, también consolador, pero no sería un anuncio de esperanza.

Pero los Evangelios no se cierran con el viernes santo, van más allá; y es justamente este fragmento sucesivo el que transforma nuestras vidas. Los discípulos de Jesús estaban desconsolados ese sábado después de su crucifixión; aquella piedra colocada en la puerta del sepulcro había cerrado también los tres años de entusiasmo vividos por ellos con el Maestro de Nazaret. Parecía que todo había terminado, y algunos, desilusionados y atemorizados, estaban ya dejando Jerusalén.

¡Pero Jesús resucita! Este hecho inesperado cambia e invierte la mente y el corazón de los discípulos. Porque Jesús no resucita solo por sí mismo, como si su renacer fuera una prerrogativa del cual estar celosos: si asciende hacia el Padre es porque quiere que su resurrección sea participada a todo ser humano, y lleve a lo alto toda creatura. Y el día de Pentecostés los discípulos son transformados por el soplo del Espíritu Santo. No tendrán solamente una buena noticia para llevar a todos, sino que serán ellos mismos diferentes de antes, como renacidos a una vida nueva. La resurrección de Jesús nos transforma con la fuerza del Espíritu Santo. Jesús está vivo, está vivo en medio de nosotros, está vivo y tiene esa fuerza para transformarnos.

¡Qué bello es pensar que se es anunciador de la resurrección de Jesús no solamente con palabras, sino con los hechos y con el testimonio de vida! Jesús no quiere discípulos capaces sólo de repetir fórmulas aprendidas de memoria. Quiere testigos: personas que propagan esperanza con su modo de acoger, de sonreír, de amar. Sobre todo de amar: porque la fuerza de la resurrección hace a los cristianos capaces de amar incluso cuando el amor parece haber perdido sus razones. Hay “algo más” que habita en la existencia cristiana, y que no se explica simplemente con la fuerza de ánimo o un mayor optimismo. ¡No! La fe, nuestra esperanza no es sólo un optimismo; es otra cosa más. Es como si los creyentes fueran personas con un “pedazo de cielo” de más sobre la cabeza. ¡Qué bello es esto! Nosotros somos personas con un pedazo de cielo de más sobre la cabeza, acompañados por una presencia que alguno no logra ni siquiera intuir.

Así la tarea de los cristianos en este mundo es la de abrir espacios de salvación, como células de regeneración capaces de restituir linfa a lo que parecía perdido para siempre. Cuando el cielo está nublado, es una bendición quien sabe hablar del sol. Es esto, el verdadero cristiano es así: no triste y amargado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, de que ningún mal es infinito, ninguna noche es sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado, ningún odio es invencible por el amor.

Cierto, algunas veces los discípulos pagarán caro esta esperanza donada a ellos por Jesús. Pensemos en tantos cristianos que no han abandonado a su pueblo, cuando ha llegado el tiempo de la persecución. Se han quedado ahí, donde era incierto incluso el mañana, donde no se podía hacer proyectos de ningún tipo, se han quedado esperando en Dios. Y pensemos en nuestros hermanos, en nuestras hermanas de Oriente Medio que dan testimonio de esperanza y también ofrecen la vida por este testimonio. Y ellos son verdaderos cristianos. Ellos llevan el cielo en el corazón, miran más allá, siempre más allá.

Quien ha tenido la gracia de abrazar la resurrección de Jesús puede todavía esperar en lo inesperado. Los mártires de todos los tiempos, con su fidelidad a Cristo, narran que la injusticia no es la última palabra en la vida. En Cristo resucitado podemos continuar esperando. Los hombres y las mujeres que tienen un “porqué” vivir resisten más que los demás en los tiempos de desgracia. Pero quien tiene a Cristo a su lado, de verdad no teme más nada. Y por esto los cristianos no son jamás hombres fáciles y acomodados, los verdaderos cristianos. Su humildad no se debe confundir con un sentido de inseguridad y de condescendencia. San Pablo anima a Timoteo a sufrir por el Evangelio y dice así: «el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad» (2 Tim 1,7). Caídos, se levantan siempre.

Es por esto, queridos hermanos y hermanas, que el cristiano es un misionero de esperanza. No por su mérito, sino gracias a Jesús, el grano de trigo que cae en la tierra, ha muerto y ha dado mucho fruto (Cfr. Jn 12,24). Gracias.

Francisco