viernes, 24 de marzo de 2017

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Crónica bendición del nuevo Vía Crucis parroquial

Momento de la bendición de las estaciones
del nuevo Vía Crucis parroquial.
El pasado 1 de marzo, Miércoles de Ceniza, el Cura Párroco de Nuestra Señora de la Saleta, Pbro. José Antonio Medina Pellegrini, bendijo en la Santa Misa de las 19:00 hs. las nuevas imágenes del Vía Crucis parroquial.

Las 14 estaciones han sido realizadas en la técnica de pintura al temple y después craquelada. La pintura al temple, también conocida como témpera, es una técnica de pintura en la que el disolvente del pigmento es el agua y el aglutinante (también denominado temple o engrosador) algún tipo de grasa animal, glicerina, huevo, caseina, otras materias orgánicas o goma. Históricamente, la pintura al temple es característica de la Edad Media europea. Puede considerarse característico de los estilos románico y gótico en el occidente europeo, y de los iconos bizantinos y ortodoxos, en Europa Oriental.

El craquelado es un fenómeno de deterioro común en pinturas antiguas. Consiste en la aparición de grietas, que en los casos más graves llegan a fragmentar la capa de pintura y desembocar en su desprendimiento. Este signo de envejecimiento se suele imitar en muebles y pinturas para darles apariencia antigua. El craquelado se produce naturalmente por la contracción gradual y dispareja de las distintas capas de pintura. Colocando una capa de base sintética (secado lento) y otra encima de pintura de base acuosa (secado rápido) obtendremos este efecto. La pintura sintética seca lentamente generando tensiones superficiales durante un lapso de tiempo mayor; por esto, la capa de pintura superior, que es acrílica y seca rápidamente, se resquebraja siguiendo los movimientos de las tensiones de la pintura de base.

Cuarta Estación:
Jesús encuentra a su Santísima Madre
El nuevo Vía Crucis parroquial ha sido realizado por Artemartínez, en Horche, Guadalajara. Este taller, desde sus orígenes en 1942, se ha empleado principalmente en la construcción de retablos y aunque en su taller se hace prácticamente de todo lo relacionado con la madera, el dorado y la policromía, como Altares, Ambones, Hornacinas, Repisas, Pedestales, Andas, Imágenes etc. el retablo sigue siendo la especialidad.

Por último, el Padre Medina, agradeció a las familias y personas en particular que, solos o en grupos, fueron donando el dinero para cada una de las estaciones, haciendo del nuevo Vía Crucis una expresión genuina del amor de los feligreses de la Saleta por el mantenimiento y embellecimiento de su templo parroquial que va camino a sus cuatro décadas desde su consagración y bendición.

Las 14 estaciones del Vía Crucis de la Saleta realizado por Artemartínez

jueves, 23 de marzo de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “Dios no se cansa nunca de amarnos y consolarnos”



Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 22 de marzo de 2017

Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya desde hace algunas semanas el Apóstol Pablo nos está ayudando a comprender mejor en que cosa consiste la esperanza cristiana. Y hemos dicho que no era un optimismo, no: era otra cosa. Y el Apóstol nos ayuda a entender que cosa es esto. Hoy lo hace uniéndola a dos actitudes aún más importantes para nuestra vida y nuestra experiencia de fe: la «perseverancia» y la «consolación» (vv. 4.5). En el pasaje de la Carta a los Romanos, que escuchamos son citados dos veces: la primera en relación a las Escrituras y luego a Dios mismo. ¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? Y ¿En qué modo iluminan la realidad de la esperanza? Estas dos actitudes: la perseverancia y la consolación.

La perseverancia podríamos definirla también como paciencia: es la capacidad de soportar, llevar sobre los hombros, “soportar”, de permanecer fieles, incluso cuando el peso parece hacerse demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos. La consolación, en cambio, es la gracia de saber acoger y mostrar en toda situación, incluso en aquellas marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios. Ahora, San Pablo nos recuerda que la perseverancia y la consolación nos son transmitidas de modo particular por las Escrituras (v. 4), es decir, por la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a dirigir la mirada a Jesús, a conocerlo mejor y a conformarnos a Él, a asemejarnos siempre más a Él.

En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad «el Dios de la constancia y del consuelo» (v. 5), que permanece siempre fiel a su amor por nosotros, es decir, que es perseverante en el amor con nosotros, no se cansa de amarnos: ¡no! Es perseverante: ¡siempre nos ama! Y también se preocupa por nosotros, curando nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia, es decir, nos consuela. Tampoco, se cansa de consolarnos.

En esta perspectiva, se comprende también la afirmación inicial del Apóstol: «Nosotros, los que somos fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (v. 1). Esta expresión «nosotros, los que somos fuertes» podría parecer arrogante, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así, es más, es justamente lo contrario porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor. Quien experimenta en su propia vida el amor fiel de Dios y su consolación está en grado, es más, en el deber de estar cerca de los hermanos más débiles y hacerse cargo de sus fragilidades.

Si nosotros estamos cerca al Señor, tendremos esta fortaleza para estar cerca a los más débiles, a los más necesitados y consolarlos y darles fuerza. Esto es lo que significa. Esto nosotros podemos hacerlo sin auto-complacencia, sino sintiéndose simplemente como un “canal” que transmite los dones del Señor; y así se convierte concretamente en un “sembrador” de esperanza. Es esto lo que el Señor nos pide a nosotros, con esa fortaleza y esa capacidad de consolar y ser sembradores de esperanza. Y hoy, se necesita sembrar esperanza, ¿eh? No es fácil.

El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la cual algunos son de “serie A”, es decir, los fuertes, y otros de “serie B”, es decir, los débiles.

El fruto en cambio es, como dice Pablo, «tener los mismos sentimientos unos hacia otros, a ejemplo de Cristo Jesús» (v. 5). La Palabra de Dios alimenta una esperanza que se traduce concretamente en el compartir, en el servicio recíproco. Porque incluso quien es “fuerte” se encuentra antes o después con la experiencia de la fragilidad y de la necesidad de la consolación de los demás; y viceversa en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano al hermano en dificultad. Y así es una comunidad que «con un solo corazón y una sola voz, glorifica a Dios» (Cfr. v. 6).

Pero todo esto es posible si se pone al centro a Cristo, su Palabra, porque Él es el “fuerte”, Él es quien nos da la fortaleza, quien nos da la paciencia, quien nos da la esperanza, quien nos da la consolación. Él es el “hermano fuerte” que cuida de cada uno de nosotros: todos de hecho tenemos necesidad de ser llevados en los hombres del Buen Pastor y de sentirnos acogidos en su mirada tierna y solícita.

Queridos amigos, jamás agradeceremos suficientemente a Dios por el don de su Palabra, que se hace presente en las Escrituras. Es ahí que el Padre de nuestro Señor Jesucristo se revela como «Dios de la perseverancia y de la consolación». Y es ahí que nos hacemos conscientes de como nuestra esperanza no se funda en nuestras capacidades y en nuestras fuerzas, sino en el fundamento de Dios y en la fidelidad de su amor, es decir, en la fuerza de Dios y en la consolación de Dios. Gracias.

Francisco

miércoles, 22 de marzo de 2017

CONFERENCIAS: “Pro multis”, las palabras de Cristo en la Santa Misa (audio)


Conferencia “Pro multis”, las palabras de Cristo en la Santa Misa, impartida por el Obispo Auxiliar de Getafe, Don José Rico Pavés, sobre la nueva edición oficial en español del Misal Romano, en su versión castellana de la “III Edición Típica Latina Emendata”. Dictada el miércoles 8 de marzo de 2017, a las 20:00 hs en la Parroquia “Nuestra Señora de la Saleta”, Plaza del Brasil, s/n, de Alcorcón.




martes, 21 de marzo de 2017

PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LA SALETA: Nueva página web parroquial

La nueva web de la Parroquia Nuestra Señora de La Saleta en Alcorcón fue presentada oficialmente el pasado 19 de marzo, Día de san José.

Esta nueva página parroquial, junto con los perfiles en Facebook y Twitter, completa una presencia integral de esta parroquia en internet y en las redes sociales.

Se trata de una web de formato sencillo para facilitar su navegación. La información y los contenidos son someros y fundamentales. Poco a poco, y de manera progresiva, la página irá reflejando todas las instancias sacramentales, pastorales y sociales, caritativas y solidarias, que hacen el entramado humano y divino de la rica vida de fe de esta parroquia.

El Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, en su documento ‘La Iglesia e internet’, destaca la importancia de estos medios de comunicación. Nos enseña que “las comunicaciones que se hacen en la Iglesia y por la Iglesia consisten esencialmente en el anuncio de la buena nueva de Jesucristo. Es la proclamación del Evangelio como palabra profética y liberadora dirigida a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo”.

“Los medios de comunicación ofrecen importantes beneficios y ventajas desde una perspectiva religiosa: transmiten noticias e información de acontecimientos, ideas y personalidades del ámbito religioso, y sirven como vehículos para la evangelización y la catequesis. Diariamente proporcionan inspiración, aliento y oportunidades de participar en funciones litúrgicas a personas obligadas a permanecer en sus hogares o en instituciones. Posee una notable capacidad de superar las distancias y el aislamiento, poniendo en contacto a personas animadas por sentimientos de buena voluntad que participan en comunidades virtuales de fe para alentarse y apoyarse recíprocamente. La Iglesia puede prestar un servicio importante tanto a los católicos como a los no católicos mediante la selección y la transmisión de datos útiles en este medio”, añade el cura párroco en dicha presentación.

www.parroquiasaleta.com

domingo, 19 de marzo de 2017

SANTORAL (audios): San José – Ciclo A (19 de marzo)




Oración a San José
del Papa León XIII

A vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación, y después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María,Madre de Dios, os tuvo unido y, por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.

Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el Cielo, fortísimo libertador nuestro en esta lucha con el poder de las tinieblas y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así, ahora, defended la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir y piadosamente morir y alcanzaren el Cielo la eterna felicidad.  

Amén.

EVANGELIO DOMINICAL: "El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed"

3º Domingo de Cuaresma
Ciclo A
Evangelio: Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, Jesús llega, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta.

Llega una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dice: «Dame de beber». Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice la mujer samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?» (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva». Le dice la mujer: «Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le respondió: «Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna».

Le dice la mujer: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla». El le dice: «Vete, llama a tu marido y vuelve acá». Respondió la mujer: «No tengo marido». Jesús le dice: «Bien has dicho que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es marido tuyo; en eso has dicho la verdad».

Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Jesús le dice: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad».

Le dice la mujer: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo». Jesús le dice: «Yo soy, el que te está hablando».

En esto llegaron sus discípulos y se sorprendían de que hablara con una mujer. Pero nadie le dijo: «¿Qué quieres?», o «¿Qué hablas con ella?». La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». Salieron de la ciudad e iban donde Él.

Entretanto, los discípulos le insistían diciendo: «Rabbí, come». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis». Los discípulos se decían unos a otros: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros: Cuatro meses más y llega la siega? Pues bien, yo os digo: Alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para la siega. Ya el segador recibe el salario, y recoge fruto para la vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador. Porque en esto resulta verdadero el refrán de que uno es el sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de su fatiga».

Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Cuando llegaron donde Él los samaritanos, le rogaron que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Y fueron muchos más los que creyeron por sus palabras, y decían a la mujer: «Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.


“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed” (Jn 4, 15).

“Danos agua para beber” (Ex 17, 2), decía a Moisés el pueblo torturado por la sed en el desierto privado de agua. Moisés, siguiendo órdenes de Dios, golpeó la peña, y de ella salió en abundancia. “Y la roca era Cristo”, afirma san Pablo (cfr. 1 Cor 10, 4); era prefiguración del Mesías, el cual será surtidor, no de agua material, sino espiritual, “agua viva”, ofrecida no a un solo pueblo, sino a todos los pueblos, para que todo hombre tenga con qué apagar su sed y “nunca más tenga sed” (Jn 4, 14).

En el Evangelio de Juan esta realidad viene ilustrada con toda precisión. La samaritana cree que Jesús se burla de ella cuando éste, sentado junto al manantial, le declara: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (ibid 10), y se pone a discutir. Pero el Señor afirma gravemente: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (ibid 14). Quien reciba esta agua poseerá en sí un principio permanente de vida eterna, la gracia santificante que Cristo comunica a cuantos creen en él.

Él es la fuente inagotable de esa gracia; basta acercarse a él, para sacar esa agua. Se saca, ante todo, por medio del bautismo, que es el signo sacramental que repite el simbolismo del agua. Pero para beber de esta agua viva y vivificante es necesario creer. En efecto, Jesús prolonga su discurso con la mujer hasta conducirla a la fe, hasta el punto de que ella, desconfiada al principio, vuelve entusiasmadamente a la ciudad para anunciar al Maestro. Bautismo y fe son dos dones íntimamente conexos: el que cree puede ser bautizado y el bautismo infunde la fe. El bautismo sumerge al hombre en el agua viva que brota del corazón desgarrado de Cristo, agua que purifica, quita la sed, vivifica y se convierte dentro del corazón del creyente “en un surtidor” que vuelve a subir con ímpetu hasta la vida eterna y a ella conduce.

Hablando de la fe y de la gracia que dan al hombre el derecho a esperar una comunión vital y eterna con Dios. San Pablo presenta las más seguras garantías que lo fundamentan: “la esperanza no quedará defraudada” (Rom 5, 5). La gracia, participación de la naturaleza divina, no se puede separar del amor de Dios, que es la esencia de su ser, de su vida. Este amor derramado con la gracia en el bautizado no es abstracto, sino concreto y compromete al creyente en el río de aquella caridad infinita que llevó a Cristo a morir por los pecadores. ¿Se puede dudar de semejante amor? “En verdad, apenas habrá quien muera por un justo –afirma el Apóstol-; sin embargo, por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Más la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (ibid 7-8).

El misterio pascual, que la liturgia se prepara a celebrar, demuestra que Cristo se convierte para todos los hombres en surtidor de agua viva que salta hasta la vida eterna, precisamente a través de ese amor infinito que le induce a morir por lo salvación de los hombres. Y para corresponder a tal amor, el cristiano no puede hacer otra cosa mejor que dejarse invadir y transformar por la gracia y por el amor hasta asemejarse a Cristo Crucificado.


“¡Oh Señor!, para ofrecernos el misterio de tu humildad, te sentaste cansado, junto al manantial y pediste de beber a la mujer de Samaría. Tú, que habías hecho nacer en ella el don de la fe, te dignaste tener sed de su fe; le pediste agua, y encendiste en ella el fuego del amor de Dios. Por eso, pedimos a tu inmensa clemencia que podamos abandonar las profundas tinieblas del vicio, dejar el agua de las pasiones nocivas, para sentir incesantemente sed de ti, que eres la fuente viva de la vida y el manantial de la bondad” (Prefacio Ambrosiano, de Oraciones de los primeros cristianos, 326).

“¡Oh piadoso y amoroso Señor de mi alma! También decís Vos: ‘Venid a mí todos lo que tenéis sed, que yo os daré a beber’. Pues, ¿cómo dejar de tener sed el que se está ardiendo en vivas llamas en las codicias de estas cosas miserables de la tierra? Hay grandísima necesidad de agua para que en ella no se acabe de consumir.

Ya sé yo, Señor mío, de vuestra bondad que se lo daréis; Vos mismo lo decís; no pueden faltar vuestras palabras. Pues si de acostumbrados a vivir en este fuego y de criados en él, ya no lo sienten ni atinan de desatinados a ver su gran necesidad, ¿qué remedio, Dios mío? Vos vinisteis al mundo para remediar tan grandes necesidades como éstas. Comenzad, Señor; en las cosas más dificultosas se ha de demostrar vuestra piedad” (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 9, 1).

Hablando a la Samaritana, dijisteis que quien bebiere del agua que Vos le dierais no tendría jamás sed. ¡Y con cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad, que no la tendrá de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de lo que acá podemos imaginar de las cosas de la otra por esta sed natural! ¡Con qué sed, Señor, deseo tener esta sed, cuyo gran valor me hacéis comprender! (Santa Teresa de Jesús, Camino, 19, 2).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 3º Domingo Cuaresma - Ciclo A


“Señor, dame esa agua”  (Jn 4, 5-42)  



jueves, 16 de marzo de 2017

CATEQUESIS DEL PAPA: “¿Cuál es el secreto para mantenernos alegres en la esperanza?”




Catequesis del papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 15 de marzo de 2017




Catequesis sobre la Virtud de la Esperanza


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Sabemos bien que el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es el de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a ti mismo (cf Mateo 22,37-39), es decir estamos llamados al amor, a la caridad: y esta es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a esta está unida también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar el gran amor que es el Señor.

El apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que acabamos de escuchar, nos advierte: existe el riesgo de que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Nos tenemos que preguntar entonces: ¿cuándo sucede esta hipocresía? ¿Y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor es sincero, que nuestra caridad es auténtica? De no fingir hacer caridad o que nuestro amor no sea una telenovela: amor sincero, fuerte...

La hipocresía puede insinuarse en cualquier parte, también en nuestra forma de amar. Esto se verifica cuando el nuestro es un amor interesado, movido por intereses personales; y cuántos amores interesados hay... cuando los servicios caritativos en los que parece que nos esforzamos se cumplen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “¡Pero qué bueno soy!” ¡No, esto es hipocresía! O incluso cuando tendemos a cosas que tengan “visibilidad” para hacer una demostración de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades. Detrás de todo esto hay una idea falsa, engañosa, es decir, que, si amamos, es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, sin embargo, es sobre todo una gracia; un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y él lo da con gusto, si lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los otros si antes no es generada del encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús.

Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestra forma de amar está marcada por el pecado. Al mismo tiempo, sin embargo, nos hace portadores de un nuevo anuncio, un anuncio de esperanza: el Señor abre delante de nosotros un camino de liberación, un camino de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirse en instrumento de la caridad de Dios. Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón de Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él que nos permite, aun en nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor. Y se entiende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en nuestra vida, continúa haciéndose cercano y sirviendo a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él, en primer lugar, se reconoce.

El apóstol Pablo, entonces, con estas palabras no quiere tanto regañarnos, sino más bien animarnos a reavivar en nosotros la esperanza. Todos de hecho tenemos la experiencia de no vivir en plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: necesitamos que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia. Es entonces que volveremos a apreciar las pequeñas cosas, las cosas sencillas, ordinarias; que volveremos a apreciar todas estas pequeñas cosas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como les ama Dios, queriendo su bien, es decir que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos lejos del Él, de doblarnos ante los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón.

Queridos hermanos, esto que el apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto -uso sus palabras- para estar «con la alegría de la esperanza» (Romanos 12,12), porque sabemos que en toda circunstancia, también en la más adversa, y también a través de nuestros mismos fracasos, el amor de Dios nunca falla. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y su fidelidad, vivimos en la alegre esperanza de corresponder a los hermanos, por ese poco que podamos, el equivalente de lo que recibimos de Él cada día.

domingo, 12 de marzo de 2017

EVANGELIO DOMINICAL: “Éste es mi Hijo muy amado, mi predilecto, escuchadlo”


2º Domingo de Cuaresma
Ciclo A
Evangelio: Mateo 17, 1-9


En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».

Palabra del Señor.


“Oh Señor, tú nos has llamado con una vocación santa” (2 Tm 1, 9).

El tema de las dos primeras lecturas de este domingo podría llevar este título: la vocación de los creyentes. Del Antiguo Testamento (Gn 12, 1-4a) se toma la historia de la vocación de Abrahán, cabeza-estirpe del pueblo elegido y padre de todos los creyentes. “El Señor dijo a Abrahán: Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (ib 1). Es maravillosa y misteriosa la fe de este hombre que procediendo de una tribu idólatra, cree con tanta fuerza y decisión en el único Dios verdadero que abandona todo -tierra y familia- para seguir la voz de alguien que lo empuja hacia un destino desconocido. Abrahán marcha, vivirá errante trasladándose de un lugar a otro según el Señor le va marcando, con la fe firme contra toda evidencia de que él cumplirá su promesa: “De ti haré una nación grande” (ib 2).

En la segunda lectura (2 Tm 1, 8b-10) san Pablo habla de la vocación del cristiano que tiene sus raíces en la vocación de Abrahán, pero iluminada y sublimada por la gracia de Cristo. “Dios nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús” (ib 9). Abrahán fue llamado en vista de Cristo, para quien debía preparar el pueblo del cual él habría de nacer; el cristiano es llamado al seguimiento de Cristo en virtud de la gracia que brota del misterio pascual de la muerte y resurrección.

Abrahán vio de lejos el día de Cristo (cfr. Jn 8, 56); el cristiano lo ve de cerca, al estar injertado en el tiempo y en el espacio santificados por su venida. Si Abrahán respondió con tanta plenitud a la llamada de Dios, más obligado y urgido está a hacerlo el cristiano ahora cuando Jesús “ha destruido la muerte y ha hecho irradiar luz de vida y de inmortalidad por medio del Evangelio” (2 Tm 1, 10).

Conforme a una tradición antigua, hoy se lee el evangelio de la Transfiguración (Mt 17, 1-9), síntesis del misterio de la muerte y de la resurrección del Señor y expresión característica de la vocación del cristiano. El hecho sucedió “seis días después” de la profesión de fe de Pedro en Cesárea, la cual había seguido inmediatamente al primer anuncio de la Pasión, y se presenta como una confirmación del testimonio: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16, 16); la visión del Tabor será al mismo tiempo un fortalecimiento de los apóstoles que no han de abatirse ante los sufrimientos que Jesús ha de padecer. Es necesario que comprendan cómo la Pasión en lugar de ser aniquilamiento de la gloria del Hijo de Dios es el paso obligado que conduce a ella. “Y se transfiguró delante de ellos; su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz” (Mt 17, 2). Ante este espectáculo Pedro salta: él que había reaccionado con violencia contra el discurso sobre la Pasión, ahora ofuscado por la gloria del Maestro exclama entusiasta: “Señor, es bueno estarnos aquí” (ib 4).

La cruz le había horrorizado; la gloria por el contrario lo exalta y querría estar allí olvidando todo lo demás. Pero la visión beatificante del Tabor no es más que un anticipo de la gloria de la Resurrección y un viático para seguir con mayores fuerzas a Jesús en el camino del Calvario. Es esto lo que dijo claramente la voz que vino del cielo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle” (ib 5). El Padre se complace en el Hijo porque compartiendo con él la naturaleza divina no obstante aceptó ocultar los resplandores bajo el velo de la carne humana y hasta bajo la ignominia de la cruz. Los discípulos tienen  que escucharle siempre y aún más atentamente cuando habla de cruz e indica el camino. La vocación del cristiano es conformarse a Cristo Crucificado para poder ser un día conformados y revestidos de su gloria.


“Señor, Padre Santo, tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alégranos con el gozo interior de tu palabra; y, purificados por ella, contemplaremos con mirada limpia la gloria de tus obras. (Misal Romano, Oración Colecta).

“Escuchad a mi Hijo, en quien me complazco, cuya predicación me manifiesta y cuya humildad me glorifica. Él es la verdad y la vida, mi potencia y mi sabiduría. Escuchadle: a él, preanunciado por los misterios de la ley, celebrado por el lenguaje de los profetas. Escuchadle: a él que redime al mundo con su sangre… Escuchadle, a él, que abre el camino del cielo,  y por medio del suplicio de la cruz va disponiendo para vosotros los peldaños que suben al Reino…

Haz, Señor, que se caliente mi fe, según la enseñanza de tu Evangelio, y que no se avergüence de tu cruz, por la que fue redimido el mundo. Que no tema padecer por la justicia ni desconfíe del premio prometido: a través de la fatiga se llega al descanso, y a través de la muerte se pasa a la vida.

Tú, ¡oh Cristo!, asumiste todas las enfermedades de nuestra humilde naturaleza, pero si perseveramos en ser testigos tuyos y en tributarte el honor que mereces, también nosotros venceremos lo que tú venciste y recibiremos lo que tú prometiste… Se trata de seguir tus mandamientos y de soportar las adversidades, haz que resuene siempre en nuestros oídos la voz de tu Padre que un día se hizo oír: ‘Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo’.” (San León Magno, Sermón, 51, 7-13).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 2º Domingo Cuaresma - Ciclo A


“Mi Hijo amado, escuchadle” (Mt. 17, 1-9)