martes, 26 de julio de 2016

SANTORAL (audios): San Joaquín y Santa Ana (26 de julio)




Oración

Bienaventurados sois, oh Santos Joaquín y Ana, por habernos dado aquella niña benditísima, que alcanzó la más alta dignidad que puede tener criatura, pues vino a ser Madre del mismo Dios hecho hombre, y a tener en sus entrañas al que tiene colgado de tres dedos el universo; y vosotros después de ella sois gloriosísimos, pues sois padre de la Madre de Dios porque engendrasteis por gracia y por don sobrenatural a la que nos dio a Jesucristo fuente de gracia y Salvador del mundo. ¡Oh cuan ricamente adornó con todas las virtudes vuestras almas el Señor, para haceros tan señalada merced! Pues por estas mismas gracias que recibisteis, y por aquella soberana Princesa que disteis al mundo, os suplicamos que nos seáis abogados piadosos para con vuestra hija y con su Hijo Jesucristo, y nos alcancéis al amparo de la Madre y la bendición del Hijo, y perseverancia en la virtud y buena muerte, para gozar con ellos y de vos en los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 24 de julio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: “Señor, enséñanos a orar”

17º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 11,1-13

Un día que Jesús estaba en oración, en cierto lugar, cuando hubo terminado, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan lo enseñó a sus discípulos». Les dijo: «Cuando oréis, decid: ‘Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día el pan que necesitamos. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos todos los que nos han ofendido. Y no nos expongas a la tentación’».

También les dijo Jesús: «Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle’. Sin duda, aquel le contestará desde dentro: ‘¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada’. Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre. ¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!».

Palabra del Señor.


«Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos» (SI 38, 8).

La plegaria del hombre y la misericordia condescendiente de Dios son los temas que se entrelazan en las lecturas de este día. En primer lugar se presenta la conmovedora y atrevida oración de Abrahán en favor de las ciudades pecadoras (Gn 18, 20-32; 1.a lectura), magnífica expresión de su confianza en Dios y de su solicitud por la salvación de los demás. Dios le ha revelado su designio de destruir a Sodoma y Gomorra pervertidas hasta el colmo, y el patriarca busca detener el castigo en consideración a los justos que podría haber entre los pecadores. Pero desde la propuesta de cincuenta justos se ve obligado a bajar gradualmente hasta el exiguo número de diez: «Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez justos?» (ib 32).

Ni la benévola condescendencia de Dios que va aceptando la reducción del número, ni la cordial súplica de Abrahán consiguen salvar la ciudad por culpa la general corrupción; sólo la familia de Lot será salvada para testimoniar la misericordia divina y el poder de la intercesión de Abrahán. El episodio quedará como un, documento de las terribles consecuencias de la obstinación en el mal y de la fuerza reparadora del bien, por la cual sólo diez justos —si los hubiese habido— habrían podido impedir la ruina de la ciudad.

Pero en el Nuevo Testamento se abre una nueva y maravillosa página de la misericordia de Dios: un solo justo, «el siervo de Yavé» anunciado por los profetas, basta para salvar no dos ciudades ni una nación, sino a la humanidad entera. En vista de la pasión de Cristo, Dios perdonó todos los pecados de los hombres, borró «el protocolo que nos condenaba con sus cláusulas y era contrario a nosotros; lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz» (CI 2, 14; 2.a lectura). Esta frase Imaginativa de Pablo expresa muy bien cómo la deuda enorme de los pecados de todo el género humano ha sido anulada con la muerte de Cristo. Sin embargo, ni esa superabundante expiación aprovechará al hombre, si éste no colabora con Su renuncia personal.

El Evangelio del día (Lc 11, 1-13) vuelve a tomar de lleno el tema de la oración. Jesús, interrogado por sus discípulos, les enseña a orar: «Cuandó oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino"» (ib 2). Abrahán, el amigo de Dios, lo llamaba «mi Señor»; el cristiano, autorizado por Jesús, lo llama «Padre», nombre que da a su plegaria un tono completamente nuevo: filial, por el que puede derramar libremente su corazón en el corazón de Dios, exponiéndole sus necesidades en la forma sencilla y espontánea que indica el «Padre nuestro».

Además, con la parábola del amigo importuno, que sigue inmediatamente, enseña Jesús a orar con perseverancia e insistencia —como hizo Abrahán—, sin miedo a ser indiscretos: «pedid, buscad, llamad». Para Dios no hay horas inoportunas; nunca siente fastidio por la oración humilde y confiada de sus hijos, antes bien se complace en ella: «Quien pide, recibe, quien busca halla, y al que llama, se le abre» (ib 10). Y si no siempre obtiene el hombre lo que desea, es seguro que su oración nunca es vana, pues el Padre celestial responde siempre a ella con su amor y su favor, aunque tal vez de modo oculto y diferente a lo que el hombre espera.

Lo importante no es obtener esto o aquello, sino que nunca le falte la gracia de ser fiel a Dios cada día. Esta gracia está asegurada al que ora sin cansarse: «Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (ib 13). En el don del Espíritu Santo se incluyen todos los bienes sobrenaturales que Dios quiere conceder a sus hijos.


¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad...! Vos decís, Señor mío, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia. (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones, 8, 3).

Oh Jesús, creemos que lo puedes todo y que nos concederás todo lo que te pidamos con fe; nos lo concederás porque eres infinitamente bueno y omnipotente; nos otorgarás más aún, pues lo has prometido formalmente. Nos lo concederás sea dándonos la cosa pedida, sea dándonos otra mejor. Si nos haces esperar, si recibimos tarde o tal vez nunca, estamos seguros de que la espera es lo mejor para nosotros, de que el recibir tarde o tal vez nunca es mejor para nosotros que recibir enseguida. (Carlos de Foucauld, Meditaciones sobre el Evangelio).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 17º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

“Pedid, buscad, llamad” (Lc 11,1-13)

sábado, 23 de julio de 2016

SANTORAL (audios): Santa Brígida (23 de julio)




Oración

Dios nuestro, que condujiste a santa Brígida
por diferentes caminos en su vida terrena,
y le enseñaste admirablemente la sabiduría de la Cruz
por la contemplación de la Pasión de tu Hijo,
concédenos que, siguiendo tu voz,
te busquemos siempre en todas las cosas.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

domingo, 17 de julio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: ¿Algún día vamos a elegir, por fin, la mejor parte?

16º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 10, 38-42

En aquel tiempo, Jesús entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». Le respondió el Señor: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada».

Palabra del Señor.


«Señor mío..., te ruego no pases de largo junto a tu siervo» (Gn 18, 3).

La presencia de Dios entre los hombres y la hospitalidad a él ofrecida por éstos, son el tema sugestivo de la primera lectura y del Evangelio del día.

En la primera lectura (Gn 18, 1-10a) tenemos la singular aparición de Yahvé a Abrahán por medio de tres misteriosos personajes, portadores visibles de la invisible majestad de Dios. La premura excepcional con que Abrahán los acoje y el generoso banquete que les prepara revelan en el patriarca la intuición de un suceso extraordinario, divino. «Señor mío —dice postrándose hasta la tierra—, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo» (ib 3). Más que una invitación, estas palabras son una súplica reveladora de su ansia de hospedar al Señor, acogerlo en su tienda y tenerlo junto a sí.

Abrahán se muestra también aquí como «el amigo de Dios» (Is 41, a) que trata con él con sumo respeto y, al mismo tiempo, con confianza humilde y vivo deseo de servirle. Terminada la comida, la promesa de un hijo, a pesar de la avanzada edad de Abrahán y de Sara, descubre claramente la naturaleza sobrenatural de los tres personajes, uno de los cuales habla como hablaría Dios mismo (ib 13). Una tradición cristiana antigua ha visto en esta aparición —tres hombres saludados por Abrahán como si fuesen una sola persona— una figura de la Santísima Trinidad. Como quiera que sea es cierto que «el Señor se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré» (ib 1), le habló y trató familiarmente hasta sentarse a su mesa.

También el Evangelio del día (Lc 10, 38-42) muestra a Dios sentado a la mesa del hombre, pero con una circunstancia absolutamente nueva, la de su Hijo hecho carne, venido a habitar en medio de los hombres. La escena tiene lugar en Betania, en casa de Marta, donde Jesús es acogido con una premura muy similar a la de Abrahán con sus visitantes. Como él, Marta se apresura a preparar un convite desacostumbrado; pero su solicitud no es compartida por su hermana, la cual, imitando más bien el ansia de Abrahán de conversar con Dios, aprovecha la visita del Maestro para sentarse a sus pies y escucharlo. En realidad, aunque las intenciones de Marta sean óptimas y su afanarse sea expresión de amor, hay un modo mejor de acoger al Señor, como él mismo lo declara, y es el elegido por María.

En efecto, cuando Dios visita al hombre, lo hace sobre todo para traerle sus dones, su palabra; y nadie afirmará que sea más importante afanarse que escuchar la palabra del Señor. Siempre valdrá más lo que Dios hace y dice a los hombres que lo que éstos pueden hacer por él. «Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria» (ib 41-24). Tan necesaria es, que sin ella no hay salvación, porque la palabra de Dios es palabra de vida eterna, y es de necesidad absoluta escucharla. Lo que salva al hombre no es la multiplicidad de las obras, sino la palabra de Dios escuchada con amor y vivida con fidelidad. «María ha escogido la parte mejor» (ib 42).

Esta elección no es patrimonio exclusivo de los contemplativos, sino que todo cristiano debe —en cierta medida— hacerla suya, no presumiendo darse a la acción sin haber profundizado antes la palabra de Dios en la oración. Sólo así será capaz de vivir el Evangelio, aunque el hacerlo le resulte arduo y le exija sacrificios. San Pablo podía decir con alegría: «completo en mi carne los dolores de Cristo, sufriendo por su cuerpo que es la Iglesia» (CI 1, 24; 2.a lectura), porque había meditado a fondo el evangelio de la cruz o, habiendo penetrado el misterio de Cristo, había encontrado fuerza para revivirlo en sí mismo.


Oye, Señor, la voz interior que dirigí a tus oídos con esfuerzo animoso. Compadécete de mí y óyeme. A ti dirijo mi corazón: Busqué tu rostro. No me presenté a los hombres, sino que en lo escondido, donde sólo oyes tú, te dijo mi corazón: Busqué tu rostro, no algún premio fuera de ti. Buscaré, Señor, tu rostro, perseveraré en la búsqueda incansablemente. No buscaré a algo vil, oh Señor, sino tu rostro, a fin de amarte gratis, porque no encuentro cosa más estimable. (San Agustín, In Ps, 26, I, 7-8).

¡Oh Señor! Dame el anhelo de escucharte. Existe a veces una necesidad tan imperiosa de callar, que una quisiera permanecer como María Magdalena, ese maravilloso ejemplo de vida contemplativa, a tus pies, ¡oh divino Maestro!, ávida de conocerlo todo, de penetrar cada vez más, en el misterio del amor que has venido a revelarnos. Haz que durante los momentos de actividad, mientras desempeño el oficio de Marta, mi alma pueda permanecer siempre adorante, inmersa, como María Magdalena, en tu contemplación, bebiendo ininterrumpidamente de esta fuente como un sediento. Así es como entiendo yo, Señor, el apostolado: podré irradiarte, darte a las almas, cuando esté en contacto continuo con esta divina fuente. Haz que me compenetre tan profundamente contigo, Maestro divino, que permanezca en íntima unión con tu alma y me identifique con todos tus sentimientos, para luego vivir como tú, cumpliendo la voluntad del Padre. (Cf. Isabel de la Trinidad, Cartas, 137).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.


EVANGELIO DOMINICAL (audios): 16º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

“Sólo una cosa es necesaria” (Lc 10,38-42)

sábado, 16 de julio de 2016

ORACIONES: Devoción de los 30 días de San José

Queridos amigos y hermanos del blog: esta devoción está tomada de un folleto impreso en Buenos Aires bajo la firma del sacerdote jesuita J. Santillana.

En él se puede leer lo siguiente acerca de la misma: "Basta la lectura de esta Oración para tenerla como muy cristiana y teológica y como muy recomendable y eficaz para conmover ese poder y bondad del Santo Patriarca y para alcanzar por su medio las gracias más difíciles y extraordinarias.

Las razones de esta afirmación son las siguientes:

a) La materia doctrinal de esa Oración es la más teológica y completa.

b) El fin general de ella, el más devoto y grato al Santo: honrar la memoria de los treinta años que vivió con Jesús y María en la tierra.

e) Los títulos que se invocan, poderosísimos para mover el corazón del Santo.

d) La forma ferviente en que está escrita es de fe vivísima, de ternura sensible, y de urgente e irresistible instancia... Es el alma toda la que en todas sus frases pide y suplica, gime y llora, conmueve y triunfa de las resistencias del mismo Dios.

e) Y si a todo se añade la insistencia y perseverancia durante treinta días en tan larga y vehemente súplica del alma, no será temerario afirmar según el dogma católico que es una oración teológica y cristiana, eficaz e irresistible.

f) No hay en ella nada de superstición o revelación o infalibilidad o algo imposible o impropio. Por el contrario lo que se pide y se confía conseguir es sencillamente algo muy conveniente y necesario; aunque difícil y extraordinario; pero nada de milagros infalibles y a plazos fijos y por modos y prácticas supersticiosas. Todo está fundado en el dogma católico de la oración e intercesión de los Santos, y en la creencia y confianza del pueblo cristiano en el poder y bondad del Santo Patriarca.

La práctica de esta devoción ha de ser muy sencilla. Récese la oración treinta días consecutivos, y será más eficaz rezarla ante la imagen o altar del Santo; pero cuando eso no sea posible, puede rezarse en la casa particular. Se recomienda mucho la comunión, al menos los miércoles de esos treinta días.


Devoción de los 30 días de San José
-para pedir una gracia extraordinaria-

+ Por la señal de la Santa Cruz, + de nuestros enemigos, + líbranos, Señor, Dios Nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

¡Oh, amabilísimo Patriarca San José! Desde el abismo de mi pequeñez y miseria te contemplo con emoción y alegría de mi alma en tu trono del cielo, como gloria y gozo de los bienaventurados, pero también como padre de los huérfanos en la tierra, consolador de los tristes, amparador de los desvalidos, auxiliador de los Ángeles y Santos de Dios ante el trono de Dios, de tu Jesús y de tu santa Esposa.

Por eso yo pobre, desvalido, triste y necesitado, te dirijo hoy y siempre mis lágrimas y penas, mis ruegos y clamores del alma, mis arrepentimientos y mis esperanzas; y hoy especialmente traigo ante tu altar y imagen una pena que consueles, un mal que remedies, una desgracia que impidas, una necesidad que socorras, una gracia que obtengas para mí y para mis seres queridos.

Y para conmoverte y suplicarte que me oigas y conseguir tu favor, te la pediré y demandaré durante 30 días continuos, en reverencia a los 30 años, que viviste en la tierra con Jesús y María; y te la pediré, urgente y confiadamente, invocando todos los títulos que tienes, para compadecerte de mi; y todos los motivos que tengo para esperar que no dilates el oír mi pedido y remediar así mi necesidad; siendo tan cierta mi fe en tu bondad y poder, que al oírla te sentirás también obligado a obtener y darme más aún de lo que te pido y deseo.

1) Te lo pido por la bondad divina que obligó al Verbo Eterno a encarnarse y nacer en la pobre naturaleza humana, como Dios de Dios, Dios hombre y Dios del hombre.

2) Te lo suplico por tu ansiedad inmensa al sentirte obligado a abandonar a tu Santa Esposa.

3) Te lo ruego por tu resignación dolorosísima para buscar un establo y un pesebre para palacio y cuna de Dios nacido entre los hombres.

4) Te lo imploro por la dolorosa y humillante circuncisión de tu hijo Jesús, y por el santo, glorioso y dulcísimo nombre que le impusiste por orden del Eterno Padre.

5) Te lo demando por tu sobresalto al oír del Ángel la muerte decretada contra tu Hijo Dios, por tu obediente huida a Egipto, por las penalidades y peligros del camino, por la pobreza extrema del destierro y por tus ansiedades al volver de Egipto a Nazaret.

6) Te lo pido por tu aflicción dolorosísima de tres días, al perder a tu Hijo, y por tu consolación suavísima al encontrarle en el templo, y por tu felicidad inefable de los años que viviste en Nazaret con Jesús y María, sujetos a tu autoridad y providencia.

7) Te lo ruego y espero por el heroico sacrificio, con que ofreciste la víctima de tu Jesús al Dios Eterno para la cruz y para la muerte por nuestros pecados y nuestra redención.

8) Te lo demando por la dolorosa previsión que hacías todos los días al contemplar aquellas manos infantiles, taladradas después en la cruz por agudos clavos; aquella cabeza que se reclinaba dulcísimamente sobre tu pecho, coronada de espinas; aquel cuerpo divino que estrechabas sobre tu corazón, desnudo, ensangrentado y extendido sobre los brazos de la cruz, aquel último momento en que le veías expirar y morir.

9) Te lo pido por tu dulcísimo tránsito de esta vida en los brazos de Jesús y María y tu entrada en el Limbo de los Justos y al fin en el Cielo.

10) Te lo suplico por tu gozo y tu gloria, cuando contemplaste la resurrección de tu Hijo Jesús, su subida y entrada en los cielos y su trono de Rey inmortal de los siglos.

11) Te lo demando por tu dicha inefable cuando vistes salir de esta vida a tu esposa resucitada, y ser subida a los Cielos por los Ángeles, y coronada en un solio junto al tuyo.

12) Te lo pido y ruego y espero confiadamente por tus trabajos, penalidades y sacrificios en la tierra, y por tus triunfos y gloria y feliz bienaventuranza en el cielo con tu Hijo Jesús y tu Esposa Santa María.

¡Mi buen Patriarca San José! Yo inspirado en las enseñanzas de la Iglesia Santa y de sus Doctores, Teólogos y Santos, y en el sentido universal del pueblo cristiano, siento en mí una fuerza misteriosa, que me alienta y obliga a pedirte y suplicarte y esperar me obtengas de Dios la grande y extraordinaria gracia que voy a poner ante tu altar e imagen y ante tu trono de bondad y poder en el Cielo.

(Ahora, levantando el corazón a lo alto se le pedirá a San José con certera confianza la gracia que se desea alcanzar por su poderosa intercesión).

Obtenme también para los míos y los que me han pedido que ruegue por ellos, todo cuanto desean y les es conveniente.

San José, ruega por nosotros: para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oración

Señor Dios, que con inefable providencia elegiste al bienaventurado San José para Esposo de tu santísima Madre; te rogamos nos concedas tener por intercesor en el cielo, al que veneramos por protector en la tierra. A Ti que vives y reinas, por los siglos de los siglos. Amén.

Glorioso Patriarca San José, ruega por nosotros.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

domingo, 10 de julio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: Debo amar al prójimo, pero... ¿Y quién es mi prójimo?

15º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 10, 25-37

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley, y para poner a prueba a Jesús, le preguntó: «Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?». Respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Díjole entonces: «Bien has respondido. Haz eso y vivirás».

Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «Y ¿quién es mi prójimo?». Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva’.

«¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

Palabra del Señor.


“Esté tu palabra, Señor, en mi boca y en mi corazón para ponerla en práctica” (Dt 30, 14).

La ley de Dios es el gozne sobre el que gira la Liturgia de hoy. “Escucha la voz del Señor tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos” (Dt 30, 10). Dios no se ha quedado extraño a la vida del hombre, sino que se ha inclinado sobre él, ha pactado con él una alianza y le ha manifestado su voluntad por la ley. No es una ley abstracta, impuesta sólo desde fuera, sino escrita en el corazón del hombre desde el primer momento de la creación; una ley, por lo tanto, acorde con su naturaleza, coincidente con sus exigencias esenciales y apta para conducirlo a la plena realización de sí según el fin que Dios le ha asignado.

“El precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable –dice el sagrado texto-. Está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (ib 11. 14). Esa palabra se hizo luego inefablemente cercana al hombre cuando la Palabra eterna de Dios, su Verbo, se hizo carne y vino a plantar su tienda en medio de los hombres, revelándoles del modo más pleno la voluntad divina expresada en los mandamientos y enseñándoles a practicarlos con perfección.

El Evangelio del día (Lc 10, 25-37) presenta justamente a Jesús al habla con un doctor de la ley acerca del mandamiento primero: el amor a Dios y al prójimo. El doctor interroga al Maestro no por deseo de aprender, sino “para ponerlo a prueba” (ib 25), y termina su consulta preguntándole: “¿Y quién es mi prójimo?” (ib 29). Jesús no le responde con una definición, sino con la historia de un hombre caído en manos de bandoleros, despojado y abandonado medio muerto en el camino. Dos individuos pasan al lado –un sacerdote y un levita-, lo ven, pero siguen adelante sin cuidarse de él; sólo un samaritano se detiene compasivo y le socorre.

La conclusión es clara: no hay que hacer distinciones de religión, ni de raza, ni de amigo o enemigo; todo hombre necesitado de ayuda es “prójimo” y debe ser amado como se ama cada uno a sí mismo. Más aún, la parábola obliga al doctor de la ley a reconocer que quien ha cumplido la ley ha sido no un hombre instruido especialmente en ella –como el sacerdote o el levita-, sino por un samaritano, tenido por los judíos como incrédulo y pecador; y éste precisamente es propuesto como modelo al que, con mentalidad farisaica, se considera justo, impecable y observante de la ley.

“Anda, haz tú lo mismo” (ib 37), le dice Jesús. Poco importa, en efecto, conocer la moral a la perfección, discutir y filosofar en torno a ella, cuando no se sabe cumplir los deberes más elementales en casos tan claros y urgentes como el propuesto por la parábola. El que tiene el corazón duro y es egoísta, siempre hallará mil excusas para eximirse de la ayuda al prójimo, sobre todo cuando el hacerlo le sea incómodo y le exija sacrificio.

La segunda lectura (Col 1, 15-20) trata un argumento del todo diferente; celebra las grandezas de Cristo: su primado absoluto sobre todas las criaturas, creadas “por él y para él” (ib 16), y su soberanía sobre los hombres, reconciliados con Dios “por medio de él” y redimidos “por la sangre de su cruz” (ib 20). Con todo es posible ponerlo en relación con el Evangelio del día: Jesús, que es “imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura”, quiere ser reconocido y amado por los hombres en una imagen tan humilde y tan visible como el prójimo. “Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40); es como decir que el cristiano tiene que amar al prójimo no sólo como a sí mismo, sino como está obligado a amar a su Señor.


“Oh Dios, que muestras a los errantes la luz de tu verdad para que puedan volver al camino recto; concede a todos los que se profesan cristianos rechazar lo que es contrario a este nombre y seguir, lo que le es conforme. (Misal Romano, Colecta).

“Oh caridad, tú eres el dulce y santo lazo que une al alma con su Creador; tú unes a Dios con el hombre y al hombre con Dios. Oh caridad inestimable, tú has tenido clavado sobre el árbol de la santísima cruz al Dios-hombre; tú reúnes a los enemistados, unes a los separados, enriqueces a los que son pobres de virtud porque das vida a todas las virtudes. Tú das la paz y destruyes la guerra; das paciencia, fortaleza y larga perseverancia en toda buena obra; nunca te cansas y nunca te separas del amor de Dios y del prójimo, ni por penas ni por aflicciones, ni por injurias, escarnios o villanías. Tú ensanchas el corazón, el cual acoge a amigos y enemigos y a toda criatura, porque se ha revestido del afecto de Cristo y le sigue a él.

¡Oh Cristo, dulce Jesús! Concédeme esa inefable caridad, para que sea perseverante y nunca cambie, porque quien posee la caridad está fundado en ti, piedra viva, es decir, ha aprendido de ti a amar a su Creador, siguiendo tus huellas. En ti leo la regla y la doctrina que me conviene tener, porque tú eres el camino, la verdad y la vida; por donde, leyendo en ti, que eres libro de vida, podré andar el camino recto y atender sólo al amor a Dios y a la salvación de mi prójimo” (Santa Catalina de Siena, Epistolario, 7).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 15º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

Amar como se ama cada uno a sí mismo  (Lc 10,25-37)

lunes, 4 de julio de 2016

INTENCIONES DEL PAPA: Mes de JULIO de 2016

Queridos amigos y hermanos del blog: el Santo Padre Francisco indica para cada año y para cada mes, cuales son las intenciones generales y misioneras de la Iglesia en todo el mundo, por las que quiere que se ore. Éstas intenciones las confía al Apostolado de la Oración, quienes propagan en el mundo entero la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a fin de que éste las difunda con la mayor amplitud posible. Les comparto ahora las intenciones para este mes de julio de 2016 con una síntesis del comentario que ofrece el P. Frederic Fornos, S.J., Director General Delegado del Apostolado de la Oración.


La INTENCIÓN UNIVERSAL para JULIO 2016 es: 

“Que sean respetados los pueblos indígenas amenazados en su identidad y hasta en su misma existencia”.

COMENTARIO PASTORAL: Cuidar la fragilidad

209. Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra. Pero en el vigente modelo «exitista» y «privatista» no parece tener sentido invertir para que los lentos, débiles o menos dotados puedan abrirse camino en la vida.

210. Es indispensable prestar atención para estar cerca de nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente, aunque eso aparentemente no nos aporte beneficios tangibles e inmediatos: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, etc. Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos. Por ello, exhorto a los países a una generosa apertura, que en lugar de temer la destrucción de la identidad local sea capaz de crear nuevas síntesis culturales. ¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!

Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium
Papa Francisco
24 de noviembre de 2013


La INTENCIÓN POR LA EVANGELIZACIÓN para JULIO 2016 es: 

“Que la Iglesia de América Latina y el Caribe, a través de la misión continental, anuncie con ímpetu y entusiasmo renovado el Evangelio”.

COMENTARIO PASTORAL: Enardecer el corazón de la gente

[…] La tentación del clericalismo, que tanto daño hace a la Iglesia en América Latina, es un obstáculo para que se desarrolle la madurez y la responsabilidad cristiana de buena parte del laicado. El clericalismo entraña una postura autorreferencial, una postura de grupo, que empobrece la proyección hacia el encuentro del Señor, que nos hace discípulos, y hacia el encuentro con los hombres que esperan el anuncio. Por ello creo que es importante, urge, formar ministros capaces de projimidad, de encuentro, que sepan enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus ilusiones y sus temores. Este trabajo, los Obispos no lo pueden delegar. Han de asumirlo como algo fundamental para la vida de la Iglesia sin escatimar esfuerzos, atenciones y acompañamiento. Además, una formación de calidad requiere estructuras sólidas y duraderas, que preparen para afrontar los retos de nuestros días y poder llevar la luz del Evangelio a las diversas situaciones que encontrarán los presbíteros, los consagrados, las consagradas y los laicos en su acción pastoral.

La cultura de hoy exige una formación seria, bien organizada, y yo me pregunto si tenemos la autocrítica suficiente como para evaluar los resultados de muy pequeños seminarios que carecen del personal formativo suficiente.

Quiero dedicar unas palabras a la vida consagrada. La vida consagrada en la Iglesia es un fermento. Un fermento de lo que quiere el Señor, un fermento que hace crecer la Iglesia hacia la última manifestación de Jesucristo. Les pido a los consagrados y consagradas, que sean fieles al carisma recibido, que en su servicio a la Santa Madre Iglesia jerárquica no desdibujen esa gracia que el Espíritu Santo dio a sus fundadores y que la deben transmitir en toda su integridad. Y ésa es la gran profecía de los consagrados, ese carisma dado para el bien de la Iglesia. Sigan adelante en esta fidelidad creativa al carisma recibido para servir a la Iglesia. […]

Videomensaje con motivo de la Peregrinación y Encuentro “Nuestra Señora de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización en el Continente Americano”
Papa Francisco

16 de noviembre de 2013


domingo, 3 de julio de 2016

EVANGELIO DOMINICAL: El don divino de la paz

14º Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C
Evangelio: Lc 10, 1-12. 17-20

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir Él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos: rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: ‘Paz a esta casa’. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

»Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: ‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cuando entréis en un pueblo y no os reciban, salid a la plaza y decid: ‘Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que está cerca el Reino de Dios’. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para ese pueblo».

Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les contestó: «Veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado potestad para pisotear serpientes y escorpiones y todo el ejército del enemigo. Y no os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

Palabra del Señor.


«Señor de la Paz, concédenos la paz siempre y en todos los órdenes» (2 Ts 3, 16).

El tema de la paz emerge de las lecturas de hoy donde se la presenta en sus múltiples aspectos. La primera lectura (Is 66, 10-14c) habla de ella como síntesis de los bienes -gozo, seguridad, prosperidad, tranquilidad, consuelo- prometidos por Dios a Jerusalén restaurada tras el destierro de Babilonia. “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz; como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones… Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (ib 12-13).

Se ve claro por el contexto que se trata de un don divino, característico de la era mesiánica. Será Jesús el portador de esa paz que es a un tiempo gracia, salvación y felicidad eterna no sólo para los individuos sino para todo el pueblo de Dios que confluirá de todas las partes del mundo a la Jerusalén celestial, el reino de la paz perfecta.

Pero también la Iglesia, la nueva Jerusalén terrena, posee ya el tesoro de la paz ofrecido por Jesús a los hombres de buena voluntad y tiene la misión de difundirla en el mundo. Este fue el encargo confiado por el Salvador a los setenta y dos discípulos enviados a predicar el Reino de Dios (cfr. Evangelio de la Santa Misa de hoy: Lc 10, 1-12. 17-20). “Poneos en camino. Mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (ib 3). Esta expresión indica precisamente una misión de mansedumbre, de bondad y de paz semejante a la de Jesús, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29), no condenando a los pecadores, sino inmolándose a sí mismo, estableciendo la paz mediante la sangre de su cruz.

“Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros” (Lc 10, 5-6). No se trata de un simple saludo augural, sino de una bendición divina obradora de bien y de salvación. Donde “descansa” la paz de Jesús que ha reconciliado a los hombres con Dios y entre sí, descansa la salvación. El hombre que la acoge está en paz con Dios y con los hermanos, vive en la gracia y el amor y está a salvo del pecado. Esta paz se posa sobre la “gente de paz”, o sea sobre los que llamados por Dios a la salvación, corresponden a la invitación aceptando sus exigencias; esos son los herederos afortunados de la paz de Cristo y de los bienes mesiánicos.

Pero Jesús advierte que no espere nadie una paz parecida a la que ofrece el mundo, promesa ilusoria de una felicidad exenta de todo mal. “No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14, 27), ha dicho él; porque su paz es tan profunda que puede coexistir hasta con las tribulaciones más punzantes. Si el mundo se mofa de esa paz y la rechaza, los discípulos, aunque sufriendo por el rechazo, no pierden la paz interior ni dejan de anunciar “el Evangelio de la paz” (Ef 6, 15). Humildes, pobres, sin pretensiones y contentos con cubrir las necesidades de la vida (Lc 10, 4. 7-8), continúan en el mundo la misión de Jesús ofreciendo a quien quiera acogerla “la buena noticia de la paz” (Hc 10, 36).

San Pablo (segunda lectura: Gál 6, 14-18) es el prototipo. En su apostolado, no busca otro apoyo ni otra gloria que “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (ib 14), por la cual se considera crucificado a todo cuanto el mundo puede ofrecerle: ventajas materiales, gloria, acomodo. El mundo no tiene atractivo para quien se ha dejado fascinar por el Crucificado y se complace en llevar sobre su cuerpo “las marcas de Jesús” (ib 17). Tiene, pues, derecho a que le dejen tranquilo en la paz de su Señor, la que invoca para sí y para cuantos sigan su ejemplo: “La paz y la misericordia de Dios venga sobre todos los que se ajustan a esta norma” (ib 16).


“Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo has levantado el mundo, danos tu gozo, para que libres de la opresión de la culpa, podamos gozar de la felicidad sin fin” (Misal Romano, Colecta).

“Señor, Dios omnipotente, Jesucristo, rey de la gloria, tú eres la verdadera paz, la caridad eterna, ilumina, te lo ruego, con la luz de tu paz el fondo de nuestras almas, purifica nuestra conciencia con la dulzura de tu amor. Concédenos ser hombres de paz, desearte a ti, príncipe de la paz, y estar protegidos y custodiados de continuo por ti contra los peligros del mundo. Haz que bajo las alas de tu benevolencia, busquemos la paz con todas las fuerzas de nuestro corazón, así podremos ser acogidos en los gozos eternos cuando vuelvas a recompensar a los que lo merecen.

Señor Jesucristo, tú eres la paz de todos los hombres: los que te hallan, hallan el descanso; los que te abandonan son heridos por los males más implacables. Concédenos, Señor, te lo rogamos que no demos el beso de Judas; concédenos la paz que tu sacramento ha prescrito a los demás apóstoles difundir. Haz que tu Iglesia halle en nosotros, durante el curso de nuestra vida terrena, hombres de paz, para loar tu bondad y así compartamos un día la felicidad que no tiene fin” (Prières eucharistiques, 64a; 93).


Esta reflexión dominical es parte de “Intimidad Divina”, que es un libro de meditaciones sobre la vida interior para todos los días del año, todo un clásico, cuyo autor es el P. Gabriel de Santa María Magdalena, carmelita descalzo, (1893-1953), uno de los grandes maestros espirituales del siglo XX. Estas meditaciones que presento cada domingo, sean un sentido homenaje y el sincero empeño de darlo a conocer a las nuevas generaciones de cristianos.

EVANGELIO DOMINICAL (audios): 14º Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

Paz de Cristo y tribulación del mundo (Lc 10,1-12.17-20)

sábado, 2 de julio de 2016

VIRGEN MARÍA (audios): Nuestra Señora del Huerto (2 de julio)




Oración a Nuestra Señora del Huerto

¡Oh, María del Huerto! Madre piadosísima,
dígnate aceptar benigna, la pobre ofrenda 
de nuestros obsequios y oraciones que,
como hijos amantes, venimos a ofrecerte.

Dígnate inclinar vuestros oídos 
a nuestras humildes súplicas
para que no sea vana 
la confianza que en Vos ponemos,
seguros de obtener de vuestro divino Hijo 
el perdón de nuestros pecados
y el favor particular que solicitamos 
por vuestra poderosa mediación.

Alcánzanos a todos la gracia 
de la perseverancia final,
viviendo y muriendo como 
verdaderos hijos vuestros,
para poder bendecir y alabar a Dios eternamente
y ensalzar para siempre vuestras misericordias 
en el Huerto dichoso de la Jerusalén celestial. 

Amén.